Opinion

Cómo Nicaragua se volvió mi país normal

Nicaragua me enseñó cómo las conquistas democráticas que costaron muchísimo ganarse pueden ser borradas en una noche

Nicaragua se volvió mi país normal a las 7:32 PM el 5 de junio. Mire mi teléfono para notar el momento exacto.

Andaba de buen humor. Iba camino a mi casa en un taxi, bajo el brillo de las luces de los árboles metálicos de Managua y las inminentes sombras de las vallas celebrando la eterna presidencia de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Después, hice algo estúpido: Revisé Twitter. Allí en mi lista de tuits estaba el último vómito de 140 caracteres de Donald Trump, robándose todo el oxígeno como un bolo haciendo un escándalo en un restaurante familiar. Mi humor se oscureció mientras recorría la lista de respuestas al tuit de Trump y recordaba todos los problemas políticos en los Estados Unidos, mi otro país tercermundista.

Me considero un gringo de nacimiento y un nicaragüense por elección. No se puede elegir el país en el que uno nace, pero si tenés suerte podés escoger el país donde vivís. Y en la última década, pase más tiempo en Nicaragua que en cualquier otro país.

Siempre viví aquí como un expatriado, no como un inmigrante. Viví en Nicaragua porque yo quería, no porque tuve que migrar por razones económicas, ni políticas. Hubiera podido regresar a los Estados Unidos en cualquier momento. Eso era reconfortante, pues Nicaragua se puso un poco descabellada después de las elecciones fraudulentas del 2008, y pues el gobierno Orteguista no necesariamente apreciaba mis esfuerzos periodísticos para escribir sobre la muerte de la democracia en Nicaragua.

Yo escribía artículos para medios estadounidenses sobre el arbitrario gobierno de Ortega, su profunda polarización política, el debilitamiento de la institucionalidad, y las turbias relaciones con Rusia. Yo escribía artículos sobre cómo Ortega estaba volviendo Nicaragua en su feudo personal, y cómo ha colocado a su esposa e hijos en ambiguos puestos de poder. Yo escribía artículos sobre cómo el abuso de Ortega a las arcas del gobierno ha enriquecido a su familia, cómo borró las líneas entre los intereses del Estado y sus intereses personales, y cómo él insistió en la lealtad personal de parte de todos en su gobierno.

Ahora la misma historia se repite en los Estados Unidos, pero como tragedia no como farsa. Lo siento, Marx.

Nicaragua me enseñó cómo las conquistas democráticas que costaron muchísimo ganarse pueden ser borradas en una noche, y cómo los derechos políticos pueden ser borrados en un plumazo presidencial. Esas son lecciones que me han ayudado a entender y escribir sobre lo que está pasando en los Estados Unidos de hoy, y lo grave que es.

Nicaragua ahora se siente normal en comparación a Gringolandia. El autoritarismo no es una buena cosa en ningún lugar, pero en realpolitik, es mejor un autoritarismo competente que un autoritarismo disparate. Ortega lo hace mucho mejor que Trump. Él es profesional, mientras Trump es un payaso peligroso.

Nicaragua tiene una democracia fracturada, pero el país no lo está. Nicaragua avanza, no en el sentido Bolañista, pero en su propia forma tropical. Los Estados Unidos es otra cosa. Todavía tiene una democracia institucional, pues esta tiene raíces mucho más profundas que la de Nicaragua. Por eso la esperanza de los gringos es que su democracia se va a autodefender contra los hombres malos. Pero Estados Unidos como país va pa’ atrás en muchos sentidos, pues esa es la meta del mismo presidente Trump, quien quiere regresar a un país ficticio de supuesta excelencia. Estados Unidos está enfermo, y Trump no sabe nada de medicina.

Al contrario, Nicaragua es más fuerte cada día. Se ha convertido en uno de los países más seguros y estables en Latinoamérica. Es la tercera economía con mayor crecimiento en el hemisferio y la pobreza ha disminuido en 37% durante la última década. La inversión extranjera y el turismo están creciendo más que nunca. Y, aunque Nicaragua es todavía uno de los países más pobres en el hemisferio, está disfrutando de un robusto crecimiento, del cual Trump solo puede tuitear.

A su vez, Trump no puede sustituir sus tuits por experiencia, pues cuando se trata de autoritarismo, Ortega es un profesional. Es un sabio autócrata que se ha estado especializando por casi cuatro décadas. Su marca despótica ha creado una imagen de estabilidad y una creciente confianza en los inversionistas. Nadie sabe si el modelo es sostenible sin Ortega, pero funciona por el momento.

La confianza estuvo en total exhibicionismo, el 8 de junio pasado, cuando varios cientos de empresarios de diferentes tipos de negocios de toda Latinoamérica vinieron a Managua a la conferencia Business Future of the Americas. Ortega, un hombre que ha construido su carrera política despotricando contra el “capitalismo salvaje”, llegó para personalmente darle la bienvenida a cada uno de los capitalistas salvajes que estaban en la sala. Muchos de ellos, inclusive, querían una foto con el envejecido comandante.

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Ortega llamó a Nicaragua un “milagro de reconciliación”. Dijo que el proceso nacional de reconciliación, después de décadas de una revolución y contrarrevolución sangrienta, ha llevado a un modelo sostenible de crecimiento económico y paz social. Ortega hasta celebró su saludable gobierno y su relación “constructiva” con Tío Sam, su archienemigo de mucho tiempo.

Hubo claros elementos de hipocresía en el discurso de Ortega, pero fue un mensaje más maduro, de un presidente maduro. La comunidad empresarial estaba claramente impresionada. Nicaragua ha excedido sus expectativas.

De regreso a mi casa después del evento, mientras abría una lata de cerveza y me recostaba en el asiento del taxi, mire con una extraña sensación de satisfacción las luces brillantes de los árboles metálicos de Managua. Hasta las arbolatas ahora me parecen normal.

Después revisé Twitter, y vi la última pendejada de Trump. El momento de satisfacción término. Supongo que tener dos países normales a la vez, es mucho pedir.

-Granada, Nicaragua


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