Opinion

La historia guarda las huellas del crimen

El cúmulo de contradicciones políticas y sociales que se expresan todos los días en los tonos de las rivalidades más diversas, casi no dejan espacio a la reflexión, y la imparcialidad se abandona en el mismo instante en que se omiten las opiniones sobre cualquiera de los problemas y en cualquier sentido. No queda lugar para las opiniones “incontaminadas”, a menos que se recurra a la demagogia, pero de todas maneras tampoco la demagogia se puede vestir de imparcialidad, sino que le pasa lo contrario: su propio disfraz la denuncia.

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Todos nos vemos obligados a tomar una posición en torno a situaciones que, por donde se las quiera mirar, siempre les encontraremos las aristas que nos gustan y las que rechazamos, pero todas cubren los espacios de la actualidad en el continente, en nuestra región y en nuestro país. Las que se producen más allá de los límites de estos ámbitos también son de actualidad, lógicamente, pero al mismo tiempo que se les miran más lejanos, y aunque quizás tengan mayor importancia, igual se impondrán en nuestro escenario local los sucesos más cercanos.

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Estoy pensando en el régimen político que nos aprisiona, a la iniciativa imperial que abreviada su nombre se conoce como “Nica Act”, a la ofensiva contra el gobierno de Venezuela y al papel de la OEA. Desde luego, no repetiré ninguno de los argumentos contrario ni los favorables tan repetidos diariamente, sino a lo que no se quiere decir ni oír, a lo que se trata de ocultar, porque silenciar hechos es recurso de quienes tienen conciencia de que no les conviene revelar nada. El silencio se practica, por el interés personal, el interés ideológico, el interés social o los compromisos financieros y políticos. Pero el intento de querer que se olvide la Historia, es la pretensión más burda que se viene demostrando como la famosa, y ahora ridiculizada idea, de que la desaparición de la URSS era el “fin de la historia”.

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En los límites de nuestro patio, se comenzó a omitir hechos históricos para ofrecer versiones distorsionadas del papel modesto y limitado de Daniel Ortega en la revolución sandinista, para dejar retocada la imagen de un súper comandante, y permitirse presentarlo como el gran capitán de todas las victorias, pero “gracias a Dios” para darle al cuento un matiz manipulador extra. Y de remate, copiando el lema de Francisco Franco, el “jefe del Estado Español por la gracia de Dios”. Pero basta rascar un poco la historia, y se deshace el mito. ¿Cómo borrar el hecho de que las características que definen al régimen de Daniel Ortega como una dictadura, no las ostenta por haber sido él un revolucionario, o porque ahora, lo siga diciendo que lo es?

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No basta negar ni afirmar nada, porque los hechos de la historia más reciente –y hasta la que se escribe todos los días— lo delata. Su posición y actitudes dictatoriales son personalistas; nacen de su manejo arbitrario del poder político, de su enriquecimiento privado y familiar; la captación del financiamiento exterior, como el venezolano, para beneficio personal y familiar, y no fundamentado en lazos ideológicos revolucionarios, sino en intereses comerciales y financieros especulativos. Estas características son las que han aproximado a los capitalistas locales con Daniel Ortega, y no otra cosa.

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El apoyo que de los personeros del Cosep y de Amchan recibe Ortega, no tienen fundamentos patrióticos que los justifiquen, y ese apoyo no prevalecerá en todas las circunstancias. Esos mismos personeros empresariales, ya comenzaron a coquetear con las sugerencias de la OEA respecto al “Nica Act”, no tanto por los perjuicios económicos con que les amenaza a todos, sino porque necesitan estabilidad plena para sus negocios, y esa solo la pueden conseguir con un gobierno propio, sin las dualidades del gobierno de Ortega, aunque ahora aprecien más su condición de promotor de medidas capitalistas, que la institucionalidad democrática del país.

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La identificación de Ortega con Venezuela se sustenta en el aspecto financiero y no respecto a principios revolucionarios, como no sea que nos atengamos solo a los discursos de ocasión en conferencias hemisféricas del Alca o de la OEA. Existe un afán por individualizar la posición de la OEA en Luis Almagro, como en Venezuela y otros gobiernos individualizan la imagen de una supuesta revolución en el gobierno de Ortega. La oposición de Nicaragua mira hacia Venezuela con la óptica prestada al gobierno norteamericano, y sin alternativa, su visión es mecánica, en blanco y negro. Para producir una ilusión óptica conveniente, cultivan la idea de que detrás solo hay historia y detenerse a mirarla se corre el riesgo de convertirse en un esclavo del pasado.

