Opinion

Crónica de una muerte anunciada

El diario El Mundo la incluyó entre las cien mejores novelas en español del siglo veinte. Un escalón más hacia su canonización

Al cumplirse cuarenta años de haber escrito una novela perfecta, la frescura que despide es motivo suficiente para que Crónica de una muerte anunciada (Editorial Norma, 1981), prosiga su camino sin visos de sufrir los estragos del tiempo. Aclamada por los críticos y leída por millones de personas, posee los atributos de convertirse en clásica. Dueña de su propio discurrir, sigue campante su camino, atrayendo como una aguja imantada, a una nueva generación de jóvenes que claman su excelencia. Antesala y empujón para que la academia sueca entregara a García Márquez, al año siguiente, el Premio Nobel de Literatura (1982). El brujo de Aracataca escribía una nueva obra consagratoria en su camino hacia la fama y fortuna. Estaba en la antesala de su apoteosis definitiva.

A la excelencia de la novela hay que sumar los largos años de espera de Gabo, para narrar una historia de amor real y verdadera, en un lenguaje que redime los acontecimientos. Se apega a los cánones de la crónica, (él que la definió de manera exacta: “La crónica es como un cuento, nada más que es verdad”.) Para un periodista del talante de García Márquez, el tema resultaba atractivo. Una historia suculenta. Se tomó un largo paréntesis, Luisa Santiaga, su madre, creyó injusto hacer escarnio de una tragedia que sacudía a personas allegadas a la familia. Un frenazo temporal. El tema siguió rondándole durante treinta años. La única manera de no enloquecer era dar forma al episodio sentimental. Conmovió hasta el alma a todas las personas involucradas.

Acostumbrado a esos golpes de efecto con los que daba rienda suelta a su arte creativo, las primeras líneas de Crónica de una muerte anunciada, se volvieron memorables. Totalmente pegajosas, una puntada para abrir el apetito. A los gabólatras no llevó mucho tiempo memorizarlas. ¿Una manera de rendir homenaje a un autor que ha sabido encandilarnos? El tiraje de 800 mil ejemplares de Editorial Norma, hace cuarenta años, era el preludio. Editoriales en diversas partes del planeta, estaban convencidas que el libro circularía a la velocidad de la luz. El diario El Mundo la incluyó entre las cien mejores novelas en español del siglo veinte. Un escalón más hacia su canonización. El drama calza dentro de las preocupaciones cotidianas de millones de hombres y mujeres.

Consecuente con su condición de periodista, dispuesto a navegar entre dos aguas — ficción y realidad— se desplaza a su antojo entre periodismo y novela. La revoltura de géneros constituye una de las particularidades de Crónica de una muerte anunciada. Nadó a sus anchas sobre las avenidas del periodismo, la crónica y la novela policial. Una vez más demostraba que la realidad latinoamericana es rica y desbordante en matices. Solo hay que encontrar el lenguaje adecuado para dar cuenta de ella. Asistido por su ingenio, alzó vuelo sobre los hechos escabrosos ocurridos en Sucre. Sintió el impacto desde el momento en que se produjeron. Su prosa, poética siempre, produce una alegría desbordante. El carácter ceñido de la escritura produce un apremio embrujante.

Con la devoción que siente por contar la historia de la historia de muchos de sus cuentos y novelas, Crónica de una muerte anunciada, no escapó a este propósito. El recuento se disfruta igual que las alusiones al proceso de su redacción. Eleva su canto para que comprendamos las vicisitudes que atravesó para escribirla, hasta arribar a puerto seguro. En las primeras valoraciones de Crónica de una muerte anunciada, goza al revelarnos que tuvo como modelo Edipo rey (430 a C) del consagrado Sófocles, su preferido de todos los tiempos. Con sus indicaciones pretende revelarnos la inevitabilidad de la muerte de Santiago Nasar. Como en las tragedias griegas, su destino estaba decidido de antemano. Nadie podía salvarlo. No había nada que hacer. Los dioses estaban en contra.

Asumía el desafío en un subcontinente infectado de machismo, al proponerse desentrañar la causa que indujo a Bayardo San Román, a devolver a su mujer la misma noche de bodas. Lo hizo al comprobar que su mujer no había llegado a la cama con las prendas completas. Bayardo sintió hervir la sangre a fuego lento. La diosa que se afanó por conquistar no era virgen como lo creía. Una ofensa para ciertas almas piadosas, en los años mezquinos que aconteció el descalabro, razón suficiente para romper los lazos conyugales. Fue el principio y fin de una relación que desgració su vida, la de su exmujer y de toda la familia. El honor de una dama no podía mancillarse, sin que el victimario no pagara con sangre su atrevimiento. Estamos frente al nudo dramático.

