Opinion

Una novela de vida, pasión y muerte incubada en Chontales

Al compadre Serapio Aragón,
último centauro de su generación.
.

I

El juez llegó a Acoyapa al despuntar los años cincuenta del siglo veinte, un poblado de tres mil habitantes, con una cantidad de perros callejeros, tantos que se atrevió a decir que eran cuatro mil. Cuando Fernando Centeno Zapata fue nombrado como Juez Único de Distrito de esa ciudad, ya había cimentado su estilo literario. Cuentista premiado y antologizado, su obra compendia elementos de realismo social, como asegura Elías Aguirre, uno de sus estudiosos, al valorar con rigurosidad su producción creativa. El desembarco en la que fuese primera cabecera departamental de Chontales en el siglo diecinueve (1858) y por segunda vez en 1866, sirvió de estímulo a sus ansias de escritor. Durante su estadía, Centeno Zapata escribió una novela llena de magia, Chente Cruz (1956), publicada por Ediciones del Club del Libro Nicaragüense, Masatepe, 1977.

La primera noticia acerca de esta obra la debo a mi padre; su breve síntesis me llevó a citar por una sola vez, el núcleo del contenido de esta novela. En mí crónica, Mito y tradición, aparece la mención que hice de Chente Cruz, hace veinticuatro años (Asalto a la memoria, Instituto Nicaragüense de Cultura, 1998). Elogié su agudeza de escritor, capta la trascendencia e importancia de las corridas de toros en Chontales, relata los sobresaltos y angustias que provocó la muerte de un montador. Deseoso de saciar mi apetito, la pedí prestada a su hijo, Fernando Centeno Chiong, tuvo la gentileza de obsequiármela. Una narración que muestra al Chontales cerrero y montaraz. Centeno Zapata se metió a escudriñar los entresijos de una tradición centenaria. Su mirada quedó seducida ante el simbolismo de uno de los rituales más significativos de la cultura chontaleña.

Para un escritor atento a todo lo que acontece a su orilla, resultó fácil comprobar los extremos de uno de los pasatiempos más venerados por los chontaleños, más allá de ser dueños o no de fincas, toros, caballos y haciendas. Una diversión llena de retos, goce, sangre, muerte y llantos. Una vez concluidas las celebraciones (Centeno Zapata apreció de cerca los festejos a San Sebastián, una efeméride donde los promesantes, los 20 de enero, caminaban de rodillas sobre tierra baldía, como recompensa a su benefactor, por el milagro de haberle salvado la vida a uno de sus hijitos), conoció el culto por las corridas de toros, miles de personas acudían a la cita. La excelencia de las montaderas obedece a que los toros despanzurren a los montadores o a su hombría. “Las fiestas estuvieron malas, no hubo muertos”, sentencian. Juicios que todavía se escuchan por todo Chontales.

Aun cuando Centeno Zapata proclamó que su arte narrativo estaba más cerca de la realidad que de la ficción —creador al fin— Chente Cruz está impregnada por una imaginación delirante, entretejida con la realidad. Sabe que los chontaleños se juegan la vida en cada montadera. En las fiestas patronales aflora el machismo. En los años que Centeno Zapata estuvo en Acoyapa, los toros provenían de la hacienda San José, emporio ganadero afamado por todo Chontales. Toros de sitio, como reza el argot campesino, animales que no conocían la soga. Otros más certeros les llamaban “toros juidores”. Todavía los veo sestear bajo los geníseros, en la hacienda Hato Grande. Algo se ha venido perdiendo con los años. Sometidos a todo tipo de cuidados, a eso obedece que lo toros sean muy malos al cacho. Poco embisten. Su bravura viene desaprovechándose.

La trama de Chente Cruz, no es otra que el juicio emprendido por los habitantes de una ciudad sin nombre —todos sabemos que se trata de Acoyapa— contra el toro que desgració la vida de Chente, un astado proveniente de la hacienda de los Gómez, dueños de los mismos toros que engrandecían —entre los cuarenta y setenta del siglo pasado— las fiestas patronales en Juigalpa. Un toro hipato (berrejo), bautizado por los admiradores de Chente, con el nombre de Senador, en alusión a su dueño, un advenedizo que ejercía el cargo en la Cámara del Senado, sin tener vínculos con Chontales. Centeno Zapata, en correspondencia con su concepción de la novela, desgaja la crítica. Muerde los talones de un político que ejercía el poder a 170 kilómetros de Acoyapa, donde solo llegaba a visitar su hacienda. Una práctica inveterada en la política nicaragüense.

Chente Cruz terminó de ser pergeñada en 1956, un año después que Gabriel García Márquez, ubicado en la otra punta creativa de Centeno Zapata, diera a luz a El monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. En ambas obras, el despliegue de imaginación guarda estrecho parentesco. Como dijo en innumerables veces el brujo de Aracataca, su abrevadero no era otro que la prodigiosa realidad del subcontinente americano. No deja de ser fantasioso para nosotros, apresar un toro por haber reventado al montador. Encarcelarlo, levantarle un instructivo, llamar a declarar a los testigos (todos en una, como en Fuenteovejuna), acusarlo de asesinato y seleccionar un gran jurado, entre los notables de la ciudad, para juzgarlo como corresponde. Una historia trepidante. La novela elude todo costumbrismo y es adobada con tintes de realismo mágico.

