Opinion

La tolerancia empieza por casa

“Estoy en desacuerdo con lo que dices,

pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Evelyn Beatrice Hall

 

Cuando mi padre recibió la condena de los cruzados locales, yo no tenía edad suficiente para saber qué ocurría. Tenía meses de nacido. Me enteré años después, amigos y discípulos, fueron los primeros en ponerme al tanto. El profesor Gregorio Aguilar Barea, me contó una tarde en casa de mi abuela Berta, entonces sede del Clan Intelectual de Chontales, las razones de la ofensiva. “Guillermo era abiertamente partidario y defensor del laicismo y eso no gustaba a muchos conservadores, menos al cura Eduardo Rizo. Ellos hacían causa común y ocupaban el púlpito para acusarlo de comunista. Eran feroces”. Cuando me lo dijo tenía trece años y los miembros del Clan seguían acusados de aliados de los bolcheviques. Una acusación temeraria en época de cacería de brujas. En el diario La Prensa de esos años pueden leerse los señalamientos que les hacían. Trataban de mal disponer los ánimos.

Leyendo uno de los álbumes que nuestra madre guardó con celo para nosotros, pude darme cuenta que los ataques traspasaron las fronteras de la provincia ganadera. La Prensa se encargó de darles una dimensión nacional. El más empecinado era el diputado conservador, Dionisio Morales Cruz. Aunque ahora comprendo que nunca lo fue más que Rizo. Mi padre fue nombrado director del Instituto Nacional de Chontales en 1949, antes de cumplir veintitrés años. Educado por profesores republicanos españoles que salieron huyendo del fascismo, tuvo una formación laica. Fiel a sus principios, en un entorno dominado por el oscurantismo y el pensamiento reaccionario, entró en contradicción con sus concepciones político-ideológicas. Se plantó. No rehuyó al debate, ni se arredró ante sus embestidas. Comenzaba a forjarse como polemista.

Estaba convencido de la necesidad de sacudir la modorra cultural y educativa. El profesor Víctor Manuel Báez Suárez, testimonia que mi padre tenía la convicción, de que la educación cumplía una función liberadora. Esas fueron las premisas con que había sido formado en la normal por los republicanos. Decidió cambiar las reglas del juego en el otorgamiento de las becas a los estudiantes. Creyó justo que se concedieran de acuerdo a su rendimiento académico y baja condición socio-económica. Esta decisión supuso entrar en contradicción con miembros del Partido Liberal Nacionalista (PLN). Pensaban que las becas debían otorgarse únicamente a los miembros de su partido. Sus deseos no prosperaron. No alcanzaron su propósito. Mientras tanto mi padre continuaba su labor educativa trayendo conferencistas de toda Nicaragua. Esto también les irritaba.

La profesora Elaísa Sandoval Vargas, hace entrega de su título de bachiller a la joven Odilí Aguilar Bravo, durante la promoción del Instituto Nacional de Chontales en 1956, dedicada por su labor magisterial a la maestra. Foto: Confidencial | Archivo personal familia Rothschuh Villanueva.

II

Pienso que quien mejor explica la labor desplegada por mi padre, es el profesor Báez Suárez. En un ensayo sociológico que publicó en el diario La Prensa, bajo el título, Juigalpa: un poco de historia, (29-01-2020), sostiene: “El pensamiento del profesor Rothschuh Tablada generó conciencia en la juventud de la época. La sociedad juigalpina conservadora lo criticó por los periódicos y la radio. Se le tildó de comunista marxista-leninista, ateo, etc. En Juigalpa se produjo una mini revolución cultural de resonancia nacional. Se acordó para Juigalpa una nueva Diócesis. La jerarquía eclesiástica de los años setenta del siglo pasado, negó catedral para la misa de cuerpo presente del profesor Gregorio Aguilar Barea”. La animadversión del obispo Julián Luis Barni contra el Clan era manifiesta. Desde que llegó a Juigalpa en 1962, se enquerelló. Daba la impresión que había venido expresamente a combatir a sus miembros.

