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La tragedia de la familia Parajón: un hijo asesinado y otro condenado por reclamar justicia

El régimen asesinó al hijo mayor de los Parajón y sentenció a 10 años de cárcel al menor. El padre de ambos reclama justicia y libertad

A Miguel Parajón, el régimen de Daniel Ortega le arrebató sus dos hijos. Al primero, Jimmy, de un disparo directo al corazón durante las protestas de 2018, y al segundo, Yader, de una condena de 10 años en venganza política por exigir justicia para su hermano asesinado.

El hombre de 66 años se ha quedado solo en su casa, donde lo acompañan los recuerdos, las fotografías y los objetos que en vida y en libertad ambos hijos alguna vez disfrutaron.

“Dios me tiene fuerte. Dios me quiere porque yo le digo otra persona no aguanta toda esta impresión que tengo yo. Todo este sufrimiento. Todo esto que me está pasando otra persona no lo aguanta, o se muere más rápido o le da una enfermedad”,  reflexiona.

En el momento de esta entrevista, solo han pasado 24 horas desde que supo que su hijo menor, de 31 años, fue condenado a 10 años de prisión por la jueza Uliza Tapia Silva, en un juicio político en el que la defensa poco puedo hacer y él, como padre y único familiar cercano, no  se le permitió asistir.

Dos tragedias en menos de un año

Cuando asesinaron a su hijo mayor, Jimmy José Parajón Gutiérrez, su familia ya había enfrentado una gran pérdida. Meses atrás, a finales de 2017, su mamá falleció después de luchar contra un cáncer. Entonces, Miguel Parajón pensó que al menos la compañía de sus dos hijos haría más leve su pena. Sin embargo, en abril de 2018, cuando surgieron las protestas a nivel nacional ninguno de los tres pudo ser indiferente.

Jimmy, que entonces tenía 35 años y era padre de cinco hijos, se unió a los atrincherados de la Universidad Politécnica (Upoli). No permanecía adentro, pero sí les llevaba ayuda. Su papá y su hermano estaban de acuerdo porque nunca fueron afines a la gestión de Ortega ni al sandinismo. Pero la tragedia pronto se asomó a su casa.

A eso de la 1:20 del viernes 11 de mayo de 2018, a Miguel Parajón lo llamó su hijo menor para decir que su hermano estaba herido. Al principio, el papá pensó que era una herida menor, pero a las 2:30 de la tarde, le avisaron que había fallecido.

“Allí ya es donde yo me sentí mal”, confiesa a CONFIDENCIAL mientras se le ahoga la voz.

“Sentí que los pies se me doblaron. No quería creer hasta que llegué al Hospital Vivian Pellas y miré a mi muchacho tendido, ya muerto. Y lo miré con su bala aquí (señala el pecho) porque yo le miré el hoyo”. La voz se le ahoga nuevamente. Pausa.

Jimmy, quien era aficionado a las carreras de motos y tenía un pequeño taller mecánico en su casa, murió a los pocos minutos que recibió el impacto de bala. Cuando le dispararon iba a bordo de una moto a pocas cuadras de la Upoli. Quienes auxiliaron primero lo llevaron a un puesto médico que improvisaron dentro de la universidad, pero al ver que tenía una bala en la tetilla izquierda, sin salida, lo trasladaron al Hospital Vivian Pellas donde finalmente murió.

El día que Jimmy Parajón fue asesinado solo encontraron un zapato. // Foto tomada de Facebook

En diciembre de 2018, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicó un informe demoledor: el régimen de Daniel Ortega cometió delitos de lesa humanidad contra los nicaragüenses asesinados entre abril y mayo de 2018. Según la información del GIEI, a Jimmy le habría disparado un francotirador instalado en la terraza del Hotel Restaurant Juri Jean, al que habrían accedido a través de un terreno baldío contiguo. La familia Parajón llevó el cuerpo de Jimmy a Medicina Legal para que iniciara una investigación, pero a ellos ni  siquiera quisieron entregarles la bala. Tampoco hubo avances sobre quién lo asesinó.

En la sala de estar de la casa de los Parajón se alza un altar que su familia puso en honor a la memoria de Jimmy. Arriba hay una de las últimas fotos que alcanzó a tomarse en vida, seguida de retratos más pequeños de otros momentos. También hay velas que su padre le enciende en soledad, y a la par está la motocicleta en la cual alguna vez corrió en las carreras de motos y de la que don Miguel se niega de desprenderse. Ahora también se han sumado imágenes de Yader, su otro hijo, preso político por reclamar justicia.

