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Caribe Norte en ruinas: Comunidades se enfrentan a precariedad y hambruna

Centenares de familias en el Caribe Norte, afectadas por huracanes Eta y Iota, ante alto riesgo de enfermedades sin medicinas ni respaldo gubernamental

Tres meses después del paso de los huracanes Eta y Iota en Nicaragua, la destrucción, la precariedad y la falta de respuesta gubernamental imperan en las comunidades de un Caribe Norte en ruinas, que depende de la ayuda humanitaria de oenegés y organizaciones religiosas, pero según los pobladores y líderes comunitarios no logra dar abasto.

Unos 45 kilómetros al sur de Puerto Cabezas, en la Región Autónoma de la Costa Caribe Norte (RACCN), se encuentra Haulover, una comunidad antes considerada un paraíso; al este el Mar Caribe y al oeste la Laguna de Wouhnta. Las potentes olas y vientos provocados por los dos huracanes, que impactaron con fuerza de categoría 4 y 5 en menos de quince días, dejaron la comunidad arrasada, con los árboles en el suelo y las casas de tambo y madera deshechas.

Steven Hansak, un líder comunitario de Haulover, detalla que los habitantes perdieron todo con los huracanes. Luego del paso de Eta, en la primera semana de noviembre, reconstruyeron sus casas a partir de los escombros, pero con el impacto de Iota, menos de dos semanas después, “se quedaron sin nada, solo con la ropa que llevaban puesta”.

“Falta poco para la hambruna”

El líder comunal de Wouhnta Bar, Danny Azzarraya Dixon, afirma que la única ayuda alimentaria que recibieron del Gobierno fue el 22 de diciembre. Según medios oficialistas, el 17 de diciembre salió de Managua una caravana con 235 toneladas de productos donados por el Programa Mundial de Alimentos (PMA). El Gobierno no detalló cuántos paquetes entregaría a cada familia ni que contenían. Dixon detalla que recibieron “cinco libras de comida en total”. “Eso no alcanza ni para un tiempo”, lamenta. En Puerto Cabezas, la cabecera del Caribe Norte, tampoco han encontrado ayuda. “Solo son palabras y no hacen nada”, reclama.

Eldo Law Chávez, exdirector del Silais en el Caribe Norte, teme que lo peor está por venir. Detalla que, además de la falta de redes e insumos para la pesca, la producción también es escasa debido a la destrucción de los manglares, hábitat natural de camarones y peces que sirven de alimento a los comunitarios.

Los habitantes de Layasiksa, Wouhnta Bar y Haulover “ya están presentando problemas de anemia”, afirma Law, porque “no comen los tres tiempos y además consumen agua contaminada”.

Como médico, Law también teme por el brote de parásitos y malaria, sin mencionar la pandemia de covid-19 y la falta de medicamentos.

Ronaldo Ocampo, síndico de Layasiksa, asegura que la última vez que recibieron ayuda humanitaria en esa comunidad fue el diez de enero, de parte de una organización religiosa. Desde entonces, las 193 familias de esa comunidad sobreviven a cómo pueden.

“Falta poco para llegar a la hambruna, y no tenemos cómo pescar o sembrar, porque las tierras están contaminadas y tampoco tenemos semillas para poder hacerlo”, lamenta el líder comunitario.

Danny Azarraya Dixon y Ronaldo Ocampo, líderes de Wouhnta Bar y Layasiksa, afirman que el Gobierno entregó 40 cayucos y otras pequeñas herramientas de pesca en cada comunidad, pero los beneficiados únicamente fueron partidarios del régimen de Ortega. En Haulover, Steven Hansak, igualmente sostiene que la ayuda fue acaparada por simpatizantes sandinistas.

Albergue ubicado en la Bluefields Indian and Caribbean University, en noviembre de 2020. Foto: Elmer Rivas | Confidencial

Brote de enfermedades y sin medicinas

En Layasiksa, también la clínica quedó destruida y no hay medicamentos para atender los casos de diarrea, vómitos y calentura que se han presentado. En las últimas dos semanas, afirman, tres personas fallecieron por “diarrea de sangre”.

