Opinion

Llega el invierno y Putin está fracasando

Con el repentino éxito de la contraofensiva de las Fuerzas Armadas ucranianas en las últimas semanas, la guerra ha entrado en una nueva fase

Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, lanzó su guerra de agresión contra Ucrania el 24 de febrero, evidentemente esperaba una victoria rápida y sencilla. Al haber dado a entender en sus discursos que Ucrania era una ficción endeble de un país, suponía que estaba llamada al colapso, a pesar de que comprometió casi el 85% del Ejército en actividad de Rusia para lo que dio en llamar una “operación especial”.

Con el repentino éxito de la contraofensiva de las Fuerzas Armadas ucranianas en las últimas semanas, la guerra ha entrado en una nueva fase.

Obviamente, Putin se equivocó drásticamente en su percepción del país que estaba invadiendo. Debería de habérselo imaginado. En 2014, luego de su anexión de Crimea, intentó tomar gran parte del este y sur de Ucrania con una combinación de fuerzas aliadas y de intervención militar directa; pero los ucranianos montaron una defensa decidida de su libertad e independencia –y lo han vuelto a hacer este año.

En abril, el Kremlin ya se había visto obligado a admitir que su esfuerzo por capturar Kiev y derribar a las autoridades de Ucrania había fallado. La retirada de las fuerzas rusas de las zonas alrededor de la capital dejó al descubierto un panorama de destrucción deliberada y de crímenes de guerra. Los líderes militares rusos en una segunda fase de la agresión luego cambiaron su foco y se centraron en capturar los distritos de Donetsk y Luhansk que incluyen la región Dombás en el este de Ucrania, así como toda la costa del Mar Negro al este de Odessa.

En los últimos seis meses, Europa ha presenciado su combate más intenso desde la Segunda Guerra Mundial. La artillería rusa ha vapuleado ciudades y pueblos ucranianos, atacando indiscriminadamente zonas residenciales, hospitales, jardines de infantes y centrales eléctricas. Sin embargo, el progreso de Rusia ha sido mucho más limitado de lo anticipado. Provistas de armas occidentales modernas, las fuerzas ucranianas lograron mantenerse firmes. El conflicto parecía haberse convertido en una guerra prolongada de desgaste. Si bien la ofensiva de Rusia se había estancado, el tamaño sustancialmente mayor de Rusia implicaba que podría seguir comprometiendo recursos (aunque cada vez de peor calidad). Las perspectivas de Ucrania seguían siendo sumamente inciertas.

Pero ahora pareciera que las cosas se han dado vuelta. Ucrania lanzó una contraofensiva primero en el sur, alrededor de Kherson, y luego perpetró un ataque relámpago a posiciones rusas en el noreste, alrededor de Járkov, la segunda ciudad más grande del país. Como estaba en Kiev cuando comenzaban a llegar las noticias de la rápida avanzada de las fuerzas ucranianas, puedo decir que el estado de ánimo allí era exultante. “Ahora”, decían todos, “le hemos demostrado al mudo que la victoria es posible”.

Se dice que el ánimo en Moscú es lo opuesto de exultante –y con razón-. Los rusos se están dando cuenta rápidamente de que derrotar al Ejército ucraniano y ocupar todo el país, como proyectó Putin, no es posible.

En consecuencia, los blogueros pro-Kremlin han comenzado a quejarse de errores estratégicos y de la falta de suministros para las tropas. Como observó un analista, “Ya hemos perdido, el resto es solo una cuestión de tiempo”. Aun en los medios oficiales rusos, uno ve asombro y desesperación. Mientras que algunos analistas exigen desesperadamente una declaración de guerra total y una movilización generalizada, otros sostienen que no ayudaría, y que es hora de entablar negociaciones políticas con Ucrania. Pero no existe un mensaje claro en general. Putin, desde su búnker en el Kremlin, sigue insistiendo en que todo está saliendo según lo planeado. Pero ese argumento, claramente, ha perdido credibilidad.

Sin una posibilidad real de una victoria militar, Putin ahora está cortando los suministros de energía a Europa, con la esperanza de que un invierno duro obligue a los europeos a dejar de apoyar a Ucrania. Pero ese es otro error de cálculo del Kremlin. Los europeos no harán eso. Europa ha reducido su dependencia del gas ruso del 40% al 9% en el lapso de apenas unos meses, y sus reservas de gas para el invierno ya están completas en el 84%. Aunque todavía habrá dificultades, no tendrán ningún efecto político decisivo. El chantaje energético era una de las últimas armas de Putin, y se va perdiendo fuerza día a día.

Ahora, Europa y Estados Unidos deben incrementar su respaldo a Ucrania. Proporcionar los 5000 millones de euros (5000 millones de dólares) por mes que hacen falta para mantener en marcha al Estado ucraniano exigirá solo alrededor del 0.03% del PIB de la UE. Ese apoyo debe sumarse al esfuerzo sostenido para fortalecer y reequipar a las Fuerzas Armadas ucranianas con más herramientas occidentales. Estados Unidos claramente ha venido liderando en todo esto, pero Europa también debe hacer su parte.

Lo que imagino es que Putin se mantendrá encerrado en su fortaleza del Kremlin (y en su burbuja de información) durante el invierno con la esperanza de que su estrategia política contra Europa tenga éxito. Llegado el caso, sin embargo, en Moscú habrá quedado claro que las estrategias tanto militares como políticas han fallado. En ese momento, se producirá una situación radicalmente nueva. No solo a todos les resultará evidente que Rusia no puede ganar; también podrían empezar a pensar que Rusia perderá la guerra que Putin comenzó.

En ese momento, Rusia no tendrá más opción que dejar atrás el profundo fracaso estratégico del régimen de Putin.


*Artículo publicado originalmente en Project Syndicate.


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