Opinion

Acoyapa, la ciudad más alegre de Chontales

Desde hacía buen rato, el publicista Ferminando García Leiva, me venía repitiendo que Acoyapa era la ciudad más alegre de Chontales. Ver para creer. La tarde del 25 de julio (2021), tuve oportunidad de corroborarlo. Un par de kilómetros antes de entrar a la ciudad, nos encontramos con más de un centenar de caballos, yeguas, machos y mulas, aparcadas dentro y fuera del Club Hípico, listos para partir rumbo a la parroquia, frente al parque central. Una cabalgata destinada a acopiar fondos para la construcción de la Capilla en honor a la virgen del Rosario. Devotos consagrados de san Sebastián, el santo patrono de los acoyapinos, custodiaba a la virgen. Era impensable que, tratándose de un domingo cualquiera, la cantidad de montados resultara abrumadora. Al frente de la caravana, encajado en su propio caballo, el cura Ánibal Pérez, venía dando el ejemplo.

El párroco de Acoyapa, sacerdote Ánibal Pérez, en las inmediaciones del parque central, una vez concluida la cabalgata, para acopiar fondos para construir un santuario a la Virgen del Rosario. Foto: Cortesía

El riendazo de agua que cayó ese domingo, en plena canícula, no afectó el evento. En cuestiones de fe, los acoyapinos son grandes practicantes. La calle por donde ingresó el desfile estaba llena de hombres, mujeres y niños. La lluvia no los hizo retroceder. Nadie se movió de su sitio. Todo el pueblo participaba de la algarabía. Me llamó la atención la coincidencia entre propios y extraños, de revelarme que los acoyapinos ante el menor pretexto, celebran pachangas y bebederas. Doña Isabel Sevilla Núñez, lo afirmó con todas sus letras: “Cualquiera aquí monta una fiesta. Somos alegres”. Ana Carolina Rivera, casada con un acoyapino, fue más allá. “Acoyapa es superfiestera. Es un pueblo lleno de gente alegre, toman mucho licor, son dados a los juegos de naipes y viven metidos en los billares”. Tiene autoridad para decirlo. Los últimos 19 años de su vida los ha vivido en Acoyapa.

Muchos acoyapinos se sienten orgullosos del Club Social, una casona de madera de dos pisos, muy parecida a la estructura que albergaba en Juigalpa, al Cuartel de la Guardia Nacional (GN). Cuando pregunté a Nardo Sequeira acerca las relaciones históricas con Granada, me expresó que “algunos de los nuestros trasladaron la cultura granadina a Acoyapa”. En Chontales la mayor burla a los acoyapinos, es señalarles de creerse granadinos. El profesor Víctor Manuel Báez Suárez, en un ensayo publicado en La Prensa, formula una crítica extensiva hacia los juigalpinos: Un granadino de la calle Atravesada se vanagloriaba de tener una hacienda ganadera en Chontales. Un aristócrata de Juigalpa expresaba con mucho orgullo que había estado en Granada. ‘Visité y almorcé en el Club Social de Granada, en compañía del ilustre ciudadano de la Gran Sultana’, (mencionaba el nombre)”. Este sentimiento continúa siendo un fuerte componente entre los acoyapinos. No lo hurtan. Lo heredan.

El joven Ronald J. Duarte Gutiérrez, PIEY, está convencido que “algunos acoyapinos se sienten granadinos. Mi familia es ciento por ciento chontaleña”. Los mejores años del Club son evocados con nostalgia por viejas familias acoyapinas. Traían orquestas internacionales para amenizar sus celebraciones. La casona de madera quiso venderse, varios socios se opusieron. No quieren desprenderse de un local que les recuerda su alcurnia. Con una gloria venida a menos, hoy sobrevive del alquiler. ¿Cómo resentirán algunos de sus socios, que personas a las que antes vetaban el acceso, puedan entrar ahora por un puñado de córdobas? Las nuevas generaciones prefieren asistir a las fiestas organizadas en el Club Hípico; únicamente los socios más viejos asisten a las fiestas organizadas en el Club Social. Los jóvenes expresan que, al Club, “Solo van los más adultos”.

Las rivalidades existentes entre acoyapinos y juigalpinos son de vieja data, existen dos versiones. Doña Isabel Sevilla Núñez, me dijo, “No nos podíamos ver, porque hay nomás peleábamos con los Piches”. Me lo expresó entre sonrisas. Las nuevas generaciones de juigalpinos no cultivaron esa animadversión. Otros sostienen que el origen de la rivalidad obedece más bien, a que a los acoyapinos no gustó el traslado definitivo de la cabecera departamental a Juigalpa (1867). Perdieron la preponderancia que daba ostentar esta condición. PIEY es quien mejor zanja las diferencias. Las grafica muy bien. Para enero todos los Piches se trasladan en romería para estar en Acoyapa y festejar a San Sebastián. Nunca faltan, remarca PIEY. Tomás Silva Díaz, casi muere al saltarse de la camioneta. Iba sin permiso de su madre, doña Clotilde Díaz, a celebrar al santo patrono de los Patos.

