Estirpe Sangrienta

Capítulo XIII: Mi confesión

Y la palabra “revolucionario”, como contraposición esencial a todo lo que fuera atentado, me salió del alma como sale un quejido, como sale la última burbuja del aire que uno tiene en los pulmones, en una nueva ofensiva por lograr mi salvación, que estaba en la verdad.

Pedro Joaquín Chamorro

No recuerdo cuándo fue; pero el caso es que un día, y cuando el agotamiento mental me había dominado casi completamente, yo confesé en el “Cuarto de Costura” que seis o siete meses antes del atentado contra la vida de Somoza, el doctor Francisco Frixione me contó de la llegada de un desconocido a Nicaragua, al cual despidió de su casa de mala manera, cuando comenzó a contarle que viajaba haciendo “contactos” para un movimiento revolucionario.

No lo había dicho antes porque no lo recordaba, expliqué a mis interrogadores. Fue un incidente de esos que ocurren frecuentemente en Nicaragua; una conversación sin importancia que no extrañaba culpabilidad de ninguna especie, porque el doctor Frixione, al participarme el despido que había dado a un supuesto agente revolucionario, estaba actuando dentro de la ley, rechazando su adhesión a la comisión de un posible delito, si es que constituye tal cosa el oír a un hombre que dice estar empeñado en hacer una revolución para derribar una dictadura.

Pero yo estaba contando ahora el caso, porque los que me interrogaban tenían ya noticias de él, y creí que al confirmarlo, no solamente dejaría de sufrir los vejámenes de que venía siendo objeto, sino que, al mismo tiempo, ayudaría a mi amigo.

Sí. Porque para una mente normal, la confesión de una persona que confirma el rechazo que da otra a una propuesta delictiva, no significaba más que una declaración testimonial a favor de ambas.

Pero estaba equivocado, terrible y duramente equivocado, porque apenas salió de mis labios el comienzo de la historia, se multiplicaron sobre mí los padecimientos, se intensificaron los interrogatorios y se echó mano de los más crueles recursos para hacerme decir más, más, siempre más, aunque yo no supiera sino únicamente lo que había contado.

El alborozo que provocó la noticia de que yo sabía “algo”, fue inmenso; la crueldad de los Somoza saltó entonces ya sin reservas de ninguna clase, y las visitas de Anastasio Somoza Debayle al “Cuarto de Costura” se hicieron cada vez más continuas, más indispensables.

Día a día, noche a noche, minuto a minuto, cuatro a cinco hombres se encaramaban sobre mi mente cansada por la falta de sueño y mi cuerpo adolorido por el extenuante trabajo físico al que estaba sometido, insistiendo en hacerme decir… cualquier cosa que fuera.

­¿Quién era el hombre que había hablado a Frixione…? ¿Dónde había platicado…? ¿Qué detalles le había comunicado sobre el plan de asesinar a Somoza…?

Pero yo no sabía nada, absolutamente nada, y por eso no podía contestar a las preguntas. Porque la verdad se terminaba en unas pocas líneas, idénticas a las que dejo relatadas al comienzo de este capítulo.

Sin embargo, hubo uno de ellos que me obligó a firmar un papel, un inmundo papel en el cual, a pesar de decirse que yo había oído que se planeaba una revolución que incluía un ataque a la persona del presidente, nunca salió a luz en el juicio que se nos siguió después: un papel que permaneció siempre oculto y que jamás osaron presentar como prueba en contra de mi persona, porque ya fuera del “Cuarto de Costura”, yo lo desmentí delante de los mismos que me lo habían arrancado en un momento de locura, de desquiciamiento mental. Un papel cuyo contenido nunca se me ha echado en cara y que yo soy ahora la primera persona en dar a conocer, porque, más que una vergüenza para mí, es una vergüenza para ellos.

En él se me obligó, como digo, a poner la frase “ataque a la persona del presidente”, y a pesar de que luché para no hacerlo, porque se refería a un hecho falso, mi humanidad se rindió durante un momento y la puse … Sí, la puse, pero después de haberlo hecho, lloré de rabia y tiré el papel a la cara de los mismos que me lo habían arrancado, acusándoles en público, en el propio jardín de los leones y frente al miembro de la Corte Militar, mayor Francisco Medal, de habérmelo arrancado en un momento de locura y desesperación, provocado por las torturas.

El incidente, sin embargo, se hizo largo. Así tenía que ser, porque las garras de esa gente no sueltan fácilmente a nadie, ni dejan escapar con tranquilidad el momento oportuno de hundir, de aplastar a sus enemigos.

Por eso fue que cuando me trajeron de vuelta de la Corte de Investigación, donde rendí mi primera declaración hablando de la conversación simple que había tenido con Frixione, y sin mencionar para nada el contenido del papel, fui llevado de nuevo al “Cuarto de Costura”.

Allí estaba el hijo menor de Somoza. Sus ojos despedían fuego, y agitando unos anteojos de marco negro en las manos crispadas me gritó:

­¿Con que te estás burlando de mí, verdad … ? Pero sabés una cosa: de aquí solo la Providencia de Dios te saca. Y si con la declaración que rendiste ante la junta pensás resultar absuelto, sabelo bien… de la puerta de la cárcel no caminás tres pasos.

