Opinion

Alejandra Pizarnik: tras las huellas del mito

La comparación con nuestro Carlos Martínez Rivas (CMR), no es fortuita, Alejandra fue una poeta temprana como él

“Cada noche, en la duración de un grito, viene una sombra
A solas danza la misteriosa autómata. Comparto su miedo
de animal muy joven en la primera noche de las cacerías”
Alejandra Pizarnik

I

Por dónde decantarme en ese vasto panorama desplegado por Cristina Piña y Patricia Venti, para conocer las interioridades de una poeta cuya obra continúa siendo objeto de culto? ¿En dónde detenerme para acompañarla en sus pesadumbres y alegrías? ¿En su decisión irreversible de conjugar vida y poesía hasta volverlas una? ¿Cómo no sentir admiración por una mujer que asumió su destino de escritora sin ver hacia atrás? ¿En qué recodo acampar para hacer compañía a Alejandra Pizarnik en sus conquistas y reveses? Imposible sustraerme a la larga y encomiable caminata emprendida por dos mujeres decididas a revelar su grandeza de poeta y sus derrumbes amorosos. Estaba obligado a desandar todo el camino. No podía privarme de nada, hubiese cometido un error.

Alejandra Pizarnik Biografía de un mito, (Lumen, México, agosto, 2022), se erige como guía a la cual podemos ceñirnos para juntarnos con ella, necesitada como estuvo siempre de calor humano. La argentina Cristina Piña y la venezolana, Patricia Venti, se coluden para descifrar los jeroglíficos que constituyen su andar por el mundo, sin otro propósito que satisfacer sus ansias de poeta. Una inmersión reveladora en sus constantes cambios y mudanzas y giros abruptos para redondear con éxito su proceso creativo. La seducción se acentúa y me estremece. Alejandra asumió la decisión irrevocable de convertir la poesía en su única morada. Un palacio forjado con palabras desgarradoras. Un compromiso moldeado a fuego lento, más allá de sus constantes sufrimientos.

Toda la exposición de sus biógrafas está encaminada a revelarnos su concepción de lo que ella creía debería ser un poeta y su excelsa creación. Estética y ética se mancomunan e inscriben en la tradición de Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Mallarme, Artaud, Breton, Vallejo, Huidobro, Proust, Joyce y tantos otros. Los poetas malditos fueron eje rector de su vida y poesía. Estuvo convencida hasta el final de sus días, que no debía haber fisura alguna entre el comportamiento o conducta de los poetas y su creación literaria. Una militante confesa a la que no podía reprochársele nada. Su canto es honda expresión de una resolución digna de elogios. Una manifestación de apego a sus creencias. Supo conjugar de manera armoniosa su vida con su obsesión creativa.

Como Rubén Darío o Carlos Martínez Rivas, descreyó de escuelas y academias, sobre todo Rubén, mordiéndole la cola estos arrogantes. Erigiéndose como rotundo antiacadémico. Jamás comulgó con la idea que en esas instancias podían enseñar a escribir poesía. Alejandra pulió su sensibilidad en sus recurrentes y grandes lecturas, en conversaciones con sus amigos poetas, en charlas sostenidas en los cafés y en los intercambios de poemas. A pesar de su amplio abanico de lecturas, no fue una escritora libresca, sino una poeta vital. Una mujer que encontró un punto de apoyo entre algunos escritores y poetas y con igual desinterés supo brindarse a cuantos jóvenes se acercaron a su lado en busca de ayuda. Contradictoria y coherente como toda gran creadora.

II

La comparación con nuestro Carlos Martínez Rivas (CMR), no es fortuita, Alejandra fue una poeta temprana como CMR. Sus biógrafas exaltan el estupendo mérito de haber publicado su primer libro de poesía —La tierra más ajena, 1955— cuando apenas cifraba diecinueve años de edad. A esa misma edad CMR publicó El paraíso recobrado, uno de sus poemas más vigorosos y celebrados. Les hermana su condición autodestructiva. Desde sus primeros poemas, Pizarnik instaló la muerte a su lado, como una acompañante de la que jamás quiso desasirse. CMR hizo de la bohemia una rutina y la esgrimió como un credo. Me lo dijo en San José de Costa Rica. Asido a una copa de vino o una copa de ron, se dejó arrastrar hacia los despeñaderos, a sabiendas que caería desfallecido.

Alejandra Pizarnik y CMR abrevaron en las mismas fuentes, comulgaron y compartieron proclamas y manifiestos de los poetas malditos. Identificación plena. Ambos los consideraban como sus dioses tutelares. Insurgidos a la misma edad que la mayoría de sus preceptores y dueños de un temperamento similar, irrefrenables en sus expresiones cotidianas, no temían incordiar a los insulsos. Se asomaban a sus aposentos para conocer en detalle las telas de sus sábanas y el color de sus pasiones. Una y otro escandalizaban por su ruptura con los bobalicones extremadamente correctos. Se mostraban huraños cuando nadie lo esperaba y convirtieron la noche en su enorme reinado. Espigaron sus mejores creaciones en la densidad de las sombras y embriaguez de las madrugadas.

