Opinion

Tacho, bienamado de Washington

Jorge Eduardo Arellano propone algunas claves para comprender las relaciones que Somoza García forjó con los políticos en Washington

En una metáfora prestada a Julio Ycaza Tijerino, el polígrafo nicaragüense, Jorge Eduardo Arellano, sintetiza por segunda vez, su análisis sobre la agitada vida política del fundador de la dinastía, Anastasio Somoza García. Ya había realizado un primer recorrido. No satisfecho con los resultados (Tacho Somoza y su poder, Managua, JEA-Editor, 2016), emprendió una segunda travesía, (El bienamado de Washington: Tacho Somoza (1896-1956). Un retrato cabal de la aceptación que gozaba en las esferas políticas de la capital estadounidense. Enfatiza el aprecio dispensado por sus gobernantes. Una situación determinante para perpetuarse en el poder y heredarlo a sus hijos. Tacho viejo, gozó como pocos, de la venia de los dirigentes de la política estadounidense.  

Arellano propone algunas claves para comprender las relaciones que Somoza García forjó con los políticos encargados de maniobrar en Washington. Los numerosos epígrafes que preceden su investigación (diez en total), iluminan la lectura, son mojones a los que debemos acercarnos con la intención de entender la personalidad de Tacho y la manera como ha sido valorado a través del tiempo, por investigadores, académicos, políticos, poetas, partidarios y por él mismo. Desde 1932 hasta su muerte, Tacho tuvo como principal soporte de su poder a los mandatarios estadounidenses. Contaba con su aprobación. Eso explica su entronización en el poder. Supo ganarse la estima de los yanquis desde su debut en la política. Tenía conciencia de su carisma y supo explotarlo. 

Tal vez quien mejor exponga las razones por las cuales Somoza García se hizo del poder, sea el poeta Salomón de la Selva. Partidario del héroe de las Segovias, de la Selva leyó con lucidez el futuro inmediato de Augusto C. Sandino. Arellano cita extensamente la sentencia del bardo nicaragüense. El Gobierno liberal sería el encargado de liquidar al guerrillero. Lo haría mediante la utilización del aparato militar creado exprofesamente para combatirlo en las montañas. La Guardia Nacional (GN) sería su verdugo. Nadie más consciente de esta realidad, que Somoza García. Las relaciones que cultivaba con las fuerzas de ocupación le permitían una visión inobjetable de las pretensiones de los dirigentes estadounidenses. Tenían que cobrarse el revés propinado por Sandino. 

Arellano reúne valiosa información de analistas, investigadores, escritores y poetas, que dimensionan la voluntad de Somoza García por hacerse del poder. Para lograr su objetivo disponía del instrumento requerido para aniquilar al hijo dilecto de Niquinohomo. La mediación de los estadounidenses para que fuese nombrado como jefe director de la GN, fue crucial. Salomón lo dijo de manera profética en 1932, poco antes que los marines abandonarán Nicaragua, luego de sufrir una amarga derrota por parte del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua (EDSNN), conducido por el general Augusto César Sandino. Tacho creyó que la mejor forma de lavar la afrenta sufrida por los yanquis, era asesinando al héroe nicaragüense. Su acción sería compensada.  

Tacho Somoza abrazando a sus dos hijos, uno vestido de civil y el otro de militar, preparados para su relevo. Foto: Confidencial | Cortesía.

Con sentido anticipatorio, Salomón establece que la desaparición del sandinismo, sería valiéndose “de una organización militar más fuerte que la que ahora ha pretendido desalojar a Sandino de sus montañas… —el mayor daño que los yanquis han hecho a Nicaragua— ya existe: es la Guardia Nacional… Si a Sandino lo derrotan, el general que lo derrote será el amo de Nicaragua, hasta que muera: amo principalmente del partido liberal”. Año y tres meses después, la profecía de Salomón se cumplía: Sandino y varios de sus lugartenientes eran asesinados en Managua, el 21 de febrero de 1934, por órdenes de Anastasio Somoza García. Tacho, se congraciaba de manera tajante con quienes lo habían puesto en el cargo. Un adelanto a la deuda contraída. Despejaba el camino para aspirar a la presidencia de Nicaragua. 

Dividido en cuatro partes, la pieza medular del estudio, para mí está condensada en la primera parte. Esto no supone que todo lo demás carezca de interés. Cuando leo un libro tiendo a seleccionar aquellos pasajes que considero vitales para su comprensión. En su análisis, Arellano reúne al inicio, aspectos sustantivos para establecer las motivaciones por las cuales Somoza García, se convirtió en político muy querido por los círculos de poder en Washington. Estados Unidos vivía momentos azarosos en su vida republicana (la gran depresión de 1930 y los avatares de la Segunda Guerra Mundial). En uno de los epígrafes, Arellano cita a Franklin D. Roosevelt. “Piensen cómo podemos ayudar a este muchacho simpático para bien de Nicaragua”. (1939, año de su visita a Washington).