“El peor escenario —agrega— sería un brote epidémico. Si aumentan los casos será una epidemia, y no solo de malaria, sino también podría ser de neumonía, dengue, chikungunya y otras enfermedades respiratorias”. Law demanda que las brigadas médicas móviles deberían estar activadas en la zona permanentemente, pues “el problema es a mediano y largo plazo, no solo de ahorita”.

El exfuncionario del Minsa advierte que entre las consecuencias de una eventual hambruna estaría un brote masivo de “enfermedades oportunistas”, es decir, cualquier enfermedad o infección que pueda desarrollarse fácilmente en cuerpos anémicos y mal alimentados.

“Retrocedimos unos 10 a 15 años (en el sistema salud) por falta de respuesta adecuada y un sistema de protección permanente en la zona”, enfatiza.

El testimonio de los líderes comunitarios advierte que las infecciones respiratorias y otras enfermedades han sido evidentes tres meses después del paso de los huracanes. Según el médico, los casos de dengue, chikungunya, zika y neumonía aumentarán con la próxima entrada del invierno, en mayo.

La ecóloga e investigadora de origen caribeño, Salvadora Morales, detalla que el exceso de escombros en las zonas afectadas (que aún no han sido eliminados completamente por las autoridades) también provoca la proliferación de zancudos y moscas. “En Wawa Bar (al norte de Haulover) hay una plaga de moscas nunca antes vista, y esto, a la larga ocasionará muchas enfermedades”, comenta.

El suelo está contaminado por el exceso de arena y agua salada. “Es posible que no se pueda volver a sembrar en un buen tiempo”, asegura la investigadora. Además de tierras contaminadas, los comunitarios no pueden sembrar por la falta de semillas. El agua de los pozos también está contaminada. Morales explica que el huracán golpeó tan fuerte que el agua de mar se filtró en el subsuelo y provoca que el agua de los pozos salga negra y salobre.

La especialista también estima que tras la destrucción de la barra de Haulover, el agua de mar se mezcló con la laguna “y todo el sistema de lagunas en la zona ahora está conectada con el mar”, por tanto el agua tiene mucha sal.

Ante la falta de colchonetas muchos duermen en el suelo sobre plástico o ropa en los albergues. Foto en el albergue de BICU, en noviembre de 2020. Foto: Ivette Munguía | Confidencial

No hay aulas para volver a clases

La falta de infraestructura y la precariedad se ha sentido también con el inicio del año escolar. La escuela Brisa María, en Haulover, quedó sin techo; sus paredes azul y blanco terminaron cuarteadas y la estructura muy dañada. Tampoco quedaron pupitres ni pizarras. Solo escombros.

El líder comunitario Steven Hansak afirma que el único centro educativo de la comunidad llevaba años sin ofrecer las condiciones necesarias a los alumnos, pero el huracán lo terminó de convertir en ruinas. “Hace tres semanas llegó una comisión del Mined (Ministerio de Educación) para construir cinco aulas prefabricadas pero aún no terminan”, detalla.

Las aulas prefabricadas a las que se refiere Hansak son la respuesta del régimen de Ortega para reconstruir las destruidas por los huracanes, pero hace dos semanas que arrancó oficialmente el año escolar y los niños de Haulover aún no pueden regresar a las aulas.

En las comunidades de Layasika y Wouhnta Bar, al oeste y sur de Haulover respectivamente, los comunitarios afirman que el Gobierno ordenó que los niños, “sin importar cómo”, iniciaran el ciclo escolar el pasado primero de febrero. Pero en las escuelas no hay libros, sillas, pizarras… ni techo.

“Todo está destruido, no hay condiciones para que los niños vuelvan a clases, así que el pueblo decidió que no los enviarán al colegio hasta que haya un aula”, relata Danny Azzarraya Dixon, síndico de Wouhnta Bar.

El impacto de los huracanes Eta y Iota dejó en Nicaragua más de 5800 viviendas destruidas y 38 000 propiedades dañadas parciales, según datos oficiales del Gobierno, que estima el costo de los daños en 742 millones de dólares, con tres millones de personas expuestas en 56 municipios del país. Los municipios del Caribe Norte se llevaron la peor parte.


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