Opinion

La biblioteca de los libros rechazados

En la obra del francés David Foenkinos convergen tres vertientes: la literatura, el cine y la música. Una correntón poderoso que invade toda la novela

I

Emocionadísimo con el parto prodigioso de Irene Vallejo, El infinito es un junco La invención de los libros en el mundo antiguo, publicado por Penguin Random House (2021). Un registro sorprendente. La erudición salta de manera creativa. Cada página testimonia el largo camino recorrido para forjar el libro, sometido hoy a una mutación inevitable. Cuenta las batallas y largos viajes emprendidos; Tolomeo II deseaba dotar a la Biblioteca de Alejandría, de todas las obras de poetas y escritores existentes en la antigüedad. Una digna aspiración. Vallejo canta entusiasmada su aparición. La hazaña resulta merecedora de páginas elocuentes y vibrantes. En medio de este goce hice una pausa. Leí La biblioteca de los libros rechazados, del francés David Foenkinos (Alfaguara, 2017), una farsa literaria, cargada de picardía, burlas, engaños, dobleces y fingimientos. Libro para divertirse.

El francés elimina cualquier idea sacralizadora de las bibliotecas. Para abrir cauce a la imaginación, tomó como referente el libro del estadounidense Richard Brautigan (The Abortion, 1971). En él aparece la creación de una biblioteca destinada a acoger libros rechazados. A principios de 1990, uno de sus lectores tuvo la ocurrencia de fundar The Brautigan Library, para albergar libros faltos de editores. El bibliotecario de Crozon, Jean Pierre Gouvert —Foenkinos empieza su desternillante relato— emprendió el mismo camino. Creó la biblioteca de los libros rechazados. Foenkinos incluye pies de páginas, guiños a partir de los cuales advierte, devela, enfatiza, aclara, incluye nombres de autores y asiste gozoso al narrador omnisciente, introduciendo a otro narrador, encargado de exponer el papel trascendente que jugarán algunos de sus personajes más adelante.

A diferencia del novelista nicaragüense Sergio Ramírez, quien durante el desarrollo de la trama introduce una voz, para que asista al narrador omnisciente, el escritor francés prefiere hacerlo recurriendo a los pies de páginas. Esa voz narrativa posee su propio encanto. En ambos casos cumplen la misma función. Ramírez tiene la particularidad de entrometerse en el relato. De inmediato percibimos que se trata de la intervención del propio escritor, acudiendo en ayuda del narrador. Un metiche encantador. Los guiños muestran que los “Deicidas” conocen de los acontecimientos, mucho antes de que estos vayan a ocurrir. Una forma de interpelarnos y convertirnos en cómplices de sucesos ulteriores. Desean que estemos al tanto de lo que nos espera a la vuelta de unas páginas. Esta modalidad otorga un giro enriquecedor al discurso narrativo. Lo refuerza.

Más allá de la originalidad de escribir sobre obras, cuyo destino obedece, entre otras razones, a yerros recurrentes de los lectores contratados por las editoriales, Foenkinos se empeña en demostrar que vivimos una época donde los medios determinan la excelsitud de las obras literarias. El bibliotecario Jean Pierre Gouvert, solicitó a sus colegas que llevarán a la biblioteca (eso sí, de manera personal), obras que no obtuvieron el beneplácito de personas con poder de veto en las editoriales. La historia parte de un libro recuperado por la editora Delphine Despero y el novelista Frédéric Koskas (su marido). Supuestamente dormitaba entre decenas de novelas rechazadas. Centenares de escritores han visto frustrados su empeño. Desisten de continuar escribiendo. La desilusión se apodera de sus vidas. Entran en una sequedad asfixiante. Angustiosa. Enloquecedora.

Despero había publicado La bañera, novela de Koskas que resultó un chasco, el escritor recibió un revés como para desencajarle la moral. Como razona Foenkinos: “Publicar una novela que no encuentre su público es permitir a la indiferencia que se materialice”. Para quienes han vivido bajo el convencimiento que un día existirán gracias a la palabra escrita, un varapalo de este tamaño constituye un horror. Los infortunios se suceden en cascadas. Se percata que ni su antigua amante había leído la obra. Tampoco lo habían hecho sus padres. No sintieron necesidad de curiosear lo que para su hijo constituía un logro estupendo. Delphine lo convenció de sus bondades. En el momento que ella publicó La bañera, ya ocupaba un puesto importante dentro de la editorial y se había rendido ante los encantos de Koskas. Para paliar la agrura viajan a Crozon. Frédéric no desmaya.