Cómo me lo recordó Araceli Lacayo Guerra, la metáfora de mi padre había calado profundamente. En uno de sus ensayos afirmó que el Instituto Nacional de Chontales era “Una amapola roja en la enredadera verde”, razón suficiente para sentirse agraviados y recibir los ataques de los seguidores de Morales Cruz. Los conservadores sentían que su hegemonía venía en picada. Desde el púlpito, el sacerdote Rizo tronaba en su contra. En la medida que mi padre exponía su criterio, los choques recrudecían. Una generación emergente empezó a compartir sueños y esperanzas. Decido a dar un paso adelante, fundó el Clan Intelectual de Chontales. Convocó a exalumnos y amigos, quienes respondieron al llamado. En 1952 nacía en Juigalpa una nueva institución sociocultural. Creyó justo proponer que Goyo, su discípulo más aventajado, ocupara la presidencia.

Para 1954 la Biblioteca Infantil se albergada en el Parque Central, el profesor Rothschuh Tablada consiguió el local. Su directora, Elaisa Sandoval Vargas, comprometida con el porvenir de Chontales, no devengaba un céntimo por ejercer el cargo. La iniciativa del Clan indispuso a sus adversarios. No concebían que hubiesen logrado instalar la biblioteca a unos metros de la parroquia. Su inauguración fue un rayo fulgurante en una ciudad hasta entonces carente de un centro de lectura gratis. Apenas habían transcurrido dos años de la fundación del Clan, cuando este daba cumplimiento a parte de sus compromisos con la juventud chontaleña. La diversidad de obras literarias y científicas y la amplitud con que fue concebida, demostraban que el Clan era una organización al servicio de la comunidad. Con su creación las manifestaciones de afecto crecieron.

III

Al cumplir dieciséis tomé conciencia que mi padre era consecuente con sus principios. En Chontales prevalecía una alianza política entre la iglesia católica y los conservadores. Ser partidario del laicismo suponía restarles influencia en el campo educativo. La tolerancia fue una herencia de la revolución francesa liberal de 1789. Nació en abierta oposición a la intolerancia católica. Eso les enfurecía. En los cincuenta prevalecía una suerte de creencia entre algunas familias, de sentirse herederas de apellidos llamados de alcurnia, como refiere el profesor Báez Suárez en su ensayo. Una manera de marcar distancias con el resto de los mortales. Con la fundación y consolidación del Clan y del Instituto Nacional de Chontales, estas diferencias empezaron a declinar y perder importancia. Todo comenzaba a ser diferente. Nada fue igual a partir de entonces en Chontales. 

Sobre su nombramiento como director del Ramírez Goyena, el profesor Aguilar Barea manifestó: “El gobierno de entonces presidido por el general Somoza García… un año más tarde, pasó al director del Instituto de Chontales a dirigir el instituto más importante de la República: el Ramírez Goyena”. En 1952, al regreso de Estados Unidos, donde viajó por motivos de salud, Somoza García envió a mi padre un Telegrama 22: “Profesor Guillermo Rothschuh Tablada. Juigalpa. Felicítole por su defensa del laicismo, raíz del liberalismo, A Somoza G”. Los estudiantes abortaron el 6 de junio una huelga planificada por los reaccionarios, fue un rotundo fracaso. En 1953 se trasladó a Managua y por circunstancias de la vida, el Ramírez Goyena fue inaugurado el 27 de mayo de 1953, día de su cumpleaños. Al evento fue invitado el embajador de Estados Unidos en Nicaragua, Thomas Whelan.

