Opinion

¿De qué se nutre la tiranía?

Vive de tu miedo y de mi miedo. Del favor que pediste y que ahora te pesa como una hipoteca

Cuando escribió su Discurso de la servidumbre voluntaria, también conocido como Contra uno, Etienne de La Boëtie pensó a contrapelo de las tendencias de entonces y las de los siguientes siglos. Su planteamiento está sintetizado en uno de los párrafos del Discurso: “Son, pues, los mismos pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen someter, pues cesando de servir, serían, por esto mismo, libres. Es el pueblo el que se esclaviza, el que se corta el cuello, ya que, teniendo en sus manos el elegir estar sujeto o ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su mal o, más bien, lo persigue”. Todavía en la actualidad las autocracias se estudian como imposiciones externas a la sociedad y los sujetos tiranizados como víctimas netas. Pero las palabras acusatorias de La Boëtie resuenan: somos los ojos con los que nos vigila, las manos con las que nos sujeta.

Haciendo justicia a su pensamiento y a la realidad, hay que preguntarse: ¿de qué se nutre el poder opresor y de quiénes se sirve?, ¿de qué vive la tiranía? Vive de todos. De tus visitas al hermano del ministro, el coronel o el comisionado al que sigues frecuentando porque quién sabe y por si acaso y porque sí, pues ya es costumbre y no es momento de hacer cambios sospechosos. Y porque –así te lo repites– en el fondo no está con ellos, ni los quiere ni manda un carajo, pues es solo un ministro de puro nombre, aunque otra cosa parezca al observador superficial. Y porque al calor de los tragos también hace chistes a costa de la pareja y te desliza un cuecho que hará más certero tu próximo análisis, tu charla, tu artículo, tu reporte o tu consejo a la junta directiva.

Vive de tu miedo y de mi miedo. Del hambre de normalidad y de sus simulacros. De la fiesta que nos llama y el mall que nos imanta. De los platos y los tragos que no rechazaste al paramilitar porque qué feo, ¿no? Del favor que pediste y que ahora te pesa como una hipoteca, bultoso pero no tanto que no se pueda ocultar tras una botella de Chivas Regal en el momento oportuno.

Vive de las consultorías que hace años aceptaste y que ahora te presentas como un pecadillo venial, olvidable pero que en cualquier momento te podrían echar en cara. Las consultorías para justificar el canal interoceánico que nunca fue o para construir una imagen bonachona de la policía. ¿O fueron otras, quizá? Tal vez fueron las consultorías para explicar el cambio climático, un tema muy técnico y lejano a la política nicaragüense y sus nimios alcances atmosféricos. Pero, entonces, ¿para qué trabajarlo? No lo sabes ni es asunto tuyo. Te contrataron por tu pasado adecuado y tu presente impoluto. Por tus conocimientos técnicos.

Vive de los impuestos que te perdonaron, los contratos que te adjudicaron y las cuotas de carne que en el mercado venezolano te otorgaron. Del guacalote de dólares que forman una isla. De las sonrisas que prodigaste en el viaje a Beijing y del centenar de leyes que aprobaron para encarcelar el libre mercado solo para que pudieras apostar con los dados cargados.

Vive de los crímenes que justificaste a quien pagó puntualmente el diezmo. De tu pecho henchido de gratitud porque pudiste remozar la Catedral con presupuesto público. De tu viaje a Tierra Santa con todo el clero, a costa de católicos, evangélicos y no creyentes. Del tupido velo que cubre los desmanes en las sacristías.

Vive de tu vanidoso medrar en la embajada a la que te aferras porque es la cumbre de una larga carrera sobre los cadáveres de tantos colegas que no supieron caer tan bajo para llegar tan alto. Del discurso servil y el silencio cómplice. De los juicios, datos y adjetivos que, sabiéndolos calumniosos, vertiste contra quienes cometieron el atroz delito de pensar diferente. De tu susurro de soplón y del sello que estampaste. De las órdenes que diste a tus estudiantes de que izaran la bandera rojinegra. De las puertas del hospital que cerraste a los heridos y los estragos que hiciste en la vagina de una muchacha para que sus genes vandálicos no se sigan diseminando.

Vive de tu disciplina militar y más aún del cañonazo de medio millón de dólares que no pudiste resistir. De tu disciplina partidaria y tu olvido del día en que pensaste que debías dejar de pensar y recordar. De tu dedo que un día estuvo curtido y tuvo callos, pero ya no los tiene porque el desempleo lo alejó del arado y de la sierra. De tu dedo que da lo mismo si está en la mano izquierda o en la derecha. De tu dedo que no señala a ningún culpable ni sabe de golpes de Estado, pero que hoy aprieta el gatillo para que todo vuelva a la única normalidad que conoce, esa donde los empresarios evaden impuestos, los consultores se sientan al opíparo banquete, los diplomáticos justifican crímenes, los médicos rematan a los heridos, los eclesiásticos anteponen la bolsa a la vida y los amigos en bandos rivales a muerte siguen visitándose por si acaso y porque nunca se sabe… quién necesitará de quién el día de mañana.


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