II

En La biblioteca de los libros rechazados convergen tres vertientes: la literatura, el cine y la música. Una correntón poderoso que invade toda la novela. Foenkinos, como tantos otros, aprovechó la ocasión para homenajear a escritores de su predilección. Rinde culto a las actrices y actores más queridos. Iguales distinciones le merecen músicos que aprecia debido a su condición de melómano. Las citas de cantantes e intérpretes musicales son un tributo a su formación musical. En una de sus obras más celebradas, expresa afecto por John Lennon. Con igual entusiasmo ha espigado en la cinematografía. Sintió necesidad de llevar a la pantalla, junto a su hermano Stéphane, La delicadeza (2009), su novela más premiada. En relación al conjunto de la obra de Foenkinos, los críticos exaltan su deseo por llevar a los lectores gracia, humor y empatía, ante un mundo desolado y sombrío.

Mientras Delphine mantiene la casa, Frédéric escribe por las mañanas. Sigue, no hay manera que desista. Fue en el viaje realizado a Crozon —durante la visita a La biblioteca de los libros rechazados— cuando Delphine descubrió, entre los mamotretos enviados a la huesera, una novela que a su juicio merecería especial atención mediática. Pidió a Magali, la bibliotecaria, que se la obsequiara. La salva del olvido. Asume la estrategia de su lanzamiento. Los medios centran su atención en Las últimas horas de una historia de amor. Críticos y medios coinciden que se trata de una gran novela. La onda publicitaria aturde los sentidos. Su magia empieza con el cintillo colgado en la portada: La novela que rechazaron 32 veces, un gancho para atraer lectores. La acogida de la crítica, sumada a la atracción que ejerce una obra abandonada, convoca a su lectura. La farsa toma cuerpo.

La creciente y acelerada fama de la novela, me recordó el esmero puesto por Chester Foster Kane, en El ciudadano Kane, la película imperecedera de Orson Wells. Consagra a su mujer, Susan Alexander, una actriz mediocre. Una prueba del poder del cine. La esposa e hija de Henri Pick, descreen que su padre, dueño de una pizzería en Crozon, fuese un genio anónimo. Delphine les convence que él había logrado una proeza literaria. A la incredulidad familiar viene a añadirse la desconfianza de Marc Rouche, hasta hace poco crítico literario de Le Figaro Littéaire, no acaba de rumiar su despido. Se creía insustituible. Marc empieza la cacería literaria. Cree saber quién está detrás de Las últimas horas de una historia de amor. No dirá el nombre del posible autor hasta verificarlo. Padece el dolor de la defenestración. Aprendió bien la lección. No quiere dar un paso en falso.

Para concluir que el verdadero autor de Las últimas horas de una historia de amor, no es otro que Jean Pierre Gouvert, en su calidad de experto, Marc había entrevistado a varias personas. Al creador de esta biblioteca original, las editoriales le habían rechazado en distintas oportunidades varias de sus obras. El secreto radica en una cita que Gouvert hace de Puhskin, es uno de sus seguidores, en un país donde escasean sus lectores. La entrevista que sostiene con Marina Brücke, con quien Gouvert había mantenido una relación pactada, ratifica su creencia. No tiene dudas. Gouvert es el autor de la novela. Pick, jamás pudo serlo. La lectura de una carta dirigida a su hija Joséphine, le ayuda a aclarar los nublados. Pick nunca pudo haberla escrito. Cuando la novela alcanza los trescientos mil ejemplares vendidos, empieza un forcejeo entre Frédéric y Delphine.

Se arma el despelote, Joséphine convence a Marc que no diga que fue Gouvert quien escribió la obra. La fama de la novela impacta a Frédéric. Informa a Delphine que ya concluyó su nueva obra: El hombre que dice la verdad. En ella aclara que él es el autor de Las últimas horas de una historia de amor. Delphine se opone a que revele la verdad. Viola el acuerdo concertado. Ante el fracaso de su novela anterior, está urgido en que lo sepan. La tirantez hace que todos se percaten que, de saberse el verdadero nombre del autor, sería un infortunio. Como en Los intereses creados (1907), de Jacinto Benavente, la familia Pick perdería los derechos de autor, Delphine vería truncada su carrera de editora exitosa y Frédéric recibiría el divorcio de Delphine. Optan por llevar la novela a La Biblioteca de los libros rechazados. Alguien podría encargarse mañana de salvarla del olvido.


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