Opinion

Ese día cayó en domingo

Presentación del libro de cuentos de Sergio Ramírez en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Este día, que cae curiosamente en domingo, destino manifiesto, vengo a celebrar con bombos y platillo la grandeza literaria de Sergio Ramírez, y sobre todo por tener dentro al gran desobediente que lo habita, y al que quiero y admiro.

El libro de cuentos que hoy nos convoca, parte de la peculiar, entomológica y muy curiosa mirada de Sergio, y sobre todo de los vericuetos y laberintos de su memoria; ¿Quién dijo que la ficción se está llena de realidades, sobre todo en nuestra América Latina?

Pues así, apelando a su memoria y sobre todo a su lúcida, brillante, esplendorosa manera de ver las cosas y al mundo, Sergio Ramirez tiene una capacidad asombrosa para encontrar en un gesto aparentemente fútil o de tan cotidiano que podría pasar inadvertido, la heroicidad de un pequeño acto que venza la muerte y trascienda en el tiempo.

Desglosar aquí los cuentos que integran este volumen sería una tarea inútil y de vanagloria de un presentador que lo único que puede hacer es destrozarlos y quitar la sorpresa, el asombro, lo extraordinario que contienen por sólo parecer más inteligente de lo que en realidad es, así que lo evitare. A Sergio hay que leerlo y punto; no dejen que nadie, excepto él, se lo cuente y lo envuelva en ese mar acariciante que es el idioma.

Porque todos nosotros, lectores, encontraremos en ellos la tan ansiada otredad; el vernos reflejados en el estupendo espejo de su mirada y en la inmensa sabiduría que encierran sus palabras.

Escribir “fácil” es lo más difícil del mundo.

Sergio conoce todas las palabras, pero con inmensa generosidad para con nosotros, se aparta de las rimbombantes, las crípticas, las innecesarias, las fatuas e inútiles, para de manera directa, clara, hasta campechana a veces, justo como hablan los seres de su patria , como un puñetazo cariñoso sobre la mesa, contar y cantar desde la memoria , la nostalgia, el horror, y también el humor el tiempo que le tocó vivir, y las ensoñaciones del tiempo que vive exclusivamente dentro de su cabeza, y que hoy, en este bucle que propone, nos pone de frente a estas historias que destilan caricias y bofetadas a partes iguales.

Cuentos estos trabajados concienzudamente, afinados hasta la catedralicia perfección. Literatura mayor que no recurre al artificio sino a la magia y al embrujo que destilan los sueños y las palabras.

Lloré con él, me reí con él a carcajadas, suspiré con él, y con él iría sin dudarlo hasta el fin del mundo.

Y ahora sí, y tengo que decirlo, haría todas estas cosas no sólo por sus palabras, sino también por su congruencia, tan menospreciada en estos oscuros y aciagos días.

Sergio Ramírez es el ejemplo perfecto, y a seguir, de que se puede perder todo, excepto la dignidad; y no puedo menos que aplaudir rabiosamente a este hombre que se ha quedado sin patria por los delirios y megalomanías de un aprendiz de dictador que alguna vez fue persona.

Sergio se ha quedado sin casa, sin biblioteca, sin su barrio y sin sus calles, sin los aromas que despide su ciudad, buenos y malos. Y yo desde aquí, tan sólo quiero decirle que mi casa es su casa y mi biblioteca es suya; que la FIL sin duda es su casa, que México es su casa y que los corazones y cabezas de sus lectores, son el hogar más grande que existe y que lo reciben todos los días con los brazos abiertos dándole refugio y cobijo en un tiempo de canallas.

Que cosa, ese día cayó en domingo. Ese día en que tan sólo vinimos a Guadalajara a decirle cuanto lo queremos y cuanto nos hacen falta sus palabras.

Aquí estamos todos, velando nuestras armas, pluma, papel y palabra, para empujar donde haya que empujar para que recupere Sergio Ramírez, el gran Sergio, lo que nunca debió de haber perdido.


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