Política

Muere Roberto Rivas, el exmagistrado que entronizó al régimen Ortega-Murillo mediante fraudes electorales

El expresidente del Consejo Supremo Electoral (CSE), Roberto José Rivas Reyes, el excontador de votos que entronizó al régimen de Daniel Ortega a través de fraudes electorales, murió después de cinco meses de hospitalización, informaron fuentes médicas.  

Murió a las 11:o5 de la noche del sábado 5 de marzo a consecuencia de un “choque séptico refractario”, lo que ocurre cuando hay una infección grave, aunque fue ingresado por covid-19, explicó la fuente. 

Rivas Reyes, de 68 años, fue uno de los más influyentes funcionarios cercanos a Ortega. Se convirtió en magistrado en 1995 y cinco años después fue elegido como presidente de esa institución.

Su ascenso a la presidencia del CSE marcó el inicio de una gestión administrativa que duró 18 años hasta su renuncia a finales de mayo de 2018, cinco meses después que Estados Unidos lo sancionó por “corrupción significativa” basado en la Ley Global Magnitsky, un instrumento usado para castigar a corruptos y violadores de derechos humanos en el mundo.

Como funcionario público, la gestión de Rivas estuvo marcada por las irregularidades del CSE que favoreció resultados electorales que entregaron el poder total al FSLN. Aceptó la candidatura ilegal a la reelección de Ortega en 2010 diciendo que estaba “escrita en piedra”, y llevó con parcialidad su trabajo de juez electoral con lo que ayudó a la consolidación de un régimen familiar que tiene 15 años en el poder.

Fue conocido— y quizás más por esta razón— gracias a su vida opulenta que lo llevó a acumular bienes: jets, coches de lujo y mansiones en Nicaragua, Costa Rica y España, a lo que le sumaron escándalos y numerosas denuncias públicas por enriquecimiento ilícito que, sin embargo, nunca llegaron a los juzgados.  Murió en la impunidad.

A pesar de haber sido documentadas por la prensa nacional e internacional, nunca una investigación oficial se tradujo en una acusación formal en contra de uno de los principales protegidos de Daniel Ortega. 

Rivas creció como funcionario a la sombra de su padrino político, el cardenal Miguel Obando, arzobispo de la Arquidiócesis de Managua entre 1970 y 2005.

Obando incidió en su nombramiento como magistrado en 1995 y aseguró también su cargo durante décadas como presidente en el tribunal a partir de octubre de 2002 en acuerdos con el caudillo sandinista, calificados de corruptos por la oposición.

Según los diarios locales de la época, Ortega usó su influencia en la Contraloría General de la República para impedir un proceso legal contra Rivas por malversación, tras una reunión privada con Obando y allanó el camino a una alianza sólida con el religioso salesiano, su feroz enemigo en los años de la revolución sandinista. 

Ese concordato le provocó al caudillo incluso diferencias a lo interno del FSLN que tenía contralores nombrados, luego del pacto político con el expresidente Arnoldo Alemán en el año 2000.

De aquellos años del acuerdo de Ortega con el cardenal resultó memorable la postura del entonces contralor Luis Ángel Montenegro, quien aseguró que no se ensuciaba cambiando la resolución de presunción penal acordada por los contralores en el caso de Rivas. Nueve años después, ya convertido en vicepresidente de esa institución, lo defendió públicamente e incluso justificó su cambio de opinión diciendo que solo los “ríos no se devuelven”.

A la altura de 2004, Obando ofició una misa de “reconciliación”, se abrazó con algunos de los otrora enemigos de la Iglesia católica. Se alineó tanto al servicio de Ortega que, con el paso del tiempo,  sus críticos miraban en este arzobispo a una indigna imagen de su pasado y lo calificaban como capellán del oficialismo al ver su presencia constante en las actividades gubernamentales.

La relación familiar con el Cardenal

Rivas conoció a Obando cuando el exfuncionario era muy joven en su casa en el departamento de Matagalpa, al norte del país, debido a que su madre, Josefa Reyes Valenzuela, conocida como doña “Chepita”, fue la asistente del religioso desde los años setenta del siglo pasado hasta la muerte del cardenal el 4 de junio de 2018. 

Los Rivas consideraron familiar al jerarca religioso, así que no hubo sorpresa cuando lo nombró como administrador de la Comisión de Promoción Arquidiocesana desde 1981, una fundación en la que recaudó miles de dólares en el contexto de la guerra civil. 

Su residencia en carretera a Masaya la construyó sobre una propiedad donada a la Iglesia católica en los años en que Obando era el arzobispo. Y la Universidad Católica Redemptoris Mater, fundada por el cardenal y donde fue enterrado, quedó en manos de la familia del exmagistrado.

