Opinion

Vacunarse contra el Covid-19 en Managua

Había ríos humanos esperando turno en los tres hospitales con servicio de vacunación en una capital que debe rondar 1.5 millones de habitantes

Llamé por teléfono al 132, la línea que el MINSA tiene habilitada para informar sobre los calendarios de vacunación. Respondió una mujer con timbre de voz juvenil, me dio su nombre, preguntó el mío y pidió mi dirección domiciliar. Con el aire de quien comparte una información muy valiosa, me dijo que por residir en el Distrito I tendría que esperar, porque al día siguiente solo vacunaban en los Distritos III y V. ¿Y cuándo en el distrito I? No sabemos, me dijo, porque todo está muy organizado. ¿Cuándo lo van a saber? Ella remachó: Como todo es muy ordenado, esa información nos la pasan cada día por la tarde. ¿Y si voy a cualquier hospital? Usted puede ir, pero yo no le garantizo que lo atenderán, fue su poco alentadora respuesta. ¿Tendré que esperar una o dos semanas? No lo sé, tiene que mantenerse llamando diario, dijo ella y luego me pidió varios datos personales. ¿Pero qué sentido tiene dar toda esa información, si todavía no me van a vacunar y no saben cuándo podrán hacerlo?, fue mi pregunta final. Y ella en sus trece: Es que todo es muy ordenado y llevamos un registro de cada llamada.

Dejé pasar unas semanas antes de seguir el consejo de amigos y familiares: ir a cualquier hospital y probar suerte. Fui con mi esposa para insuflarnos ánimo mutuamente. Había ríos humanos esperando turno en los tres hospitales con servicio de vacunación en una capital que debe rondar 1.5 millones de habitantes. Nos habían dicho que en el Hospital Lenin Fonseca la atención era más ordenada y la fila menos caudalosa, y hacia allá enfilamos, aunque de los tres centros era el que nos quedaba en la ubicación más alejada de nuestra casa.

Llegamos a la 1 pm, cuando Managua “parece que está llena de demonios” y el asfalto se derrite. Vimos muchos paraguas y vendedores ambulantes. Apenas colocados en la fila escuchamos el rumor de que habían cerrado el portón y suspendido las vacunaciones por ese día. Fui a inspeccionar el terreno: conté alrededor de 250 personas y 75 paraguas en la fila y confirmé el rumor, es decir, no los hechos, sino que efectivamente existía ese rumor. Los rumores son lo único firme en Nicaragua y ese del cierre tenía decenas de variantes, donde el portón con tres candados era el único hecho constatable: cerrado porque una doctora llegó a decir que se acabaron las vacunas, porque el personal está agotado, porque lo podrían abrir en unas horas después de que el personal almuerce y se refresque, porque así son las intermitencias del portón –como las de la muerte–, porque tal vez quieren que algunos se vayan… Y yo esperaba que alguien me susurrara: “Tranquilo, Bobby, tranquilo”.

Paraguas van, rumores vienen. Los rumores seguían llegando, pero nunca hubo un aviso oficial. A pesar de las muchas deserciones que nos regalaron un engañoso avance de cincuenta metros, la fila creció exponencialmente. Llegó a la esquina, dobló hacia la izquierda y ahí se extendió con diez veces más esperadores que acaso encontraron el contagio donde llegaron en busca de su prevención. Algunos carros recalaban junto a la fila y de ellos bajaban choferes o jóvenes que por celular rendían someros reportes a personas –tal vez de clase media alta y alta– que estaban horrorizadas de saber que el MINSA los trataba como lo hará un día la igualadora muerte: “como a los pobres pastores de ganados”.

La deshidratación se chupó todas nuestras reservas de optimismo y decidimos irnos tras dos horas y media de espera, desmoralizados al ver cómo las señoras y señores de la tercera edad, que se habían colocado a la cabeza de la fila, regresaban cabizbajos y temblorosos, convencidos de que ese día no habría vacuna. Y estaban en lo cierto. Solo se quedaron los inasequibles al desaliento, que eran una mayoría en persistente crecimiento. Siguieron ahí: unos por estar ya en el lugar, otros porque su pensamiento positivo les hacía elegir el rumor menos ominoso y otros porque estaban a un tiro de piedra del portón. Así se explica que algunos managuas hayan obtenido la vacuna al precio de más de veinticuatro horas de espera.

Existen decenas de formas en que el proceso podría ordenarse, pero ninguna se ensaya porque el MINSA está convencido de que ya hay un exceso de orden y de que cualquier elemento que suscite perplejidad proviene de una incapacidad de comprender el orden. ¿Será? Tengo una explicación alternativa: en Nicaragua el tiempo es arena, piedrín, guate, broza… cualquier cosa menos oro. No es una entidad digna de estima ni ponderación. Si no fuera así, ¿por qué no alarmarse ante el desperdicio de miles de jornadas laborales en las filas de espera? Todo mediano empresario perderá al menos cien jornadas laborales, o sea el equivalente de prescindir de cuatro trabajadores durante todo un mes.

Pero ese cálculo se basa en el supuesto de que la vacuna se obtiene en el primer intento, que no es el caso de la mayoría de mis conocidos, y tampoco el mío. Así es la cosa, me dijeron: hay que probar aquí y allá, con mucho tiempo disponible y una paciencia infinita. Al día siguiente me vacuné en el segundo intento y en otro hospital, el Berta Calderón. Mi esposa lo logró dos días después. La atención del apuntador y de la enfermera fueron impecables: diligentes y cordiales, los empleados de ese nivel compensan a ras de suelo la ineptitud de sus jefes. Sus maneras y el profuso decorado con banderas rojinegras en cada árbol eran muestras inequívocas de que la vacunación forma parte de la campaña electoral del partido de gobierno. Empezó con mal pie: inmensas filas que son ocasiones propicias para el contagio, intentos fallidos que frustran y otros sinsabores que dan un mentís a la propaganda oficial. No importa. ¿Acaso alguien cree que ahí es donde se ganan los votos? ¿Acaso alguien ignora quién será el ganador?

El MINSA sigue anunciando que antes de finalizar el 2021 un 70% de la población en Nicaragua habrá sido vacunada contra la COVID-19”. Apenas lleva 4.3% de vacunados, según datos de la Universidad de Oxford. La meta seguirá lejana, sin importar lo maratónicas que sean las jornadas donde el personal de salud que sobrevivió a los despidos se juega algo más que el empleo.


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