Serapio Aragón, continúa siendo considerado como uno de los mejores campistos chontaleños y especialmente, por su excelencia en el adiestramiento de caballos Foto: Confidencial | Cortesía

II

Dividida en dos partes está construida sobre bases sólidas (la primera dedicada a evocar la vida, pasión y muerte de Chente Cruz y la segunda, para dar cuenta de los apuros que pasa el juez ante los deseos de venganza del pueblo). Acostumbrado a captar detalles de la manera como está conformada la realidad nicaragüense, Centeno Zapata sabe que los velorios son espacios propicios para las jugaderas de naipes, centros de chismes y reparto gratis de guaro, donde se manifiestan falsos o verdaderos lloriqueos. Nada deja fuera en su registro. El acontecimiento estremece las conciencias. Al velorio de Chente acuden el alcalde, el juez, el cura y el sargento de la Guardia Nacional (GN), cuatro personas verdaderas, encarnan el poder civil, judicial, eclesiástico y militar. Comparecen para expresar su estima al difunto y darse un baño de popularidad, menos el guardia.

Los integrantes del poder local son descritos en detalle, manejan de manera caprichosa las reglas del juego político. También comparece Juana Sánchez, vinculada con la vida de Chente, encarna la voz y vicios populares. Su deseo por hacer justicia, se debe entre otras razones, a que le parió un hijo a Chente. Juana se multiplica para que nada falte en el velorio de su antiguo amante. Al acto de despedida acuden otras mujeres. Chente las sedujo con argucias de galán pueblerino. En el recuento final de su vida, no podían excluirse sus dotes de don Juan. El pueblo asiste para ratificar el cariño que dispensa al hombre, debido a su condición de montador imbatible. Solo en la vejez podía sucumbir, en sus años mozos desafiaba al toro más pintado. Esa maestría fue una de sus tantas gracias para atraer a cuentas mujeres pudo. Un hombre modoso y querendón.

Entre los diversos recursos narrativos de Centeno Zapata, sobresalen dos telegramas, uno de carácter 22 (urgente en la jerga prehistórica de la comunicación), del senador de la república, tratando de evitar que den muerte al toro: “Cáusame profunda tristeza trágica muerte de honrado ciudadano. Chente Cruz (q. e. p. d.) punto. Tenga Ud. seguridad que el toro será castigado punto. Envío peones de mi hacienda a traerlo punto. Comandante departamental lo saluda por mi medio punto. Su servidor y amigo que defiende sus intereses en la cámara punto. Circuncición Leytón, senador de la república, con franquicia número 2456”. El mensaje hizo dudar al juez de continuar con el proceso. Estaban a unos días de revalidar su nombramiento. Si desistía se lo comía vivo el pueblo, si no lo hacía, perdía el cargo. Como buen oportunista, atrasó el juicio hasta haber sido confirmado de nuevo.

El juez no acababa de asimilar el desafío, cuando llegó otro telegrama esta vez firmado, por el comandante departamental, en aquellos años, el verdadero representante de Somoza García: “Estimado amigo y correligionario, vería con agrado entregue toro a personas del senador don Circuncición Leytón que, aunque conservador es amigo de la causa y de mi confianza punto. Él ofréceme castigar animal punto. De su justiciera resolución informaré superioridad y seguro estoy será digno tomarse en cuenta próxima elección de jueces punto”. Tres aspectos sobresalen. La condición política del militar, el carácter colaboracionista del senador (zancudo, diríase para ser exactos) y la poca estimación que ambos guardan por el deseo popular. El poder es utilizado en provecho de quienes conforman el círculo de hierro que medra alrededor de los mandamases que controlan el Estado. Nada más.

En un último intento por frenar la condena del toro, especialistas en relaciones públicas al servicio del senador, son envidados hasta Acoyapa, acompañando al abogado defensor, (no le costaba un centavo, era el abogado de Cámara del Senado), igual que “periodistas, camarógrafos, corresponsales de la prensa internacional, pasantes de derecho, abogados, siquiatras, promotores sociales, Cuerpo de Paz, colegas del senador que se presentaron de incognito, pero lo más inaudito de aquella muchedumbre fue la presencia de representantes de sociedades protectoras de animales de varios Estados de Estados Unidos que habían fletado un avión especial y se hacían presentes con el propósito de salvar el toro de su posible muerte”. Una descripción pormenorizada parecida a la que realiza García Márquez en relación con el poder omniabarcante de la Mama Grande. Centeno Zapata retrata como lo usan para engatusar al pueblo.

Cuando el gran jurado había emitido su condena y llevaban el toro al bramadero para el destace, el animal luce manso, sin arrojos. Sus ojos empiezan a lagrimear. Algo insólito. El abogado defensor aprovecha para decirles que se trata de un milagro. La expresión del toro explica su condición de arrepentido. ¡Es un milagro! Así lo cree también el cura. El pueblo se compadece de su destino y desiste de su muerte. Dejan que escape. Era una estratagema. El abogado defensor dejó un mensaje donde explicaba que su mansedumbre obedecía a que había sido narcotizado y aclaró que sus lágrimas eran porque le habían untado gases lacrimógenos. Esto me lleva a recordar lo que dicen algunos entendidos: que muchos toros que ahora llegan a las barreras chontaleñas, son inyectados y a eso se debe que salten como endemoniados. ¿Será verdad?

Guillermo Rothschuh Villanueva

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Guillermo Rothschuh Villanueva

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