Antes de dar muerte a Sandino, el viejo Somoza había servido a las fuerzas interventoras, como intérprete de la legación americana. Para esos años emergía a la política nacional, bajo el padrinazgo de su pariente, José María Moncada. Entre los servicios mejor valorados, fue oficiar de intérprete de la fórmula política Solórzano-Sacasa, en las elecciones de 1924, “para todos los asuntos oficiales que tratarán con la legación americana y el mayor Miller”. Tacho sacaba ventaja de su dominio del inglés, circunstancia muy bien evaluada por los estadounidenses. Sus visitas al club de los marines, su gracia para contar chistes, su franqueza y anuencia con las fuerzas de ocupación, volvían atractiva su figura ante los estadounidenses. Lo consideraban uno de los suyos, como en verdad lo era.

Hay quienes discrepan si Tacho sirvió de intérprete en el pacto del Espino Negro, fraguado e impuesto por Henry L Stimson, al general José María Moncada, el 4 de mayo de 1927. Una fecha clave en el calendario político nicaragüense. Arellano y Nicolás López Maltez (Historia de la Guardia Nacional de Nicaragua, Tomo I, Managua, 2014), coinciden en que Tacho estuvo a disposición de Stimson, asistiéndole de manera provechosa. Para no dejar dudas, Arellano transcribe el Diario del enviado estadounidense: “Somoza es un joven liberal, franco, agradable y amistoso, cuya actitud me impresiona positivamente más que la de ningún otro”. (3 de mayo de 1927). Tacho sabía que los políticos estadounidenses intervenían y actuaban como procónsules en Nicaragua.

Contrario a la expresado por López Maltez, quien piensa que Somoza García nunca tuvo relaciones amorosas con Mrs. Gustava Hanna, Arellano sostiene que Tacho “era muy grato a los ojos de la señora Hanna, gozando además del apoyo de Mr. Matthew E. Hanna”. El 18 de octubre de 1932, Mr. Hanna expuso ante el Departamento de Estado, que Tacho era la persona indicada para ocupar el cargo de Jefe Director de la Guardia Nacional. Su recomendación fue bien recibida. Sus credenciales eran del conocimiento de las instancias de poder en Washington. El 14 de noviembre de 1932, Tacho fue designado por el presidente Moncada, para ocupar el cargo de forma adjunta, con el visto bueno de Mr. Hanna y el consentimiento del recién electo presidente, Juan Bautista Sacasa.

Tacho abrazando al héroe de las Segovias, a quien después mandaría a asesinar. Foto: Confidencial | Cortesía.

Para afianzarse en el poder y reafirmar su compromiso con los personeros de los departamentos de Defensa y de Estado, Tacho estuvo dispuesto a dar el paso esperado: asesinar al “General de hombres libres”. Decisión que no habría tomado si no hubiera contado con el visto bueno de la Embajada de Estados Unidos. Arellano adelanta “que la GN obedeció la orden de su jefe director y —según la opinión pública tras suscitarse la visita esa misma tarde de Somoza García a la Legación Americana— con la autorización del embajador estadounidense Arthur Bliss Lane (1894-1936). Ambos —se afirmó días después— se habían reunido la mañana del domingo 18 de febrero en el Estadio de la Peni, durante un partido de béisbol entre los conjuntos Managua y general Somoza, para planificar el magnicidio”. 

Tacho decía que bajaría del poder con las botas puestas, el 21 de septiembre de 1956, fue balaceado en León por Rigoberto López Pérez. El poeta leonés creía cumplir de esta forma con su más alto deber como nicaragüense. Somoza García venía maniobrando su relevo. Engatusó al general Emiliano Chamorro, pidiéndole que aceptara la candidatura de su hijo Luis como diputado en 1950. Él dejaría el poder a los conservadores. Preparó a su hijo Anastasio para asumir como jefe director de la GN. Con su muerte en Panamá, el 29 de septiembre de 1956, se concretaron sus planes. Los dos ocuparon la presidencia de la república. “El embajador yanqui, Thomas E. Whelan, se convirtió en el tutor y promotor de los dos jóvenes herederos del Bienamado de Washington”, afirma Ycaza Tijerino.

Estados Unidos, presente a la hora de brindar apoyo a los Somoza, lo estuvo a la hora de deponer al último representante de la dinastía. La política de derechos humanos auspiciada por el presidente Jimmy Carter, jugó un papel importante. El general Anastasio Somoza Debayle rompió las reglas de juego con los empresarios. Las manifestaciones de disidencia ocurrieron en 1974. El Consejo Superior de la Iniciativa Privada (COSIP), rompió lanzas contra el dinasta. Aunque, a decir verdad, el catalizador de la lucha insurreccional emprendida por los sandinistas, fue el asesinato del líder cívico, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el 10 de enero de 1978. A los nicaragüenses no quedó dudas. Con su muerte, Tacho, hijo, canceló todas las salidas legales.


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