Opinion

Una carrera contra la adversidad

Lo más importante de un ser humano no es de dónde venía, sino qué hacía por los que dejaba atrás

Uno de las preguntas más persistentes en mi vida como profesor universitario, fue indagar entre mis alumnos quién tenía más mérito, ¿si el que conquistaba la universidad teniéndolo todo o quien lograba acceder a los estudios superiores con enormes dificultades económicas? Un recurso para que tomarán conciencia de los desafíos que implicaba ingresar a la universidad. Abría una discusión en la que todos participaban por igual. Sus argumentos casi siempre eran a favor de los desamparados. Una muestra de desprendimiento asumida por los universitarios a lo largo de la historia sociopolítica nicaragüense. Los más comprometidos en obtener alto rendimiento académico debían ser quienes habían afrontado adversidades y así compensar los esfuerzos de sus padres para coronar una profesión y mejorar sus condiciones de vida. Todos coincidían.

El debate se tornaba acalorado, luego metía la zancadilla. Estaba a mitad de camino. Para tratar de conseguir que los estudiantes fuesen consecuentes, añadía que lo más importante de un ser humano no es de dónde venía, sino qué hacía por los que dejaba atrás. Entonces quedaban claros hacia dónde quería llevarlos. No deseaba que se olvidasen sus orígenes. Uno de los peligros, una vez graduados, es que desertarán y se olvidarán de ayudar a quienes atravesaban situaciones similares a las que ellos habían padecido. Estas consideraciones me sirvieron de pivote para enderezar la mirada y reconocer los méritos del odontólogo, Darwing Báez Rojas. Conozco los obstáculos que tuvo que saltar para culminar su carrera. Se abrió camino y culminó los estudios de una profesión, con exigencias más allá de sus posibilidades económicas. Un triunfo.

A muchos podría extrañar que hubiese cursado primaria y secundaria en un centro de estudios privado. Una vez conocidos los motivos todo queda aclarado. Su madre, Sonia Rojas Fargas, estudió secretariado ejecutivo en el Colegio San Francisco de Asís. Una vez graduada, pasó a ser secretaria del padre Miguel Gonfia Lazari, su director general, quien le otorgó una beca para su hijo Darwing. Las puertas estaban abiertas para iniciar sus estudios de bachillerato. Esta es una parte de la historia. Cuando su padre dejó de laborar como contador en una empresa lechera, el dinero recibido lo invirtió en la compra de cinco mesas de billar. En vista que la plata era poca, las mesas fueron instaladas sobre tierra apelmazada. A partir de ese momento, Darwing pasó a trabajar como ayudante. Para retener a la clientela posteriormente embaldosaron el lugar. Un sabio movimiento.

Darwing Báez Rojas atiende a una paciente, junto a su hermana Sonia Báez Rojas. Foto: Cortesía

La otra parte de la historia es que, a partir de los diez años de edad, Darwing empezó a sentir los rigores de la vida. Se multiplicaba para cumplir con las tareas asignadas: limpieza del local, armar los juegos, cobrar por las mesas jugadas y vender gaseosas para mejorar los ingresos familiares. Era su contribución en el mantenimiento del hogar. Si las jugaderas de billar no eran buenas la comida escaseaba. Su familia celebraba a San Juan todos los 23 de junio, con las Corridas de Patos. Su abuelo Valentín Báez Cruz, inauguró la tradición en El Lajero, comarca ubicada a 6 kilómetros de Juigalpa. Dedicado al destace de cerdos, sus compañeros de juerga empezaron a decirle Curro, aludiendo a su manera de ganarse el sustento. En una noche de tragos, Valentín se quedó dormido sobre una rampa de madera, ganándose para siempre el mote de Currampla, el distintivo familiar.

Todos los años decenas de montados acudían a El Lajero, prestos a participar en las Corridas de Patos. Su abuela, María Burgalín, se esmeraba que los animales tuviesen al menos de tres años. Embadurnaba sus cabezas con aceite, cebo o grasa para que al jalárselas se escurrieran de las manos de los competidores. Deseaba que resistieran los jalones de los montados. Para animar el despelote contrataban los servicios de Leonardo Membreño. Este se aparecía con un tocadiscos y una bocina. Años después, cuando la fiesta fue trasladada a Juigalpa, en los bajos de Punta Caliente, decidieron cambiar la modalidad de las corridas. Enterraban los patos dejando fuera únicamente su cabeza. Los participantes debían desprendérselas con un machete. Antes les tapaban los ojos y luego empezaba la fiesta. Se movían como gallinas ciegas. El barrio vibraba de entusiasmo.