Pidieron justicia y recibieron asedio

Después de la muerte de Jimmy, Miguel y su hijo Yader aprovecharon cada espacio que tuvieron para pedir justicia. Su padre se unió a la Asociación Madres de Abril, que aglomera a mamás y familiares de las más de 300 víctimas de las protestas de 2018. La respuesta del Gobierno a su reclamo fue el asedio.

“Casi todo el 2020 nos asediaron. Se ponían carros de la Policía afuera de la casa, eran tres, cuatro hasta cinco patrullas. No me dejaban salir y qué iba hacer yo. Yo no puedo oponerme ante esa gente, ellos tienen armas, yo no”, explica.

El asedio que vivieron durante dos años seguidos les arrebató la tranquilidad, los aisló y hasta les quitó el trabajo. Las personas evitaban acercarse al taller de equipos de refrigeración de don Miguel ni tampoco llegaban a comprar a la pequeña pulpería de Yader, con la cual él sacaba ganancias para sus gastos de la carrera de Psicología que estudiaba en la Universidad Centroamérica (UCA).

Yader también estaba dedicado a reclamar justicia por la muerte de Jimmy. Incluso fue detenido durante cinco días en 2019. Su papa recuerda que Yader salió de su casa y antes de llegar a la esquina los oficiales se lo llevaron sin dar ninguna explicación.

“Yo les gritaba: ¿Por qué me detienen? y solo me decían “cállate”. Como me resistí al secuestro, me golpearon. Me trasladaron al Distrito IV y nunca me explicaron el motivo de la detención, ni siquiera hoy que me liberaron”, dijo Yader después que lo liberaron.

Miguel Parajón no supo que su hijo pensaba exiliarse. La última vez que lo vio en libertad le dijo que se iría a Jinotega. “Si yo me hubiera dado cuenta le hubiera dicho: te vas arriesgando, acordate que a vos te siguen”, lamenta. Sin embargo, cuando volvió a saber de  él, fue cuando le avisaron que a Yader lo habían detenido en la frontera con Honduras, cuando intentaba exiliarse. Allí se agudizó su tragedia.

El dolor de un padre

Las fotografías de Jimmy y Yader Parajón se encuentran en un pequeño altar que armó su padre.
Las fotografías de Jimmy y Yader Parajón se encuentran en un pequeño altar que armó su padre.

Desde que Yader Parajón fue detenido, don Miguel lo ha visto cuatro veces. Está más delgado y pálido, describe. Pero su mayor preocupación es que si a él le pasa algo, si también lo llevan preso o se enferma, no hay quien vele por su hijo.

“Yo me mantengo todavía, pero a veces me aflijo porque si me enfermo quién me va a ver a este chavalo. Y él me dice salgase a divertir, no se ponga en ese plan que yo voy salir, pero es difícil”, dice.

Tres o cuatro veces por semana, Miguel Parajón reúne el agua y pequeñas provisiones (leche, suero, yogurt, maquinas de afeitar, ropa interior) que le dejan pasar en El Chipote y se encamina a dejarla. Toma el bus, para acortar la distancia, y después busca algún taxi o mototaxi que lo lleve en 30 o 40 córdobas hasta las instalaciones de esta prisión. Y algunas veces no le alcanza para pagar más y no le queda otra opción que irse a pie, en un viaje que le toma unos 20 minutos.

“Hay unos policías que son tranquilos. Hay otros que no, que son bravos. Te dicen: ‘ Quítense de allí’”, describe.

El juicio de Yader Parajón se realizó el 1 de febrero pasado, a puerta cerrada en El Chipote. Fue el primero de los procesos iniciados a los presos políticos capturados entre mayo y noviembre de 2021. La Fiscalía lo acusó de “conspiración para cometer menoscabo a la integridad nacional en perjuicio del Estado de Nicaragua y la sociedad nicaragüense”. Ese día también se juzgó al preso político, Yaser Vado, condenado a 15 años.

Según conoció CONFIDENCIAL, los testigos de la Fiscalía fueron siete agentes de la Estación Uno de la Policía, quienes estuvieron a cargo de los actos investigativos. De esos, tres brindaron versiones contradictorias y una se mostró renuente a responder.

“La condena de mi muchacho es injusta, es ilegal. Él no tiene ningún delito. Él no robó, ni mató. ¿Por qué me lo acusan? Por reclamar justicia por el hermano de él. Él es un chavalo bien centrado. Soñaba con ser licenciado en Psicología, tener su profesión, pero hasta allí llegó. Me le desbarataron su futuro. Tal vez Dios –exclama su padre–más adelante me le da otra oportunidad”. Él espera poder verlo triunfar.


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