Las excentricidades de un nuevo rico

Los años en que creció exponencialmente su figura pública, empezó con la acumulación de mansiones a la orilla de la playa, autos de lujo o la contratación de meseros a los que obligaba a usar guantes blancos. Tenía un chef francés, que solía complacer sus gustos más exquisitos. 

Su primo Rigoberto Reyes recordó en El Nuevo Diario el origen de su fortuna en el cobro de una indemnización al Estado por 1.8 millones de dólares en 1996 donde incluyó un burro Kentucky de su abuelo, que Reyes mató sin querer en 1959.  

Se casó con Ileana Delgado Lacayo—también sancionada por Estados Unidos— y procreó cuatro hijos: Josephine, Estefanía, Indira y Roberto Miguel. De acuerdo con un perfil de la revista Magazine del diario La Prensa, Rivas era un obsesionado de la limpieza. Ordenaba a sus veterinarios limpiar los dientes de sus perros Akita en su mansión costarricense, una costumbre que irritaba a algunos de sus empleados de origen nicaragüense. 

Ni sus voceros más cercanos se atrevieron nunca a negar su pomposa vida y su vocero en el CSE, Félix Navarrete, acusó a los medios de fisgonear en las alcobas del magistrado en un campo pagado.

Bajo la sombra del poder total de Ortega, Rivas compró una mansión en Costa Rica ubicada en una lujosa residencial. Las mansiones en aquel lugar costarricense, cuando se publicó el reportaje en 2009, oscilaban entre 980 000 y 3 000 000 dólares, y él ganaba 5 000 mensualmente. Cuando lo cuestionaban, repitió siempre el argumento que era productor de café para justificar la multiplicación de sus bienes. Un reportaje de CONFIDENCIAL de marzo de 2018 reveló que sus fincas en San Ramón, Matagalpa, producían debajo de los costos, contradiciendo la supuesta bonanza cafetalera.

Según una investigación del diario La Nación, en Costa Rica, riñendo contra cualquier apariencia de independencia de poderes en Nicaragua, Rivas fue el anfitrión de dos hijos de Ortega, Laureano y Maurice, mientras ellos estudiaban en aquel país.  El escándalo fue mayor cuando el mismo diario costarricense comprobó que el magistrado usaba carros diplomáticos exonerados, vehículos de lujo de los cuales uno usaban los hijos del gobernante sandinista.

El Nuevo Diario publicó que Rivas tenía una fábrica de facturas dentro del mismo CSE, lo que le permitió desviar 23.6 millones de dólares del erario entre 2004 y 2008. Mientras estos escándalos ocurrieron y llenaban portadas de los medios independientes, su faceta de artífice de los fraudes electorales fue creciendo.

En las conferencias de prensa, Rivas se molestaba que los medios usaran palabras como designación en vez de elección, y en conferencias de prensa respondía de mala gana—se ponía rojo de ira— a las preguntas de los periodistas.  Poco a poco se convirtió en la sombra de otro personaje del pasado. 

Los periodistas lo llamaban el “Modesto Salmerón” de Ortega, recordando al expresidente del tribunal electoral en los años del somocismo. El sacerdote jesuita Federico Argüello, ya fallecido, contó a la revista Magazine de La Prensa en 2008 que aquel solía recorrer las juntas de votación, motivando a los votantes en un modo muy particular: “voten, voten, luego cuento yo”, les decía.

Las anécdotas de Rivas no provocaron nunca risa, sino indignación. En 2009, cuando la Contraloría dio por desaparecida su declaración de probidad, se presentó ante los funcionarios y la entregó nuevamente. Dijo a los periodistas que no sabía si debía agregar un transbordador en la luna, que había comprado recientemente. Ajeno a su sarcasmo, los hechos posteriores demostraron que siguió comprando de manera compulsiva.

En febrero de 2018, antes de su renuncia, una investigación de CONFIDENCIAL descubrió que se había comprado un palacete de 1 545 metros cuadrados en España. Costaba nueve millones de euros. Sus vecinos eran jugadores del Real Madrid, de una élite global de acomodados. 

Aunque nunca rindió cuentas en los tribunales, el exmagistrado Rivas era uno de los pocos funcionarios a quienes la gente les gritaba a secas “ladrón”, sin importar que fuese en la calle, el mercado o las iglesias. Tras su dimisión, el CSE quedó en manos de magistrados orteguistas y la figura de Rivas quedó asociada en la memoria popular como referencia de robos descarados y corrupción.

El reportero investigó la corrupción de Roberto Rivas entre 2000 y 2018.

Octavio Enríquez

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