Cuando pregunté por sus nombres y apellidos, doña Isabel me dijo que su padre era Darío Sevilla. Al decirle que sabía quién era, surgió la empatía, habló con más confianza. Don Darío, un admirado criador de toros, cada año los traía a la barrera de Acoyapa. “Dueño del Pan de Rosa, toro muy famoso”, indiqué. Eso bastó para que me explicara, cómo hacía su padre la escogencia en los corrales de la finca. Junto con su yerno, Esteban Flores Maltez, dedicaban todo un día. Metían los animales al corral, Flores Maltez llevaba la parte más delicada, montaba los toros y toretes. El aparto empezaba con la primera monta. Los malos, don Darío lo enviaba al desguace y los más bravíos, serían sus representantes plenipotenciarios en las corridas del año siguiente. Con la misma pasión que profesaba a San Sebastián, Sevilla creía que a los toros se les podían hacer “arreglos”.

Cuando indagué sobre el tema, doña Isabel me aclaró que los “arreglos”, son una práctica extendida por todo Chontales. Me lo volvió a repetir después que le dije que El Diablito de Muhan, fue el montador que paró en Acoyapa a El Pan de Rosa. Un golpe que mermó la fama de los toros de su padre. Ella expresó algo similar. Lo peló porque traía un garrobo en la bolsa. ¡Claro que así fue! Cómo no deseaba hablar en voz alta, me acerqué. “Mi papá no mintió, él debió traer en la bolsa la Oración del Garrobo”. No es la primera vez que escucho atribuir la buena espuela del montador a poderes extraordinarios. En Juigalpa, Tomás Alonso, durante mi adolescencia, vendía las oraciones del Puro, del Garrobo y ofertaba la piedra de Ara. Su forma de vida, verborrea y oscuridad permanente en la sala de la vivienda de doña Nachita, su madre, daban halo misterioso a estas transacciones.

En Acoyapa como en Juigalpa, las bandas musicales tienden a multiplicarse. Su crecimiento obedece a que han tenido el talento de tornarse versátiles. Interpretan todo tipo de música, razón suficiente para que distintas personas contraten sus servicios y animen las fiestas de cumpleaños de familiares y amigos. Sobre todo, los 15 años. En Acoyapa la de mayor tradición es la Banda del Chele Hollman, integrada por siete jóvenes. Esta misma tendencia está generalizándose por Chontales. La banda de Los Chico Díaz, renovó su equipo de músicos. Creada en 1988, el Chele Hollman, tiene competidores en su patio. Las bandas Aldomac, San Sebastián y RR, vinieron a disputar el primerísimo lugar que ocupaban en los corazones de los acoyapinos. Algo indispensable para mejorar la calidad. Dentro de poco, seguramente surgirán nuevas bandas a desafiar a las existentes.

Los acoyapinos tienen una peculiaridad, no creo que se repita en el resto de Nicaragua. Contrario a lo que acontece en diversas partes del país, donde no gusta que les digan sus apodos, en Acoyapa nadie se siente ofendido cuando son nombrados de esta manera. La primera que me habló de esta costumbre, fue doña Isabel. “Si usted pregunta por Augusto Báez Sevilla, es bastante probable que no sepan quién es él. Ah, usted pregunta ‘por los calenturas’, todas las personas saben de qué familia se trata. Igual le va a pasar si menciona a la familia Duarte. Tendrá la misma respuesta. Esos son los ‘Cherepos’, responderán”. Sin haberle dicho nada, PIEY, repitió lo mismo. Me explicó que, si preguntaban por el Cabezón, no hay duda que aludían a su padre; si dicen los Cabezones, se referían a sus primos. Me pareció formidable, que uno de los aludidos, me hablara de esa tradición con toda naturalidad.

La única que se mostró un poco comedida, fue Hadiela Moraga Jiménez, encargada por la parroquia de vender los tiques de entrada a la fiesta de esa tarde, una vez concluida la cabalgata. Coincidió que Acoyapa era una ciudad alegre, agregó: “Somos una gente linda y con mucho amor”. Después calló. ¿A qué se debió su cautela? Me confesó que ella era muy cercana a la iglesia. ¿Sería por eso? Con desparpajo característico, PIEY, fue más a fondo. Me aseguró que el deporte número uno en Acoyapa, son los juegos de desmoche. Ya había escuchado algo parecido. ¿Quiere saber cuál es el número dos? Me increpó. El chisme. En Acoyapa lo que no lo saben, lo inventan, sentenció. Su sinceridad me pareció maravillosa. Donde otros levantan cortinas, muros, cercos de piedras y celosías, con la finalidad de guardar su doble moral, PIEY no tiene reparos en enfrentar la verdad.

Millares de personas asisten mes a mes, a las carreras de caballos en Acoyapa. Foto: Cortesía

En un pueblo alegre, inclinado a la diversión, una de sus mayores atracciones era la improvisación de las carreras de caballos. Hoy cuentan con una pista de 600 varas de longitud, diseñada para competencias internacionales, (México y Centro América). Desde enero 2021 hasta enero 2022, en la pista propiedad de Pedro Joaquín Gutiérrez Núñez, (Peché), se efectúan al menos cinco carreras mensuales. El liderazgo lo ostenta El Camarón, caballo propiedad del santotomasino, Alfonso Zeledón Núñez. Se juega mucha plata, me explicó PIEY. La diferencia con la pista anterior (no hay manera de establecer comparaciones), obedece a que las apuestas antes eran espontáneas. Hoy las cosas han cambiado. Aquí todas son pactadas de antemano. Los acoyapinos cuentan con un nuevo pretexto para seguir la fiesta. Chicheros, por favor, ¡qué suene la música!

Guillermo Rothschuh Villanueva

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