La biografía de Pizarnik, escrita a cuatro manos, imprescindible investigación testimonial

Ambos poetas hicieron profesión de fe por abrillantar y dar esplendor a las palabras, cargarlas de nuevos contenidos y sabores. Pizarnik como Martínez Rivas, planeaban el poema como un crimen perfecto. Trabajaban la poesía con deleitación de artistas y sutilezas de orfebres. Pulían sus creaciones una y otra vez hasta detenerse, cuando creían acercarse a una perfección que sabían escurridiza. La argentina y el nicaragüense conocían el carácter elusivo de las palabras y el profundo hiato que se abría entre la realidad y lo dicho. Se abrazaban en la insatisfacción permanente. En las dudas más que en los aciertos. Los elogios les sabían crudos. Aunque dominaban el lenguaje, eran firmes creyentes de su ineficacia para expresar las más sentidas emociones.

Desde su adolescencia, Alejandra logró modular su voz, hasta provocar encantamiento entre sus escuchas. Las primeras en ser estremecidas bajo el hechizo de su voz, fueron sus amigas. Tenía una dicción perfecta. Sabía entonar las consonantes. Su voz ronca, anudada a la forma morosa con que desgajaba sus poemas, terminó por volver su tartamudeo, en una de sus marcas predilectas. CMR leía como pocos sus poemas. La lectura añadía nuevas resonancias a sus creaciones. Dejaba pasmados a los oyentes. Seducción plena. La atmósfera creada al desparramar su voz encabalgando versos, eran un acto festivo. Todos quedaban atrapados en las redes envolventes de las peculiaridades de sus voces. Poesía hecha canción. Canto hecho poesía. Más, ¡imposible!

III

Alejandra Pizarnik hizo suyos los consejos de Rainer María Rilke ofrecidos al joven poeta. Jamás desmayó ante los tropiezos. Una vez fijado el objetivo nada la hacía retroceder. Su renuncia a los estudios formales tenía como única pretensión, dedicarse por entero a la creación. No deseaba navegar entre dos aguas. Deslizarse únicamente por la corriente impetuosa de la poesía. Con tal de dedicarse de tiempo completo a pergeñar su obra, dolida ante sus constantes caídas, no tuvo reparos en realizar los más diversos trabajos. Servir de traductora, niñera, correctora de pruebas, empaquetadora, camarera, etc., no enturbió su mirada ni redireccionó sus pasos. No se salió ni un milímetro de la ruta que trazó desde que se asumió como poeta. Solo la muerte pudo doblegarla.

Viajó a Francia, sueño dorado de los creadores y artistas latinoamericanos, para los mismos años que mi padre hizo sus estudios de pedagogía y literatura, (1961-1962), en París y Montpellier. Como apuntan Piña y Venti, su estancia en la cara Lutecia, fue alegre y a la vez trágica. El viaje encerraba para ella un doble significado. Encontrarse con sus mayores y reafirmarse como poeta. Para entonces la urbe francesa había dejado de ser una fiesta. Sin techo, comida y trabajo, el infortunio hirió sus carnes. Una vez más fue presa de la decepción amorosa. Siempre fue incrédula. Su físico le atormentaba. Acné   sobrepeso lastimaban sus sentidos. Nadie lo cuenta mejor que sus biógrafas. El espacio dedicado a escudriñar su juventud y madurez revela sus frustraciones sexuales.

Piña y Venti se plantan resueltas a exponernos sus marcas más visibles, su sensación de extranjería. Sintiéndose extraña en tierra argentina, escogió a la poesía para fundar su lugar de origen. Develan la influencia de los surrealistas, el sentimiento amoroso como angustia y pérdida, el abandono de la escuela, sus relaciones afectivo-amorosas con hombres mayores, su rechazo del mundo familiar, su obsesión con la muerte (“La muerte siempre al lado. / Escucho su decir. / Solo me oigo”.) Venti y Piña decidieron seguir sus pasos, para mostrar los lugares de encuentro con escritores pertenecientes a las poéticas vigentes. Insisten en su carácter bisexual, para ser exactos, con quienes vivió y a quienes amó, de forma especial, fue siempre a las mujeres. Alejandra Pizarnik fue una eterna frustrada.

Sus biógrafas aclaran los nublados, nos muestran sus arrebatos bíblicos, su entrañable cariño por Kafka. Sus diversos rostros. Su interés por el otro sexo. Su inteligencia superior y su permanente crisis existencial. ¿Su inclinación por el suicidio no sería más que una de sus tantas poses de adolescente irredimible? Muestran su rebeldía anticonvencional, sus adicciones. A los autores más significativos que dieron una orientación y definición a su vida. Abonan su aspecto más específico y revolucionario: convertir su vida en poesía. Nos vierten a una Alejandra Pizarnik de la que todos salimos prendados. Terminamos asumiendo su dolor como propio. En la medida que el número de sus lectores continúa al alza, su vida y obra constituyen un mito incandescente. ¿Tenderá a persistir?


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