Opinion

Curanderos de la pobreza… ¿o del capitalismo?

Muchas son las empresas estadounidenses que no han contribuido con la prosperidad, aunque sí con la pobreza de los países latinoamericanos

A cualquier ciudadano de un país desigual y pobre es lógico que le atraiga el título del libro Por qué fracasan los países, más el antetítulo Los Orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, multiplica el interés por leerlo. Sus autores, dos profesores de economía: Daron Acemoglu, del Massachusetts Institute of Technology, y James A. Robinson, de Harvard (este fue entrevistado por CONFIDENCIAL hace varios meses).

El contenido de sus 589 páginas, está elogiado por nueve autores-profesores –entre ellos, Francis Fukuyama, autor del Fin de la Historia (el que aún espera él)— tres editorialistas estadounidenses y ocho premios nobel de Economía.

Como para quitarse el sombrero. Pero este humilde servidor, no tiene sombrero. Aun así, alcanza a reconocer como incuestionables los análisis de los autores sobre algunas causas políticas e institucionales que frenan o impulsan el desarrollo económico de los países.

Pero es imposible no cuestionar sus obvias omisiones –incluso para los inexpertos— pues no existen motivos que impidan a nadie pensar y ofrecer su propia interpretación sobre las obras que leen, porque cuando de la realidad se trata, a nadie se la puede ocultar, sea cual fuere su nivel cultural. Y si escribir y publicar es un ejercicio democrático de los expertos, los inexpertos que los leen tienen el derecho democrático de interpretar y opinar sobre lo que se publica.

II

Lo primero que impresiona del libro, es la globalidad de su enfoque sobre la prosperidad, el fracaso y algunas particularidades de casi todos los países y continentes. Algunos resultados de sus análisis resultan familiares para cualquier interesado en los problemas económicos y políticos típicos de países como el nuestro, metido en la lista los malos fondistas en la extensa y accidentada carrera hacia la meta de la prosperidad.

El contenido del libro abarca todos los tiempos en que la economía ha sido la actividad indispensable para la sobrevivencia y el desarrollo de la vida humana, pero es necesario limitarse a lo que podría tener mayor cercanía con nuestra realidad, con las realidades próximas y para asomarse a realidades más lejanas.

A la pregunta de por qué los países tienen un desarrollo superior al de los países que han fracasado, los autores empiezan con los ejemplos de Estados Unidos y Latinoamérica. Se debe –dicen— a la distinta formación desde el origen de sus respectivas sociedades y el “…en el inicio del período colonial (…) y la diversidad institucional, cuyas implicaciones todavía perduran.”

A esa interpretación agregan los recursos naturales y la actitud humana respecto al trabajo:

“Los ingleses –afirman— no eligieron Norteamérica porque fuera una zona atractiva, sino porque era lo único que estaba disponible. Las partes ‘deseables’ de América, con abundancia de población indígena y minas de oro y de plata que explotar. Los ingleses consiguieron las sobras.”

¿Cómo interpretar eso? Que la diferencia de desarrollo de una y otra parte, estribó en la geografía y en dos actitudes ante el trabajo: la extractiva de los españoles de los abundantes recursos naturales del Sur y la masiva fuerza de trabajo esclavizada de los indígenas. En cambio, los ingleses –que según los autores— al principio no consiguieron explotar el trabajo de los indígenas y al verse solo con las sobras, ellos tuvieron que trabajar duro.

Sin embargo, otro economista estadounidense, Jeffrey Sachs, los contradice indirectamente en su libro Fin de la pobreza (también defensor del capitalismo) en el cual afirma:

“La respuesta se halla a menudo en los problemas de la geografía física, que con frecuencia se pasan por alto. Los norteamericanos, por ejemplo, creen que se ganaron su riqueza por sus propios medios. Olvidan que heredaron un vasto continente rico en recurso naturales, con magníficos suelos y abundantes lluvias, inmensos ríos navegables y miles de kilómetros de costas…” (Páginas 98-99)

Otro economista, el francés Thomas Piketty, en su libro El Capital en el siglo XXI (ideológicamente afín a los autores), les desmiente lo del trabajo propio de los colonos ingleses y sus herederos como origen de su riqueza, poniendo como ejemplo a Thomas Jefferson –tercer presidente de los Estados Unidos (1801-1809)— que:

…”no solo poseía tierras: tenía también 600 esclavos (…) Hacia 1800, cuando los esclavos representaban casi el 20% de la población de los Estados Unidos (y cuya) riqueza basada en la esclavitud era una de las más concentradas que existían…”

III

Acemoglu y Robinson, opinan que aquella circunstancia de dos modelos de colonización, creó dos modelos de institucionalidad, siendo mejor la del Norte, aunque al principio –escriben— los ingleses estuvieron “…fuertemente influidos por el patrón fijado por Cortés, Pizarro y Toledo” en el sur de América.

Más adelante, los autores aseguran que… “Los países fracasan hoy en día porque sus instituciones extractivas no crean los incentivos para que la gente ahorre, invierta e innove.”

Limitan en el fracaso al terreno individual –en “la gente”— que no ahorra por la falta de incentivos. Pero en la práctica, el ahorro de los individuos es para beneficio propio, pero la inversión y la innovación nace del trabajo social a través de un Estado –teóricamente— para el desarrollo y el bienestar social.

