Opinion

Ana Margarita, vida mía, pido tu libertad incondicional

El único deseo que siento es tener a Ana Margarita a mi lado. Así, mi proceso de curación lo podré llevar con paz y esperanza

Me siento honrada de ser la madre de Ana Margarita Vijil, mi cumiche que comprendió demasiado pronto el amor por los demás y que ser feliz es donar parte de tu vida a otros. Por esa dedicación, el 13 de junio fue secuestrada con violencia de su casa de habitación y fue allanada su vivienda. Desde esa fecha, hace ya seis largos meses, está encarcelada e incomunicada, sufriendo toda clase de privaciones.

Ana Margarita es la menor de mis seis hijos. Fue una bebé deseada. Siempre ha sido una persona sensible a todo sufrimiento o carencia de derechos de otras personas. Tiene el carisma especial de tratar a todas las personas con respeto y siempre con mucho amor. Creo que es la cualidad más importante de su personalidad.

A sus 44 años cumplidos el día de hoy, tiene dieciséis años de participación activa en política, pero desde su preadolescencia participa en causas sociales de todo tipo. Es como si ella hubiera decidido dedicar su vida a curar y aliviar el dolor y las injusticias con las que se iba encontrando.

Mira a su alrededor y va ayudar. Para cuando en Nicaragua sufrimos los destrozos del huracán Juana, ella –que tenía diez años– participó seleccionando ropa en la Cruz Roja. En la pastoral del Colegio Centro América, donde estudiaba, visitaba a los niños con cáncer en el Hospital La Mascota. Luego, en el Barrio El Recreo, ayudó a los niños y niñas del barrio a ponerse al día en sus estudios.

Se incorporó también a la Asociación Los Pipitos y todos los sábados visitaba a una niña con capacidades diferentes que sus padres escondían por vergüenza en el Barrio Monseñor Lezcano.

Un día regresó feliz a la casa porque la niña, por fin, le había sonreído. En un programa de apadrinamiento de niños de la calle, ella apadrinó tres hermanitos a quienes llevaba a la casa varias veces al año, sobre todo en Navidad y los llevaba a comer fuera, dándoles mucho cariño.

¿Y con los animales? Los adora. Siempre ha vivido rodeada de ellos y los va adoptando. ¿ Que en los semáforos se encontraba pajaritos u otras especies que vendían? Ella los compraba para liberarlos. Chester, su perro, la debe echar mucho de menos. Imagino la emoción que tendrán el día en que se vuelvan a encontrar.

No fue ratón de biblioteca, pero sí muy aplicada estudiando. Ya en la universidad, se incorporó a la pastoral de la UCA, donde estudió. En ese tiempo tuvimos la desgracia del huracán Mitch. Se trasladó por dos meses junto con otra amiga y un sacerdote jesuita a Tepalón, cerca de Granada. Esa zona se inunda cada vez que llueve fuerte y las calles se llenan de lodo y agua. Estando allí se dio cuenta que había muchos niños y niñas que no estaban inscritos en el Registro Civil de las Personas, por lo tanto, no existían como ciudadanos. Ella, que estaba finalizando su carrera de Derecho en la UCA, se dedicó a inscribirlos y entregarles sus certificados.

Experimentó un trabajo diplomático, pues en 2002 trabajó en el litigio de Nicaragua contra Colombia. Lo hizo con gran capacidad, pero sintió que esa no era su vocación y regresó a Nicaragua. Graduada como la mejor estudiante, aplicó a una beca Fullbright para hacer su maestría en Ciencias Políticas, en Arizona. Allá continuó su activismo político, ayudando para que los inmigrantes indocumentados que entran en el desierto no mueran de sed.

De regreso en Nicaragua impartió clases sobre Derechos Humanos en una universidad, pero tuvo que renunciar porque al mismo tiempo se incorporó en la política. Ella encontró en la política el medio para llevar el bienestar, la justicia y la democracia a más cantidad de personas. Eso la llevó a comprometerse con el partido Unamos (antes MRS), que para ella significa preocuparse por los demás.

En el hogar de Miguel y mío siempre los hemos impulsado a que se preocupen por los demás. Eso, para nosotros ha sido muy importante, el descubrir que la felicidad es eso: el entregarse. Como cristiana, para mí el cristianismo es un Dios que quiere que yo sea feliz, pero no solo yo, sino también los demás, los que me rodean.

Ana Margarita comprendió eso y lo imprimió en sus luchas de los últimos años: al apoyar a las personas con insuficiencia renal crónica, protestando en contra de la minería a cielo abierto, ayudando a las personas de tercera edad en la demanda de sus pensiones reducidas, defendiendo a las mujeres en su lucha en contra de la violencia que se ejerce sobre ellas. Su apoyo a la lucha campesina por la defensa de sus tierras ha sido permanente, participando en  los lugares donde se realizó cada protesta y visitando comunidades… hasta las más remotas. Y desde 2018 ha acompañado a los familiares de las víctimas y en la lucha por la libertad de todas las personas presas políticas.

Y ahora ella es una presa política, mi Ana Margarita, vida mía. Vivo con dolor y angustia su encarcelamiento y la tortura de la incomunicación en que la tienen. Es la primera vez que tengo la experiencia de no poder comunicarme con una de mis hijas. Pero no somos nosotras las que no queremos. Alguien está haciendo que nosotras dos no nos podamos comunicar.

La última vez que la miré se quedó con una gran angustia por si me moría. Y es que estoy saliendo de una gravedad por una obstrucción intestinal, por lo que recientemente tuve dos cirugías y estuve intubada.

Tengo metástasis causada por un cáncer de ovario y pronto comenzaré una nueva tanda de quimioterapias. No me quiero morir y menos en estas circunstancias. Quiero tenerla conmigo, estoy haciendo todo lo posible para vivir, para liberarla.

Veo hacia el futuro todos los días. Me veo rodeada de mis hijos, de amor. Ahora, con mi enfermedad, he sido consciente del amor que hemos construido. Cuando salga Ana Margarita todas las limitaciones se convertirán en cosas pequeñas. Para mí lo más grande es la liberación de ellas, de Ana Margarita, de Dora María, de mi nieta Tamara.

Pido su libertad incondicional y la de las más de 167 personas presas políticas. El único deseo que siento en todo momento es tenerla a mi lado. Así, mi proceso de curación lo podré llevar con paz y esperanza. Pongo mi confianza en Dios Padre, lleno de misericordia y amor, en quién creo y de quién espero.


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