Y la cosa volvió a comenzar. Fue una nueva noche de sufrimiento indescriptible, de cansancio agotador, de sudores extenuantes que se terminaron con una advertencia:

­Mañana vas a ir otra vez… y vas a declarar ESO…

Y yo volví a la Corte de Investigación, una corte impúdica que sabía muy bien lo que estaba ocurriendo, pero en la cual uno de los miembros no tuvo empacho de decir suavemente desde el momento en que yo crucé el umbral de la puerta:

­Doctor Chamorro, hemos sabido que usted está deseoso de ampliar su declaración.

Fue una escena dura e inolvidable; él sonrió y yo levanté los hombros; miré a otra parte, y quise abstraer mi pensamiento, hacer que mi imaginación se fugara del lugar en donde la Corte estaba instalada, la casa particular de Anastasio Somoza Debayle, la mesa del comedor principal de su palacio de La Curva, unos sillones negros, elegantes, y al fondo un cuadro de la “Última Cena” en plata repujada; vajillas, piso brillante de mosaicos sobrios, adornos que revelaban la existencia de un hogar y dos o tres mecanógrafas hermosas, todas con el semblante apesarado, afligido, avergonzado.

Volví en mí cuando el mismo hombre que había preguntado, dijo en voz alta:

­Señorita, copie… Ampliación de Declaración, por favor.

Entonces el fiscal dijo textualmente esto que copió del proceso:

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue llamado nuevamente ante la Cor­te de Investigación, e informado sobre si tenía que hacer alguna ampliación a su declaración, dijo que sí, y al efecto declara. (Mi voz comenzó a sonar entrecortada y absurda, corno ajena, como que fuera voz de otra persona que hablaba por mí, para decir estas palabras, cuya construcción gramatical es bien reveladora):

­Voy a aclarar también que durante mi interrogatorio en la Oficina de Seguridad, yo firmé un documento en que decía yo, según entendí la noticia que me dieron de hace muchos meses, de un plan subversivo, comprendí un ataque al señor presidente de la República. Eso es lo que firmé allí.

Entonces el fiscal militar, levantando la voz y aceptando como normal la desarticulada sucesión de frases que yo había dicho ante la mirada inquisidora de los que me habían amenazado, preguntó, para aclarar el punto:

—¿Quién le dijo a usted que el complot comprendía un ataque al señor presidente de la República…?

Y yo contesté:

­—No es exactamente que me lo hayan dicho, sino que yo entendí eso.

La defensa, la humana defensa del hombre acorralado por el sufrimiento y la angustia, y acicateado por el recuerdo de la tortura y el temor de regresar al laboratorio de la familia Somoza, estaba todavía viva; pero el fiscal insistió en el punto:

­—¿Quiere usted decirme quién le habló sobre el complot…?

­—El doctor Frixione me habló de un movimiento revolucionario que se estaba gestando en El Salvador.

Y la palabra “revolucionario”, como contraposición esencial a todo lo que fuera atentado, me salió del alma como sale un quejido, como sale la última burbuja de aire que uno tiene en los pulmones, en una nueva ofensiva por lograr mi salvación, que estaba en la verdad.

­Diga usted ­recalcó el fiscal entonces, implacable y rápido­ si de la plática sostenida con el doctor Frixione entendió usted que el complot implicaba el ataque al señor presidente de la República…

­Dije que me “pareció” entender eso— contesté yo, flaqueando en el extremo de la resistencia, en la última raya que guardaba el santuario de mi personalidad de hombre digno.

Las preguntas y las respuestas que he transcrito textualmente revelan el fondo verdadero del diálogo y la intención del interrogatorio. Yo era un hombre bajo amenaza y con la mente desquiciada por el constante suplicio… y sin embargo, no pude confesar lo que se pedía de mí.

Primero mis frases desarticuladas, después mis contestaciones con palabras evasivas como “me pareció entender”, y “yo entendí eso”, hacen saltar el dilema de hombre que se enfrenta a los extremos de perecer o mentir, y no quiere escoger ninguno de los dos.

Tan cierto es esto que en el propio Consejo de Guerra esta declaración inconexa, vergonzosa para los que la habían obtenido y fácil de destruir, no fue citada siquiera por el fiscal militar, quien sabía perfectamente bien cómo había sido arrancada.

Unos segundos después de ella, la Corte de Investigación volvió a llamarme al comedor de la familia Somoza Debayle, donde el militar que ocupaba el centro de la mesa, me dijo:

­La Corte de Investigación habiendo encontrado por los testimonios evacuados que Pedro Joaquín Chamorro Cardenal aparece implicado en el asunto que se investiga, fue llamado a notificar a ese efecto, como parte interesada ante la Corte.

Eso significa en el mal lenguaje protocolario de los medio analfabetos jueces, que tenía que sufrir un proceso, y por lo menos desde ese momento en adelante tendría derecho a nombrar abogado defensor.

Nombré mi abogado, y regresé al jardín de los leones con otros compañeros de infortunio.

En el camino sentí una relativa sensación de alivio y el pensamiento me hizo una deliciosa caricia.

Por fin, ¡vamos a dormir!

Publicamos un capítulo nuevo cada día.
Lea mañana – Capítulo XIV: Humillación y vida


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