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Cinco días de torturas psicológicas. La historia del secuestro de Ana Gabriela Nicaragua

La excarcelada política nicaragüense, luego de ser rehén de una banda delincuencial en México, logró llegar y pedir asilo en Estados Unidos

“No les va a pasar nada, no se preocupen, no los vamos a torturar”, eran las palabras que una y otra vez repetían los secuestradores del cártel de Jalisco, de México, a sus once rehenes  capturados el 14 de noviembre. La frase aún resuena en la mente de Ana Gabriela Nicaragua, excarcelada política nicaragüense, quien fue una de las víctimas del secuestro, mientras intentaba llegar a Estados Unidos en busca de asilo; huyendo de la persecución y criminalización dirigida por el régimen Ortega Murillo.

Ana Gabriela salió de Nicaragua el 3 de noviembre, junto a su pareja e hijo, de forma irregular por la zona fronteriza El Espino. Afirma que no tenía recursos económicos para irse, pero el asedio, acoso y amenazas de una nueva criminalización hicieron que decidiera “salir con lo poco que tenían”.

En siete días, la excarcelada política recorrió Honduras, Guatemala y parte de México, hasta que el 14 de noviembre, en horas de la noche, fue secuestrada junto a su pareja e hijo, otros seis nicaragüenses y dos hondureños con los que hacía su travesía hacia territorio estadounidense.

“Nos estamos movilizando por Villa Hermosa, Tabasco, y el cártel de Jalisco nos secuestra. Un montón de hombres armados hasta los dientes; encapuchados, con chalecos antibalas, con el escudo de México en sus uniformes, con armas de alto calibre, violentos, detienen los vehículos en los que íbamos, intimidan a los conductores, nos bajan, y nos llevan a una bodega”, relata la excarcelada política nicaragüense en entrevista con CONFIDENCIAL.

Explica que, al llegar a la bodega, los secuestradores los despojaron de todas sus pertenencias; celulares, ropa, dinero,  todo objeto de valor que les interesara.

“Todos estábamos llorando, los niños también, todos muy nerviosos, cuando en eso nos llevan a un cuarto de la bodega y nos piden que saquemos absolutamente todo. Revisaron todo y empezaron a quitarnos nuestras pertenencias; me quitaron mi celular y 1960 dólares, mientras éramos intimidados por muchos hombres armados, con machetes, con bates especiales de tortura, grandes y pesados”, detalló.

Torturas físicas y psicológicas

Ana Gabriela relató que ella y las otras diez personas con las que fue secuestrada no fueron golpeados o torturados físicamente, pero si sufrieron cinco días de “tortura psicológica”.

Afirma que en una de las bodegas en las que los recluyeron, en esos cinco días de secuestro, fueron testigos de varias torturas físicas que sufrieron algunos hombres, que no identificaban, que llevaban a esos lugares.

“El primer día que nos llevaron a una de las bodegas llegaron con un hombre, que no era de nuestro grupo, y lo empezaron a torturar; lo agarraron del cuello, lo esposaron y le pagaban tan fuerte que sus gritos se escuchaban como estruendos en toda la bodega, haciendo que todos tembláramos de miedo y sufriéramos con él cada uno de esos golpes”, afirma.

Tras pasar las primeras 24 horas las cosas empeoraron. Ana Gabriela relata que otro hombre, que tampoco pudieron identificar, fue llevado a la bodega y fue brutalmente golpeado. “La tortura fue tan brutal que con un machete le cortaron todos los dedos de la mano delante de nosotros. El sufrimiento era tal que el hombre hasta pidió que lo mataran, que le dieran un disparo en la cabeza, porque ya no aguantaba”, detalla.

La excarcelada señala que, irónicamente, cada vez que eran testigos de esas torturas, los secuestradores se acercaban al grupo para recalcarles que “no nos preocupáramos, que no nos iba a pasar nada, que no nos iban a torturar, aunque ya éramos víctimas de tortura psicológica porque con eso nos decían que si no hacíamos lo que querían al final, eso nos iba a pasar a nosotros”.

Familiares pagaron rescate de 5 000 dólares

Ana Gabriela indica que, después de que presenciar la tortura del segundo hombre, llegó a la bodega una persona que parecía ser “el jefe” de los secuestradores. Les llevó a cada uno de los adultos sus respectivos celulares, ordenándoles que los desbloquearan y que llamaran a un familiar, que les pidieran ayuda para conseguir el pago por su libertad.