Los nombres de cada uno de los personajes de la obra llaman la atención. Un recurso ingenioso. Imposible que pasaran desapercibidos para los lectores. Madre e hija tienen apelativos que rozan con las divinidades. Pura Vicario recibió consternada a su hija Ángela, una vez que Bayardo San Román, sintió la estocada. La maltrató. (Pura, ni las vírgenes sentencia el filósofo español, Fernando Savater). El nombre de la desgraciada también produce perplejidad. Ángela Vicario, ¿angelito o demonio? Entre millones de lectores que se asomaron a las páginas de Crónica de una muerte anunciada, hubo quienes estuvieron de acuerdo con la devolución de la amada. Iguales sentimientos compartieron algunos de mis alumnos en un curso de Escritura Creativa. Hizo lo esperado.

Gabo recurrió a nombres y adjetivos muy queridos dentro de la tradición cristiana. Pura Vicario evoca la pureza de la virgen María. Su hija Ángela, recuerda a los ángeles que rodean al Señor. No contento con estos malabares, el portento fue más lejos. Los hijos y hermanos de Pura y Ángela Vicario, llevan nombres sugestivos. Los gemelos llamados a lavar la afrenta, son llamados igual que dos apóstoles renombrados y muy queridos dentro de la tradición cristiano-católica: Pedro y Pablo Vicario. ¿Quiénes son llamados vicarios? Para ser consecuente con la travesía, recurro a una de las definiciones que figuran en los diccionarios: 1. m. vicario que pone el ordinario o el superior de una orden regular de cada uno de los conventos de su jurisdicción para que asista y dirija a las religiosas. 1. m. Dignidad que hubo en el Imperio romano, y que ha habido después en el de Alemania”.

El prestigitador señala con nombre y apellido —Santiago Nasar— al hombre que yació por vez primera con Ángela Vicario. Su estrategia discursiva está dirigida a mostrar que todo confabulaba en contra de Santiago. (¿El segundo nombre de su madre, reacia a que narrara la historia?). Ni su hermana Margot, Cristo Bedoya, ni las afirmaciones de Pedro y Pablo, diciendo a quiénes querían escucharles, cuando sacaban filo a sus cuchillos de carniceros, que iban a matar a Santiago, ni la decisión de su madre, Plácida Linero, de cerrar la puerta por donde pudo entrar Santiago, para evitar su asesinato, patentizan que nadie podía salvarlo de la muerte si haber conocido los motivos. Su destino estaba escrito.

García Márquez mostró enorme religiosidad a la hora de narrar sus andanzas con las putas. Sus memorias, Confieso que he vivido, (2002), están llenas de estas referencias. Su canto de Cisne, Memoria de mis putas tristes (2004), según el Nobel J.M. Coetzee, lo reivindica ante las mujeres que habían denostado en su contra por el destino de América Vicuña. En Crónica de una muerte anunciada, siente deleite al expresar que María Alejandrina Cervantes, personaje recurrente en sus memorias y cuentos, arrasó con la virginidad de toda su generación, incluido la de él por supuesto. María Alejandrina reaparece en los Cuentos Peregrinos (1992). Estando cuerda, víctima de una confusión, la dejan interna en un hospital de locos, adonde solo había llegado a hablar por teléfono.

Una de las ediciones de Crónica de una muerte anunciada, viene precedida por un análisis introductorio del crítico Ángel Rama, muerto trágicamente el 27 de noviembre de 1983, en un accidente aéreo en las cercanías del Aeropuerto de Barajas, en Madrid. En su ensayo, el uruguayo cree haber despejado el misterio. En el interrogatorio al que la someten sus hermanos, Ángela Vicario afirma de manera oblicua, que quien le arrebató la virginidad, “fue mi autor”. Rama deduce que el autor no es otro que García Márquez. Otra historia que sumar a la leyenda que acompaña a esta novela. El destino quiso que quien devolvió a Ángela, regresara a su lado 17 años después. “Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca —me dijo— ¡Pero era él, carajo, era él!”.


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