En los registros televisivos de ese 27 de mayo, pueden verse aviones de la Fuerza Aérea de Nicaragua (FAN), volando sobre el campus del Ramírez Goyena. El embajador Whelan aprovechó el momento para pedirle a Somoza García, que preguntara a mi padre, si en Rusia había aviones como los que surcaban los cielos de Managua. El mandatario se hizo el desentendido. La pregunta indicaba que la campaña en su contra había cobrado fuerza en la embajada de Estados Unidos. Whelan se empeñó para que Rothschuh Tablada no siguiera en el cargo. Mi padre lo recordó, el sábado 2 de octubre de 2010, día que recibió en Masatepe el premio como Mejor Maestro de Nicaragua, de parte de la Fundación Luisa Mercado. Dijo que al Ramírez Goyena había llegado por defender el laicismo y fue echado por Luis Somoza Debayle por idénticas razones. 

Acto en honor a Miguel Ramírez Goyena, en el instituto que lleva su nombre, puede apreciarse el mural denominado A la raza, pintado por César Caracas, a solicitud de Guillermo Rothschuh Tablada, director del Ramírez Goyena.
Foto: Confidencial | Archivo personal familia Rothschuh Villanueva.

IV

Rothschuh Tablada hizo del laicismo una escuela de tolerancia que comenzaba en casa. Mientras el padre Francisco Romero, seguía señalándolo de comunista, sin saber todavía nada de lo que ocurría —tenía seis años— asistía los sábados por la tarde a empaparme del catecismo cristiano. Pensaba dar mi primera comunión. Pese a saber que iba a la iglesia, jamás me dijo nada. Más de una vez me vio salir del templo, dejé de asistir al descubrir que el béisbol me atraía como un imán. Iba con el equipo León de la Liga Profesional. En mi casa nunca se hablaba de religión. Mis abuelas, María del Carmen y Berta Rafaela, eran creyentes. Mi padre se casó con doña María Elba por la iglesia. La profesora Elaisa Sandoval Vargas, hizo los arreglos con el padre Mejía Vílchez. Una forma de complacer los deseos de mi madre. Otra expresión de amor hacia ella.

Mi nombramiento como profesor de la UCA en 1973, lo debo a gestiones de Manolo Morales Peralta, hijo de Dionisio Morales Cruz. Manolo se situaba políticamente en las antípodas de su padre. En un retiro de autoridades y profesores de la UCA en Tepeyac (finales de los noventa), al llegar la ronda de identificaciones, todos se reconocieron católicos. Cuando me tocó el turno, manifesté que era agnóstico. Algunos se sobresaltaron. El rector, Eduardo Valdez, S. J., ni se inmutó. Es probable que lo supiera. En la UCA nunca fue un secreto. Se sabía desde mis años de estudiante. Álvaro Sánchez Porras, fue el único que me dijo después: “Me dejaste helado”. La UCA nunca ha sido una universidad confesional. El rector Arturo Dibar, S J., mi mentor en esa universidad, más de una vez me expresó en nuestras conversaciones, que esa era una decisión muy íntima. 

Pese a que tres sacerdotes católicos le hicieron la vida imposible, cuando mi madre empezó a visitar catedral los Jueves del Santísimo, mi padre la acompañaba, pedía cortarán flores para que las llevara. Lo hizo durante muchísimos años. Nunca interfirió en sus creencias religiosas. Las respetaba. Mi madre era devota de la Divina Luz. En una ocasión cuestionó mí agnosticismo, mi padre pidió que por favor no discutiéramos. Creía que de esta manera garantizaba la paz familiar. Estando interna en el Hospital Vivian Pellas, un sacerdote católico tocó la puerta y me pidió hablar con ella. Le hice señas qué no. Mi padre se dio cuenta y pidió al sacerdote que entrara. Después de rezar un rato con ella, se despidió. Consecuente hasta el final, me llamó la atención. Me dijo que debía de respetar no solo las creencias de mi madre, sino también de todas las personas. Nunca debí haber impedido su ingreso. ¡Mea culpa! ¡Mea máxima culpa! 

Guillermo Rothschuh Villanueva

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