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Los riesgos de los alimentos procesados para la niñez

Si vemos los alimentos procesados como un privilegio, condenaremos a nuestros hijos a enfermedades crónicas que pudimos haber evitado

Cuando arribé a Nicaragua en el año 2000, observé que la dieta del país estaba compuesta (en su mayoría) por alimentos locales. Surgió en mí, entonces, el interés de promover los beneficios del consumo de alimentos nacionales. Quince años después, el panorama ha cambiado. En los centros urbanos, los pobladores de bajos recursos gastan lo poco que ganan en alimentos procesados cuyos ingredientes son artificiales, tienen altos niveles de azúcares, grandes cantidades de grasa y bajísimos niveles de nutrientes. En muchas ocasiones, estas comidas reemplazan el consumo de granos, frutas y verduras, y ponen en peligro la saludad de los niños, quienes están en pleno desarrollo.

Según un estudio realizado con más de ocho mil niños entre 3 y 19 años  – publicado en The New England Journal of Medicine – cuanto mayor es la severidad de la obesidad en niños, mayores son los riesgos de una baja en el colesterol bueno (HDL), además de la presencia de alta presión arterial sistólica y diastólica, y alto nivel de triglicéridos y de hemoglobina glicosilada. La investigación demuestra que la confluencia de riesgos y recursos financieros limitados deja a muchos niños con obesidad severa, además de factores de riesgo cardiometabólico que no cuentan con opciones efectivas para resolver dicho problema.

Desafortunadamente, los biomarcadores que antes relacionaban el consumo de alimentos con enfermedades como las anteriores en adultos, ahora predicen los mismos efectos en niños y adolescentes. En Estados Unidos, 17% de los pobladores que conforman este último grupo (dos a 19 años) son obesos y otros 15% tiene sobrepeso. Es decir, que un tercio de los niños y adolescentes de ese país y alrededor del 25% de los que viven en América Latina presentan estas mismas condiciones.

¿Pero cuáles son las causas? Lo que sabemos es que éstas resultan de un desequilibrio energético, lo que implica que las calorías consumidas en comidas y bebidas resultan en un exceso de energía. Nuestro cuerpo utiliza cierta cantidad de calorías de los alimentos para garantizar funciones básicas en la vida. Luego de eso, los emplea para digerir alimentos, garantizar el crecimiento y otras actividades. Con el tiempo, consumir más calorías aumenta el peso de cada persona.

En Estados Unidos, el costo anual del tratamiento médico por complicaciones relacionadas con obesidad en los adultos asciende a US$147 mil millones de dólares. Los alimentos chatarra y aquellos que son altamente procesados son muy populares en Nicaragua y en ellos está la raíz de la epidemia de la obesidad en América Latina. La diferencia es que estos países no cuentan con los recursos financieros o la atención médica que EE.UU destina para este tipo de enfermedades.

Si continuamos pensando en las comidas altamente procesadas como un “privilegio”, lo más seguro es que condenaremos a nuestros hijos a una serie de enfermedades crónicas que fácilmente pudimos haber evitado. Un primer paso para combatir el problema es asegurar que en las escuelas se imparta educación nutricional, que prioricemos el acceso a alimentos saludables y promovamos los conocimientos sobre la mejor forma de preparar y comer alimentos sanos, sea a través de campañas gubernamentales, de iniciativas de empresas privadas o medios de comunicación. Sin duda, el futuro de una nación depende en gran medida de la salud de sus ciudadanos, y en este momento estamos descuidándolo.


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