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La finalidad de esa idea, es que se desconozca el valor de los hechos históricos para que prevalezca el modo de ver los fenómenos políticos y sociales como si estuvieran naciendo en ese momento, en su estado actual, sin raíces, es decir, como si nada tuviera su historia. Esto de ocultar la historia, no es antojadizo ni un asunto de preferencia o de voluntad; es una necesidad para los ideólogos del capitalismo, porque necesitan hacer creer que atrás del capitalismo actual no hay una historia de brutalidad colonial, ni de crímenes, ni de explotaciones. En esa su óptica, el capitalismo nació puro, y no habrá nada mejor para el futuro de la humanidad que no sea el capitalismo.

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Un ingrediente ideológico extra, es utilizar la falsa idea de que capitalismo es sinónimo de democracia. Y para convencer con esa falsedad, se utilizan recursos inagotables en el campo informativo, educativo, cultural y hasta religioso. Quieren hacer suponer a la gente que atrás de la política imperial actual, como el “Nica Act”, ningún gobierno norteamericano invadió país alguno ni impuso dictaduras ni apoyó golpes de Estado ni contrarrevoluciones. Toda su política exterior actual es virginal y primeriza tras la búsqueda de la democracia para todo el mundo. Argumentar lo contrario, es ser esclavo del pasado. Palabras de Obama, ¿las recuerdan?

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Igual que ha generado la idea compartida por la derecha y el orteguismo –con objetivos opuestos—, es que lo nuestro es un mismo proceso político histórico de la revolución y que con Ortega está en su segunda etapa. Todo lo que quiso ser, lo que pudo ser y hasta lo que ha dejado de existir de la revolución, para ellos no tiene historia, todo ha comenzado a nacer con Ortega; una óptica similar aplican con respecto a Venezuela: aquí, los gobiernos gringos nunca intervinieron militarmente y allá nunca explotaron su petróleo ni ahora buscar cómo rescatarlo. ¡Estamos viviendo de, y viendo solo estrenos, con Ortega y con Maduro, y todo por “restablecer la democracia”!

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Al frente y detrás de la “Nica Act” solo nos presentan lo destructivo para el futuro de la economía nacional. ¿Y en el pasado y ahora mismo, cuáles han sido los efectos destructivos para el desarrollo de la economía nacional las compañías mineras extranjeras? ¿Cuáles son los perjuicios de los convenios económicos, la dependencia del mercado gringo, los precios impuestos a las materias primas y de los productos que se exportan sin ningún valor agregado? ¿Acaso creen, como lo dijo el ex presidente Bolaños cuando vino a instalarse Mac Donald, que los grandes comercios extranjeros de productos importados, son signos de modernidad, progreso y felicidad? ¿En qué beneficia al desarrollo industrial, las industrias extranjeras de las zonas francas?

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Nadie parece enterarse de que la condición colonial de nuestro país, no difiere mucho de la impuesta al hermano pueblo de Puerto Rico: aquí se llora de antemano la falta de préstamos de los organismos financieros si se aplicara el “Nica Act”. Pero se omite que esa “medicina” no sería para “restablecer la democracia”, sino para situarnos en la condición que tienen a Puerto Rico: le niegan el derecho de acceso a los préstamos del FMI y del BID para obligarlo a caer en manos de los prestamistas gringos. Luego, cuando el gobierno de la isla retrasa el pago de los intereses, los “fondos buitres”, y el gobierno gringo le impone al gobernador colonial la obligación de pagar a costa de las restricciones a sus presupuestos de educación, salud, etcétera. Esa situación sería la que nos vendría; la democracia no la regala nadie.

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Esa verdad histórica válida para todos los pueblos del mundo, fingen olvidarla quienes se acuestan y levantan rezándole a la OEA para que las amenazas con “Nica Act” nos rescaten la “democracia. Y como sus oraciones las están haciendo a pleno corazón, y por eso no les pueden fallar, de paso extienden sus ruegos para que en Venezuela cumplan sus planes de una vez, acaben la tormentosa y larga espera de los héroes de las coimas petroleras, porque sin el engrase venezolano se le rompería la maquinaria opresora a Ortega. Con eso bastaría, porque aquí no hace falta el pueblo ni organización ni programa político ni unidad, menos ponerles atención a esos campesinos que hacen protestas por liberar al país del tratado canalero.

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Ruperta y Ruperto:
–Parece que es la semana santa y no el niño dios la que está trayendo regalos y milagros, Rupertó…
–Por lo menos el niño dios de Trump apareció de pronto en Libia y le hizo el milagro de convertirlo de villano en héroe, Rupertá…
–Acordate que estamos en semana santa, Rupertó, y no fue el niños dios… ¡sino del “Judío errante” del complejo industrial-militar!


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