Opinion

Las mujeres en la historia de Cuba

El lugar de las mujeres en el proceso revolucionario cubano puede entenderse como multifacético y constantemente negociado

La historia de Cuba está marcada por el protagonismo de las mujeres. Nombres como Ana Betancourt, Mercedes Sirvén Pérez y Adela Azcuy se hicieron famosos por su participación en los procesos revolucionarios y por su defensa de los derechos de la mujer. En la primera mitad del siglo XX se crearon partidos y frentes nacionales feministas, y en las elecciones de 1936 las mujeres cubanas pudieron votar y ser votadas por primera vez. La Constitución de 1940 estableció la igualdad de todos los cubanos ante la ley y el reconocimiento de diversos derechos, pero en la práctica las mujeres han tenido que enfrentarse a diversos obstáculos para vivir una ciudadanía integral.

En los últimos años, iniciativas como “Mujeres en la historia de Cuba” o “Mujeres que hacen historia” han tratado de recuperar y arrojar luz sobre el importante legado de las mujeres cubanas en diversos ámbitos. Es en este contexto donde cobra especial relevancia su papel de contestación y su participación en momentos clave de la historia nacional como la Revolución Cubana.

Las mujeres en la Revolución Cubana

La conquista y la protección son dos facetas esenciales de la masculinidad en diferentes conflictos armados, lo que hace que la presencia de las mujeres entre los combatientes sea ambigua, vista a veces como un signo de debilidad y otras como una fuente de deseo. El caso de la Revolución Cubana no es diferente y, a lo largo del proceso revolucionario, las guerrilleras fueron tratadas más como un problema que como una solución, porque supuestamente, además de distraer a los hombres, necesitarían protección.

En general, las mujeres fueron asignadas a puestos asociados a supuestas “cualidades propias de su sexo”, actuando como enfermeras, cocineras, costureras, mensajeras, conductoras, propagandistas, buscando apoyo y recogiendo armas, municiones y fondos. Estas funciones, a menudo asociadas a los cuidados, no eran menores o accesorias, al contrario, eran extremadamente necesarias para la continuidad del proceso revolucionario, pero se delegaban en las mujeres porque parecían menos heroicas que empuñar las armas.

Aun así, algunas mujeres se hicieron famosas durante este proceso. Haydée Santamaría es una de ellas. Participante en el asalto al Moncada, entonces el cuartel más importante de Cuba, el 26 de julio de 1953, Haydée perdió a su hermano, Abel Santamaría, y a su prometido, Boris Santa Coloma, en la operación frustrada por las tropas de Fulgencio Batista. Ambos fueron detenidos, torturados y asesinados.

Tras el ataque al Moncada, Haydée fue asignada a una misión en Estados Unidos en busca de armas y apoyo financiero. El trabajo de Randall (2015) sobre la autora revela varias tensiones de género implicadas en el proceso revolucionario. En el texto, Haydée da testimonio de cómo ciertas formas de actuar y vestir, ahora consideradas normales, estaban completamente prohibidas para ella, que nunca fue sólo Haydée, sino sobre todo la hermana de Abel, la novia de Boris y la persona vinculada a Fidel. En consecuencia, debería redoblar el cuidado de su comportamiento, so pena de afectar al movimiento en su conjunto.

Haydée llevaba consigo no sólo la responsabilidad de sus propios actos, sino también la de los hombres y el propio movimiento del que formaba parte. El “cuidado” al que se refiere estaría en la eliminación de su imagen privada, para que esto no comprometa la lucha. Una mujer que no podía ser sólo ella misma porque se veía responsable de todos los que, a su vez, pensaban que tenían que protegerla.

El rol de género, reforzado en el caso de los guerrilleros masculinos – viriles, deseosos, protectores y que empuñan las armas – debería ser, en parte, anulado por las guerrilleras para ser respetadas por los suyos y por los demás.

Las mujeres en la Cuba socialista

Entre el Moncada y el 1 de enero de 1959, otras mujeres también empezaron a exigir su participación en el proceso revolucionario, especialmente en el combate directo contra las fuerzas de Batista. Entre los nombres más recordados están Célia Sánchez, Vilma Espín, Aleida March e Isabel Rielo. Esta última dirigió el Pelotón Mariana Grajales, creado en septiembre de 1958, compuesto únicamente por mujeres.

Aunque la historiografía cubana da un lugar destacado a estas heroínas, resaltando sus múltiples funciones en el proceso revolucionario, como afirma Cassia Vassi (2007), la imagen que se ha fijado en la lucha contra la dictadura de Batista ha sido la de los tres héroes -Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara- entrando en La Habana con tanques y fusiles.

Al año siguiente de la victoria de los revolucionarios, se crea la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que unifica la Columna Agraria Femenina, las Brigadas Revolucionarias Femeninas, las secciones femeninas del 26 de Julio y los sindicatos bajo la dirección de Vilma Espín -en la que también participa Haydée-. Para la organización, el nuevo lugar de la guerrillera era el de una mujer-madre finalmente protegida y en paz para ayudar a construir una nueva sociedad, dando a luz y educando a las futuras generaciones de la nación. Fue necesario que existiera la guerrillera para dar cabida a la madre, con familia, hogar, empleo y estabilidad.

En medio de la Guerra Fría, con ataques de todo tipo perpetrados por EE.UU., la Revolución se acercó cada vez más al socialismo de matriz soviética para garantizar su existencia. En 1966, tras la instauración de un régimen de partido único, el Partido Comunista de Cuba (PCC) y el acercamiento a la URSS, las mujeres cubanas tuvieron que asumir un nuevo papel: el de defender la patria de los ataques imperialistas, proteger la Revolución socialista en marcha, pero también garantizar la existencia de las generaciones futuras.

El lugar de las mujeres en el proceso revolucionario cubano puede entenderse como multifacético y constantemente negociado. A veces, necesitaban esconder o anular su género para no comprometer la imagen del movimiento ni generar “deseos incontrolables” en sus miembros, y a veces debían reforzarlo para asegurar su participación en la lucha. Entre la guerra -que no puede tener cara de mujer- y la casa -que debe tenerla-. La transición para sobrevivir en un mundo de héroes viriles y, a menudo, tener que hacer más que todos ellos.

Hoy en día, si bien hay varios avances, los retos a los que se enfrentan las mujeres cubanas para lograr la plena igualdad son múltiples. Cuba fue el primer país en firmar y el segundo en ratificar la Convención de las Naciones Unidas (ONU) sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. En términos políticos, las mujeres representan el 51,1% de la dirección del Estado y del gobierno y el 53,2% de la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento).

Por su parte, la Oficina Nacional de Estadística e Información publicó en 2019 los datos de la última Encuesta Nacional de Igualdad de Género, en la que el 39,6% de las mujeres dijo haber sido víctima de violencia en algún momento de su vida, destacando la violencia psicológica y económica como las principales formas de agresión. Además, según la encuesta, en la isla siguen existiendo ideas estereotipadas sobre la feminidad y la masculinidad, y persisten las disparidades de género en la carga total de trabajo entre hombres y mujeres.


*Doctoranda y máster en Ciencia Política por la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp). Es investigadora del Laboratorio de Pensamiento Político (PEPOL-Unicamp) y forma parte del colectivo Marxismo Feminista

**Artículo publicado originalmente en Latinoamérica21.


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