“Nos pidieron la tarifa de un millón de pesos mexicanos por el grupo, unos 50 000 dólares, por los 11 que íbamos. Cada uno, incluyendo los niños, debía pagar 5000 dólares para ser liberados, pero la cantidad se debía reunir completa, sino nadie se iba”, afirma.

Los secuestradores no permitieron a ninguna de las personas informar del secuestro o dar algún detalle del mismo. Cada vez que les permitían contactarse con sus familias, para presionar por el dinero, lo hacían bajo supervisión, para evitar que estos dieran algún detalle, pues solo estaban autorizados a “pedir ayuda” para reunir el dinero.

Ana Gabriela -a diferencia de los demás- decidió no llamar a su familia, no solo para no preocuparlos, sino porque al igual ella son personas de escasos recursos económicos y quería evitar que se sintieran peor en caso que se les hiciera imposible reunir el dinero.

“Le escribí a una amiga de la UPPN (Unión de Presas y Presos Políticos de Nicaragua), le dije que no me pidiera explicaciones, que necesitaba que me ayudarán a conseguir 5000 dólares”, indica.

Subraya que a su llamado de auxilio, de ayuda para juntar el dinero, fue atendido por pocas personas. Sus  amigos de la organización solo lograron juntar cerca de 1000 dólares y la familia de su pareja, que ya había “vendido todo” para poder dar la cuota de 10 000 dólares por el menor y la pareja de Ana Gabriela, buscaron un préstamo con el que le ayudaron a juntar los 5000 dólares.

La excarcelada política detalla que, tras hacerlos pedir ayuda a sus familiares, los secuestradores los trasladaron a otra bodega, donde habían alrededor de 30 personas más que estaban en las mismas condiciones.

La mayoría de las víctimas logró conseguir los 5000 dólares al completarse los primeros cuatro días de secuestro. Sin embargo, los secuestradores intensificaron las amenazas de tortura contra quienes no cumplían con las especificaciones de los pagos que exigían.

“Empezaron las amenazas contra mi pareja, porque ocurrió que la persona que envió el dinero no mostraba todo el voucher completo. La amenazaron diciendo que la iban a torturar de la misma manera que torturaron a los hombres que vimos en la primera bodega, le mostraban el bate de torturas, le decían que le iban a machacar los dedos y le iban a cortar la mano y solo dejaron de hacerlo hasta que enviaron el voucher como ellos querían”, denuncia.

Liberados en un parque

Al cumplirse cinco días del secuestro, el 18 de noviembre, el grupo secuestrado juntó la cantidad exigida por los sujetos y estos procedieron a ordenarles que se alistaran porque “ya se van”.

“Metieron nuestras maletas en el vehículo que nos iban a trasladar y nos llevaron a la primera bodega, todos estábamos muertos de miedo al ver a esa misma gente armada que torturaba, y ahí nos entregaron los celulares. No nos devolvieron dinero y se robaron el celular del hijo de mi pareja, nos hicieron esperar y luego nos dijeron que nos iban a trasladar”, detalló Ana Gabriela.

La excarcelada política, sus dos familiares y una hondureña fueron liberados en un parque de Villa Hermosa, los otros seis nicaragüenses fueron dejados en otro parque de la misma ciudad, y el otro de los hondureños fue dejado en un campo de fútbol. Uno de los hondureños decidió separarse del grupo.

“Estuvimos dos horas en ese parque. No sabíamos qué hacer, no teníamos dinero, los celulares estaban por apagarse y seguíamos en una zona gobernada por el cártel”, relató Nicaragua.

Los diez que decidieron seguir juntos acordaron continuar la travesía. Se alojaron por unos días en hotel de Villa Hermosa y posteriormente buscaron un lugar más seguro.

Ana Gabriela afirmó a CONFIDENCIAL que, pese a todas las dificultades económicas que estaban pasando en México y todos los horrores que vivieron en el camino, decidió continuar la travesía -junto a sus dos familiares- porque a Nicaragua no puede regresar, ya que en este país le espera “la cárcel”.

El pasado 25 de noviembre, Nicaragua y los parientes con los que viajaba  llegaron a la frontera de Estados Unidos y se entregaron a las autoridades de Migración de ese país, confirmó a CONFIDENCIAL la excarcelada política Yaritza Rostrán, integrante de la UPPN. Además, indicó que por ahora solo conocen que se encuentra en un centro de detención de Migrantes.


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