Opinion

Finlandia y Suecia hacia la OTAN

“Es otro mundo, otra Europa desde el 24 de febrero”. Es la reflexión que escucho con mayor frecuencia en Estocolmo, desde donde envío este texto. Por cierto, con la invasión de Ucrania concluyó la “pos-Guerra Fría”, aquel nuevo orden forjado en los noventa que—pensábamos—sería estable y democrático.

Ocurre que aquella reconfiguración europea quedó trunca, lo cual resulta dolorosamente evidente hoy. Fuera de la Unión Europea y de OTAN, una Ucrania independiente sería vulnerable, también decían algunos en los noventa; los menos, a decir verdad. En 1994 Kiev entregó a Moscú el arsenal nuclear a cambio del compromiso de Rusia de respetar su soberanía e integridad territorial. La promesa fue de Yeltsin con Clinton como garante.

Sin embargo, no era necesario conocer la historia de las relaciones ruso-ucranianas con demasiado detalle para sospechar que la buena voluntad de un individuo no sería suficiente para evitar la repetición del pasado. En 1999 Putin ya era primer ministro; la democratización de Rusia se revirtió; y el viejo guion nacionalista que desconoce a Ucrania como nación independiente regresó a la narrativa oficial.

Hacia 2014, la anexión de Crimea y la ocupación del Donetsk hicieron explícito que Ucrania había sido abandonada a su suerte. Occidente asimiló la invasión de entonces con muchas palabras y ninguna acción. El discurso de Putin consistió en la acostumbrada victimización: Ucrania era una amenaza por sus meras intenciones—desoídas—de incorporarse a OTAN y a la UE y, de todas maneras, el territorio en cuestión es ruso. Idéntica propaganda utiliza hoy.

Ahora es más claro que nunca: los países que buscan su adhesión a OTAN lo hacen para protegerse de Rusia, no para agredirla. Con su larga historia de neutralidad, finalizada hoy, Finlandia y Suecia así lo confirman.

Si todo cambió este 24 de febrero, en buena parte ello se explica por la brutalidad de los ataques rusos; crímenes que vemos, y víctimas que escuchamos, en tiempo real. De hecho, ambas naciones nórdicas habían asegurado el 5 de marzo que profundizarían su cooperación entre ellos y con OTAN, pero manteniendo su neutralidad. Fueron las propias sociedades europeas apoyando a Ucrania en la calle quienes forzaron este auténtico cambio de época. Si Putin esperaba una Europa pasiva y dividida, como en 2014, pues él mismo produjo lo contrario, una Europa movilizada y unida.

El Gobierno de Finlandia tomó el liderazgo en este cambio. La primera ministra Sanna Marin y el presidente Sauli Niinistö lo anunciaron este domingo 15. Lo explicaron de manera inequívoca: “la masiva invasión de Ucrania en febrero de 2022 ha alterado las condiciones de seguridad de Finlandia”. Independizada de Rusia solo en 1917, y habiendo sido invadida por la Unión Soviética en 1939 y 1941, la invasión de Ucrania actuó como un verdadero espejo de la historia.

Mientras Finlandia anunciaba su decisión, en Suecia la dirigencia de la Social Democracia, el partido del gobierno, se reunía el mismo domingo 15 para debatir el tema. En la vieja guardia socialdemócrata flotaba una cierta incredulidad; su versión de progresismo no concibe (o no concebía) una alianza militar con Estados Unidos. Para varios de ellos, una OTAN expandida también daría a Putin la excusa para usar armas tácticas nucleares.

La realidad es que la invasión de Ucrania, no provocada e injustificada, y los crímenes de guerra ya constatados indican que Putin no necesita excusas, y que Occidente no puede ser rehén de sus amenazas. Precisamente, como contraparte, prevaleció en la socialdemocracia la idea que haber quedado como única nación nórdica y del Báltico fuera de OTAN habría significado ser vistos como cautivos de Rusia y al mismo tiempo más vulnerables a Putin, no menos.

Al final, la mayoría del pleno optó por OTAN, un voto que cerró dos siglos de neutralidad. La líder y primera ministra Magdalena Andersson convocó a un debate en el Riksdagen, Parlamento, para el día siguiente. El lunes 16, el Parlamento apoyó al Gobierno de forma contundente. De los ocho partidos allí representados, solo dos pequeños partidos se opusieron, la izquierda y los verdes. Andersson aclaró que Suecia no tendría armas nucleares, condiciones similares a las de Dinamarca y Noruega.

Nótese que durante años la opinión pública en ambas naciones se mostraba contraria a pertenecer a OTAN; ello hasta el 24 de febrero, justamente. En Finlandia ese apoyo supera hoy el 80%, en Suecia alcanza el 60%, pero medido antes del debate parlamentario del lunes. En Helsinki, 188 de los 200 parlamentarios aprobaron la solicitud de adhesión a OTAN. Ambos cancilleres la formalizaron el martes 17.

La decisión está tomada, pero el “NATO accession process” recién comienza. La Organización expresó el deseo de una rápida ratificación, aun si los 30 miembros deben estar de acuerdo de manera unánime para hacerlo oficial. Turquía ya objetó la postulación, acusando a ambos países de apoyar a la militancia kurda a la que considera terrorista. No queda claro si lo hace por encargo de Moscú o si es tan solo una ficha de negociación para destrabar el embargo de facto del Congreso de EE. UU. a la venta de armas a Turquía. OTAN también exige requisitos políticos a sus miembros: derechos, libertades y democracia, bienes escasos desde la llegada de Erdoğan al poder.

NATO y algunos países miembros de la organización aseguraron que comenzarán de inmediato a proveer asistencia a Finlandia y Suecia durante el proceso de oficialización, que podría durar hasta un año. Es que no es una calle de una sola mano. Finlandia y Suecia aportan a la alianza transatlántica formidables capacidades logísticas en el Ártico y, en el caso de Finlandia, un millón de reservistas y la artillería más grande de Europa. No son buenas noticias para Rusia, su frontera con OTAN se duplica a partir de ahora.

Pero no es tan solo la seguridad que está en juego. Como bien dijo su canciller, Dmytro Kuleba, “Ucrania es el único lugar de Europa donde las personas mueren por defender los valores fundantes de la Unión Europea. Y eso debe ser respetado”. Lo es, Finlandia y Suecia así lo entienden.

El mayor riesgo ahora es que el mundo se acostumbre a esta guerra y sus crímenes, y los normalice. Esa es la estrategia rusa, así ha ocurrido en Chechenia, en Georgia, en Siria y en Donetsk, la rutinización del horror en el tiempo. Si es verdad que es otro mundo, otra Europa desde el 24 de febrero, eso es lo que Occidente no puede permitir que ocurra.


Texto original publicado en Infobae

Héctor Schamis

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