Opinion

Hugo Torres no murió; lo mataron

Murió por el sufrimiento continuado al que lo sometieron sus carceleros por órdenes de sus amos

En alguna mesa de tragos entre esbirros de la dictadura deben haber brindado por “una victoria más” ante la muerte de Hugo Torres. A fin de cuenta era la apuesta máxima de sus torturadores: exterminar a los traidores haciéndolos sufrir por haber desafiado al comandante, y de paso mandar un mensaje a toda la población. Decir que Hugo murió, como si la muerte la hubiese encontrado mientras paseaba por las calles de Las Colinas, es cubrir con el manto del anonimato a quienes causaron su muerte. A Hugo, tres veces guerrillero heroico, lo mataron quienes calcularon con frialdad las condiciones de su fallecimiento. Decirlo con todas las palabras es hacerle justicia.

Hugo Torres no encontró la muerte en el mercado de Bagdad y salió huyendo a Samarra, donde finalmente lo alcanzó. No fue víctima de un destino fatal que ya estaba escrito. No, su muerte ha sido resultado del sufrimiento continuado al que lo sometieron sus carceleros por órdenes de sus amos; una muerte lenta calculada con la intención de quitarlo de en medio sin tener que pegarle un tiro por la espalda como a Eddy Montes. La misma táctica que están empleando con José Pallais, Violeta Granera y los demás presos: someterlos a las mismas condiciones de exterminio de los campos de concentración para matarlos de hambre, agudizar los padecimientos previos hasta quebrarlos moralmente.

Esta crueldad sin límites de torturas físicas y psicológicas fue la causante de la muerte de Hugo Torres. Sus hechores materiales fueron los carceleros y los interrogadores inútiles. El relato justificador lo puso el dictador cuando les llamó hijos de perra del imperialismo y demás sandeces. Fue el corolario de la barbarie, la carta blanca para que los esbirros se ensañaran con ahínco con los rehenes.

Allí está el resultado de tanto esmero: los despojos de un hombre al que privaron de todos sus derechos, el mismo que pasó los últimos ocho meses de su vida en cautiverio sin que le hubiesen podido probar ninguno de las acusaciones absurdas vertidas en su contra. Al igual que los asesinados anteriormente, la muerte de Hugo Torres es una prueba más de que la dictadura orteguista no tiene otra cosa que ofrecer que la violencia fanática.

La violencia, el miedo y la prohibición de todo duelo por las víctimas causadas, como impedir a las familias rendirles un último tributo y enterrarlas de prisa. Esta fue la última victoria de Hugo, haberles metido tanto miedo en el cuerpo que impusieron a sus familiares enterrar sin ningún homenaje al héroe de la revolución. Hay que ser cobardes y miserables como para negar cualquier resquicio de oportunidad a las muestras de cariño a todos los hombres que fue Hugo: el padre, el compañero, el amigo, el vecino.

Por si hacían falta más pruebas de quiénes causaron su muerte, el Ministerio Público, brazo ejecutor del cautiverio de Hugo, las ofreció al comunicar su muerte 15 horas después de haber ocurrido. ¿Por qué? ¿Tanto tiempo les tomó reconocer un hecho inobjetable como la muerte de una persona? El comunicado en cuestión es una oda a la chapucería y al cinismo.

El intento de lavarse las manos por la muerte de Hugo Torres les salió fallido. El tono compasivo que quisieron darle se diluyó en dos interrogantes que el texto no aclara: ¿de qué “enfermedad” murió? ¿Si la causa del fallecimiento fue por padecimientos previos, entonces por qué lo mantuvieron preso en condiciones que los agravaron? Tanta prisa por aclarar que murió por “”enfermedad” tiene implícita una confesión culpabilidad de quien, sintiéndose señalado, dice “yo no lo maté, se murió solito”.

La dosis de cinismo la pone la comparación entre los comunicados de 2022 del Ministerio Público. El supuesto trato humanitario recibido por Hugo que el 002-2022 pretende destacar, contrasta claramente con el 001-2022 que las mismas manos y la misma torpeza habían escrito tan solo 14 días antes, diciendo que en los primeros días de febrero empezarían los juicios en contra de los “criminales, delincuentes y terroristas” presos en el Chipote. Una de dos: o hacen gala de un cinismo de campeonato, o padecen niveles alarmantes de esquizofrenia institucional.

Pero si el Ministerio Público peca por excesos de mediocridad y cinismo, el silencio del Ejército y de sus excompañeros de armas abunda en un grado tan alto de cobardía que lo emparenta con la complicidad. Tal silencio ante el deceso de uno de sus fundadores, y por demás con grado de general, prueba que la muerte de Hugo no solo no fue fortuita sino que además fue propiciada de manera calculada por el sistema en cuyo vértice se encuentra el tirano.

Hugo Torres, con su oposición terca a la dictadura era un estorbo y una afrenta con la que había que terminar. Era la imagen incómoda del luchador que se mantenía fiel a sus principios, el espejo en el que los traidores y los cobardes no querían verse reflejados. Por eso había que empujar la barca de Caronte hacia la otra orilla y que Tánatos hiciera el trabajo sucio. Sin embargo, al morir fuera del reino de la dictadura tuvo la suerte de que la vocera no le recetara la fórmula cursi de haber pasado a “otro plano de la vida”.

Por justicia poética, Hugo ha pasado a la vida de la memoria histórica, donde viven los héroes mitológicos que ofrendaron la vida defendiendo la libertad y el fuego, al contrario de la ignominia que espera a sus verdugos.

No, Hugo Torres no murió ni se murió. Su muerte no se conjuga en el modo impersonal que oculta al hechor. Al contrario, lo mataron a plazos un grupo de personas cuyos nombres se conocen. Más temprano que tarde los culpables tendrán que rendir cuentas. Perdonar sería abonar la impunidad; olvidar, caer en la complicidad. Por Hugo Torres, por todos asesinados, por los presos políticos y los miles de exiliados, ni perdón ni olvido.


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