II

Darwing creció en un ambiente lleno de Corridas de Patos y juegos de billar, aprendió los secretos de estos juegos. Para entonces había concluido sus estudios de bachillerato. En el mismo año que Nicaragua celebraba jubilosa el primer Centenario de Cantos de Vida y Esperanza (2005), Darwing presentó en León examen de admisión y salió reprobado. Un duro traspiés. El castigo impuesto por su padre fue nombrarlo como billarero oficial. Para desafiarlo, cada vez que podía, Julián Báez recriminaba a su hijo, diciéndole que jamás iba a superarlo. Mientras tanto, el joven iba mejorando en el juego de Bola 9, llegando a ganar el campeonato juvenil en el departamento de Chontales. El paso siguiente fue conquistar el subcampeonato a nivel nacional. En enero del año siguiente pasó la prueba de admisión con 91, un examen al que se presentaron 900 candidatos.

Una vez iniciados los estudios universitarios en León, continúo sintiendo los sinsabores de la vida, había escogido una carrera con exigencias económicas que no estaban a su alcance. Una decisión audaz. Empezó a trabajar como ordeñador en casa de Bernardo Reyes, donde se hospedaba. Día de por medio tenía que despertarse a la 1.30 am. Desempeñó esta labor durante año y medio. En tercero de universidad conoció a Sídney Corea, agente de ventas de productos de belleza, lo nombró su chofer. Con esta ocupación se ganaba el almuerzo, aunque hubo días en que se quedó con el estómago vacío. Corea lo conectó con Carlos Langrand, quien ganó en la Ciudad Universitaria, la candidatura como diputado por el Partido Liberal Independiente (PLI). Sídney, era su jefe de campaña, sin consultarlo, se atrevió a nombrar a Darwing como asesor.

Culminados sus estudios de odontología, al regresar a Juigalpa en 2012, desprovisto de todo, encontró en su colega Jessica Díaz, un ángel tutelar. Le abrió las puertas ofreciéndole trabajo en su clínica por las mañanas. Darwing tuvo que esperar hasta el 15 de mayo de 2014, para montar su propio consultorio. Alquiló un local y lanzó una moneda a la suerte. Disponía nada más del equipo básico (sillón, espejo, explorador, pinza algodonera y cucharilla de detentina). Logró que le prestarán un abanico y adquirió cuatro sillas plásticas. El dinero no daba para más. Continuaba viviendo con estrechez. A las dos semanas le llegó la primera paciente. Como ha ocurrido con varios de sus compañeros, su primer trabajo fue de sacamuelas. Se percató que no sabía cuánto debía cobrarle. Espero varios días y al final decidió que eran C$200 córdobas.

La razón fundamental para abrir Clínica Dental El Maná, en Punta Caliente, fue de carácter económico, se trata del barrio con el que se encuentra ligado afectivamente. Cuando llegó la primera paciente para calzarle una muela, carecía de espátulas para poner resinas. La mantuvo entretenida a base de persuasión, muy propio de su estilo. Darwing tiene cualidades de líder, decidió apartarse de la política, donde había incursionado accidentalmente. Al saber que algunos miembros de su partido no habían procedido limpiamente decidió desertar. Una muestra de carácter. Eduardo Montealegre no había actuado de manera clara en el recuento de votos. Piensa que las elecciones de autoridades nacionales (2011), no fueron limpias. Para no quedar como tonto encaró a sus compañeros de jornada. Les dijo que no habían actuado con transparencia.

La Fundación Ruach agrupa a niños y niñas discapacitados. Foto: Cortesía

Durante cinco años se vio forzado a hacer malabares, durante ese tiempo sufrió cortes de agua y energía, meses duros, sin pacientes. Creyente fervoroso, no desanimó. Contrario a lo que podría suponerse, a partir de 2019 vio por vez primera la luz al final del túnel. Un hecho insólito dada la situación sociopolítica que atraviesa Nicaragua. Con la plata ganada amplió su oficina, remodeló la clínica, adquirió otro sillón de odontología y compró nuevo instrumental médico. Para evitar que su hermana, Sonia Katherine Báez Rojas, estudiante de odontología en la UNAN-León, viviera los mismos problemas, aun con las restricciones que padecía, comprendió que su deber consistía en asistirla. Como prueba de hermandad, le ayudaba a completar los materiales que requería para sus prácticas profesionales. Hoy Sonia Katherine trabaja en la clínica junto a su hermano.

Los tropiezos sirvieron para agudizar su conciencia y brindar apoyo a quienes carecen hasta de lo más simple. Decidido a socorrer a los necesitados, siente satisfacción de asistirles sin cobrarles un centavo. Son familias de escasos recursos. Tiene tres años de prestar gratuitamente sus servicios a la Fundación Ruach, una organización que agrupa a niños y niñas discapacitados. Con igual determinación ofrece apoyo a dos madres solteras, Marcia Obando Jirón y Karla López, quien se vio obligada a hacerse cargo del mantenimiento de uno de sus sobrinos, luego del fallecimiento de su madre. Igual hace con María Bermúdez, impedida físicamente; y con Wilber Antonio Miranda, con dificultades para caminar, fue operado del cerebro y carece del lóbulo parietal derecho. Una muestra que Darwing no se ha olvidado de los suyos. Una decisión que lo enaltece.


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