Aunque en verdad –y los autores lo dicen— no sucede así cuando al Estado lo convierten en una de las instituciones extractivas, un eufemismo para no decir que además de dedicarse a extraer recursos naturales, también extraen (explotan) la fuerza de trabajo social. Tienen otras actividades “extractivas” –entre otras— la corrupción con la que se enriquecen los gobernantes autoritarios, y es uno de los factores de la pobreza.

No obstante, los autores no dicen mucho, casi nada, acerca del injusto intercambio comercial impuesto por los países ricos a los países pobres, como uno de los factores de su histórico atraso.

IV

Son valiosas sus investigaciones sobre la histórica extracción y el comercio con seres humanos del continente africano: “La extracción masiva de seres humanos durante el siglo XVIII y principios del XIX (solo en África Occidental, dicen) “…debió haber sido, como mínimo, de 46 a 53 millones. De hecho, fue alrededor de la mitad de la población…”

Otro dato importante: “El fin del trabajo esclavizado después de 1807, realmente redujo la demanda externa de esclavos de África, pero este cambio no significó que el impacto en las sociedades e instituciones fuera a desaparecer…

Una vez más, los autores dejan al descubierto inconsecuencias o contradicciones. Por un lado, ofrecen esos dramáticos datos de explotación humana; critican con certeros juicios la tendencia reaccionaria que señala como causas de las diferencias de desarrollo y prosperidad entre los países tienen origen en la religión, la raza y en los factores geográficos; y plantean que estas diferencias se deben a la buena institucionalidad o a la falta de ella.

Por el otro lado, en cuanto a las comparaciones entre Europa y África, enfocan las diferencias de prosperidad y pobreza, pero muy poco o nada dicen sobre sus causas.

Veamos esas inconsecuencias:

1) Pese a sus ideas antirracistas exponen cómo se extrajo y se comerció con seres humanos, pero escriben que todo ocurrió por “…la aparición repentina de europeos por toda la costa central y occidental dispuestos a comprar esclavos…”

¿”Aparición repentina”? Extraña manera de ocultar que la extensión de comercio capitalista y la necesidad de materias primas y los mercados condujo a la colonización y el saqueo de los recursos naturales de países de África y de todo el mundo, además de la compra y explotación de esclavos, como causa del enriquecimiento de varios países.

2) Tampoco mencionan –junto a otros datos suyos y detalles de sus investigaciones— cuál fue el resultado económico para los países compradores de esclavos y el uso gratuito de su fuerza de trabajo.

3) Ese comercio criminal y su consecuente enriquecimiento, se lo atribuyen a los caudillos de los Gobiernos africanos que vendían a sus connacionales (sus enemigos en especial), con lo cual eximen un poco a los compradores y revendedores de seres humanos.

V

Además de ser cierto sus datos sobre el desarrollo y la prosperidad desiguales de los Estados Unidos y la mayoría de los otros países huéspedes del mismo planeta, los autores hacen notar que esas omisiones (y otras que veremos adelante) tienen la finalidad de borrar la historia de la conciencia y mente de los pueblos.

Por ejemplo: en el siguiente párrafo de su libro afirman que la falta de institucionalidad en América Latina, concretamente en Chile y Guatemala, es la causa de su inestabilidad política:

Esta inestabilidad vino acompañada por el asesinato y la represión en masa. El informe de 1991 de la Comisión Nacional de la Verdad y la Reconciliación de Chile determinó que 2279 personas habían sido asesinadas por motivos políticos durante la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1999. Posiblemente 60 000 fueron encarceladas y torturadas y cientos de miles fueron despedidos de su trabajo. El informe de la Comisión para la Clarificación Histórica de Guatemala de 1999 señalaba un total de 42 275 víctimas identificadas, aunque otros han señalado que hasta 200 000 fueron asesinadas entre 1962 y 1996, 70 000 durante el régimen del general Efraín Ríos Montt, que fue capaz de cometer estos crímenes con tal impunidad que pudo presentarse a presidente en el año 2003…”

(Del capítulo El cambio que depende del camino, páginas 52-55)

Crímenes que no por viejos conocidos dejan de impresionar. Pero igual de impresionante es la omisión de los autores de la responsabilidad de la CIA, del Departamento de Estado, asesores de Augusto Pinochet. Igual omiten el padrinazgo de Ríos Montt.

Sobresalen las omisiones de la estadounidense compañía de la comunicación ITT, que financió el golpe de Estado en Chile, y de la United Fruit Company que promovió el golpe de Estado en Guatemala contra Jacobo Árbenz, en 1954, y fue durante muchos años, la Mamita Yunai de Centroamérica.

Muchas son las empresas estadounidenses que no han contribuido con la prosperidad, aunque sí con la pobreza de los países latinoamericanos y del Caribe. Mucho más queda fuera del análisis de los autores sobre la prosperidad y la pobreza de los países, y solo veremos unos pocos detalles…

Al margen de estas cuartillas

*Los autores omitieron identificar a los políticos estadounidenses que propiciaron el golpe de Estado en Chile…

*Richard Nixon, desde su tumba, y Henry Kissinger, desde su cómoda vejez, estarán muy agradecidos de los autores del libro…

*John Kennedy, desde “otra dimensión de vida”, y Bill Clinton en su vida donjuanesca… ¡seguro que también lo agradecerán!


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