Opinion

El libro más triste que tengo

Mi país adoptivo (Nicaragua) es una tragedia más allá de lo que jamás imaginé, a pesar de que siempre esperé que las cosas terminaran mal

Todavía recuerdo haber reportado mi primera elección en Nicaragua, en los días en que las elecciones todavía eran una cosa en Nicaragua. Era el año 2000, y había viajado desde Costa Rica en autobús para ver a Herty Lewites barrer al entonces besanalga arnoldista de Wilfredo Navarro, mucho antes de que saliera del armario como un lamebota orteguista. Todavía tengo los números de teléfono de Lewites y Navarro en mi libro de contactos, pero uno está muerto y el otro está podrido.

Recuerdo la emoción de esa sofocante y calurosa noche electoral de hace 21 años, escuchando los fuegos artificiales de celebración golpear el cielo de Managua, alrededor de la 1:00 a.m. mientras yacía sobre sábanas húmedas por el sudor en una cama de diez dólares la noche en el hostal Jardín de Italia, en un sector peligroso del Barrio Martha Quezada, esperando que el abanico oscilará de nuevo en mi dirección para empujar un poco de ese aire tropical rancio sobre mi cuerpo.

Desde entonces, estimo que he escrito más de 2000 artículos políticos sobre Nicaragua, primero para The Tico Times, luego para The Nica Times, después para The Nicaragua Dispatch, y una docena de otras publicaciones en medio. Es básicamente todo lo que hice durante una década.

A lo largo de los años acumulé un libro de contactos grueso y muy usado con nombres, y teléfonos de políticos, expertos, y pleitistas nicaragüenses. En algún momento todos los números de teléfono nicaragüenses cambiaron de siete a ocho dígitos, y obedientemente revisé mi libro y agregué los prefijos 2 y 8 a todos mis contactos (por si acaso no podía recordar cómo hacer los cálculos).

Lamentablemente, muchos de mis viejos contactos ahora están muertos, exiliados o encarcelados por crímenes imaginarios.

Es imposible mirar mi libro de contactos nicaragüenses sin una mezcla de ira y nostalgia. Es el libro más triste de mi biblioteca. Mi país adoptivo es una tragedia más allá de lo que jamás imaginé, a pesar de que siempre esperé que las cosas terminaran mal.

Imagen del libro de contactos nicaragüenses del periodista Tim Rogers. Foto: Cortesía/Tim Rogers

A pesar de la angustia, tengo muchos buenos recuerdos de viejos contactos cuyos teléfonos fueron robados por el régimen el día en que fueron secuestrados. Todavía me río de una foto que tomé de Dora María Téllez recostada en su mecedora, sosteniendo una almohada de Nickelodeon y esbozando una sonrisa poco característica cuando me dijo que ella era la Dora la Exploradora Original. Recuerdo a Víctor Hugo Tinoco riéndose por el estruendo del ruido de la calle afuera de mi casa cuando interrumpí una entrevista para decirle: Espera, espera, está pasando la barata, no oigo nada.

Todavía estoy agradecido por la generosidad de Hugo Torres, José Pallais y Pedro Joaquín Chamorro que siempre contestaron sus teléfonos cuando llamé para pedirles sus comentarios. Estoy agradecido con Mauricio Díaz, quien además de ser una fuente a lo largo de los años tuvo la desgracia de sentarse a mi lado en el avión, el día que tuve que salir de Nicaragua y tuvo que escuchar mis quejas todo el camino de regreso a Miami. Estoy agradecido con Juan Sebastián Chamorro, quien pasó un fin de semana largo mostrándome proyectos en León y Chinandega cuando dirigía el MCC. Me entristece el encarcelamiento de José Adán Aguerri, quien con frecuencia se tomaba el tiempo para darme una entrevista a pesar de que en la mayoría miraba su teléfono y parecía aburrido por mis preguntas. Y me enfurecen los secuestros de Tamara Dávila, Max Jerez y Lester Alemán, jóvenes que pasan la flor de sus vidas tras las rejas de una dictadura, solo por soñar con un país mejor.

Me duelen especialmente las detenciones de Félix Maradiaga (el último texto de WhatsApp que le envié el día antes de su arresto fue suerte mañana… ta bien fea la cosa hermano) y Francisco Aguirre Sacasa, a quien he considerado una fuente confiable y un amigo durante muchos años (siempre me preguntaba ¿Cómo está el Nicaragua Displash? ¿Dipslash? Dlasph? para burlarse de Adolfo Pastrán, quien a menudo me citaba en su boletín, pero siempre escribía mal el nombre de mi publicación).

Y realmente extraño a Arturo Cruz, un confidente con quien hablé varias veces a la semana sobre su campaña, sobre política y la vida en Nicaragua. Realmente creo que Arturo fue el precandidato más incomprendido del país. (Desde entonces, los sandinistas han repasado toda nuestra historia de chat de WhatsApp, lo que dudo que haya cambiado su opinión sobre mí).

Podría seguir hablando de los otros presos políticos, pero es solo un largo preámbulo para decir esto: no tengo ni idea de quiénes son estos candidatos chupahuesos de relevo.

Ninguno de estos peleles está en mi libro de contactos porque nunca he oído hablar de ellos. Se quedaron afuera, pero no porque mi libro es un club exclusivo. Yo dejé entrar a todo el mundo. Incluso tengo varios números de teléfono de Wilfredo Navarro, Enrique Quiñónez y Edwin Castro, por lo que claramente no tenía estándares de admisión reales. Solo tienes que ser una persona real.

Es así de sencillo: los nombres de los candidatos de la oposición de Nicaragua no están en mi libro de contactos porque nunca aparecieron en mis dos décadas de informar sobre Nicaragua. Ni una sola vez.

Ortega no podría haber encontrado una colección más triste de títeres para su pantomima, aun si hubiera hurgado en el contenedor de basura detrás del Teatro de Títeres Guachipilín. Incluso llamar a este espectáculo una farsa electoral es engañoso, porque implica el indicio de algo parecido a las elecciones. No es nada de eso.

El 7 de noviembre es simplemente una declaración de continuidad por parte de dos sociópatas que decidieron hace mucho tiempo que morirán en el trono, o morirán en el intento. OrMu ha hundido a Nicaragua tan bajo que se ha convertido en la parte trasera del Triángulo Norte. El país necesita un descanso.

Pero ninguna tragedia dura para siempre. Realmente espero con ansias el día en que pueda comenzar a agregar nuevos nombres y números a mi libro de contactos de Nicaragua nuevamente, en lugar de simplemente tacharlos.

Haría sonreír a un triste libro.


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