Opinion

La hora de la oposición

Desde los exilios, en nuestra historia, se han logrado articular luchas contundentes. Démosle al exilio una tarea común

La dictadura nicaragüense no se detiene. Las últimas condenas -a sacerdotes, a los familiares de Javier Álvarez (¿ocho años por ser familia de un perseguido?), el juicio con resultado anunciado a monseñor Rolando Álvarez, la detención de comisionados de la Policía y muchos más, sin explicación de delitos son todos flagrantes muestras de abusos intolerables contra ciudadanos nicaragüenses.

El control que tienen Ortega y Murillo sobre el aparato judicial atenta contra la libertad de cualquier persona que ellos decidan acusar de “menoscabo a la integridad nacional” Ese amplio y antojadizo “delito” lo esgrimen contra cualquiera en el país que ellos decidan es crítico de sus acciones u osa nombrar los abusos a los derechos humanos que a diario se cometen en Nicaragua.

Uno se pregunta cómo es posible que un país que en 2018 se alzó contra esa dictadura familiar, pareciera haberse quedado sin recursos para enfrentarla. El reino del miedo y del terrorismo de Estado ha creado una situación de silencio y docilidad que solo estimula a que la dictadura continúe consumando más y más atropellos contra la población. La huida por pasos ciegos, la migración legal o ilegal, se presenta en la actualidad como la única salida aparente de esa atmósfera tóxica de terror que pesa sobre el ejercicio de la libertad en el país. El 10% de la población ha emigrado. Nicaragua se descapitaliza de su más importante recurso: su gente.

En tanto, la oposición sigue trastabillando en el exilio. Los desacuerdos personales o ideológicos aparentan ser los obstáculos más importantes, los que impiden que se consolide al menos un frente único que represente la decisión nicaragüense de no aceptar las arbitrariedades del régimen.

Ciertamente que hay muchos grupos en varias zonas geográficas que, generosa y de forma consistente, aportan sus voces y esfuerzos para clamar por la libertad de los presos políticos y denunciar los atropellos de la dictadura. Sin embargo, la dispersión y fragmentación de estos esfuerzos impide que exista un organismo reconocible y representativo de esos colectivos. No se ha logrado articular un interlocutor válido para la comunidad internacional. No se logra acumular experiencia, ni capacidades para que dentro del país se avizore una instancia que sume prestigio y dé confianza para inspirar esperanzas de un cambio a mediano o largo plazo.

Un arrojo como el que se necesitaría para hacerle frente a la dictadura dentro del país no puede concebirse sin que haya una promesa de alternativa a lo que existe. No basta el hartazgo ni la rabia, si no se canalizan esos sentimientos en acciones colectivas que tengan un objetivo más allá del derrocamiento de la dictadura. Ya lo vimos y vivimos en abril de 2018. Sin objetivos y unidad de propósitos no hay épica que consiga trascender de la movilización masiva, a la consecución de cambios realistas que inspiren sacrificios y estimulen la valentía.

Acordar esa nueva propuesta, ese objetivo, parece haber sido el origen de la discordia y desconfianza que existe. El pensamiento mágico ha llevado a las diferentes facciones dentro de la oposición a la rigidez de pensar que lo que propongan será exactamente lo que regiría dentro del país una vez se consiga el objetivo de derrocar a la dictadura. Por querer delinear un futuro acorde con ideologías e intereses particulares no consideran que lo que urge es una propuesta humanista que proponga restablecer los valores esenciales contenidos en cualquier declaración sobre derechos humanos. Un programa mínimo de reconquistar las libertades conculcadas supondría una plataforma sobre la que se podría estar de acuerdo. Pensar en la gradualidad que tendría que privar en una situación posdictadura podría aliviar esos resquemores que, hoy por hoy, mantienen a la oposición estancada y al país sumido en la desesperanza más oscura.

Hay varias mujeres que, a mi juicio, tendrían que convertirse en estandarte de esa oposición unida. La apuesta que ellas han hecho por la humanidad de las personas presas y la manera en que se han movilizado geográficamente para obtener apoyo a sus demandas, les ha concedido un prestigio y autoridad muy valiosa. Son ahora símbolos de constancia y valentía, símbolos de la lucha por restablecer los básicos derechos humanos de los nicaragüenses. Pienso que unir un bloque opositor que tenga sus rostros como punta de lanza podría ser un primer paso hacia esa unidad en la acción. Es importante y necesario que se le otorgue al esfuerzo conjunto una vocería concreta que permita personificar y simbolizar a la oposición.

Me permito proponer esa idea motivada por la obvia necesidad de responder la pregunta insistente sobre dónde está la oposición nicaragüense y qué hace frente a su pueblo sometido a la iniquidad. Un programa que se proponga la recuperación de los derechos humanos y un binomio femenino que represente esas aspiraciones y que tenga el respaldo del conjunto de esfuerzos opositores podría marcar el inicio de una etapa positiva y propositiva que uniera tantos vigores dispersos.

Desde los exilios, en nuestra historia, se han logrado articular luchas contundentes. Démosle al exilio una tarea común. Ya es hora de superar personalismos y doctrinas que nos separen.


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