Política

Zoilamérica Ortega Murillo: “Quieren hacernos sentir sin patria”

El testimonio de cinco víctimas de la represión, ejecutada por Migración: su salida abrupta de Nicaragua y su visión sobre el futuro

A Zoilamérica Ortega Murillo, quien denunció por abuso sexual a su padrastro Daniel Ortega en 1998, le ha tocado renacer en varias ocasiones. La última vez fue cuando partió al exilio hace ya nueve años y se enfrentó, desde entonces, a diversas limitaciones y a un impacto emocional, extensivo a su hijo Giordano.

La activista Ana Quirós, una de las primeras víctimas de la represión estatal en 2018, ha tenido que vivir con la ausencia de un país donde llegó muy joven  y la imposibilidad de asistir a los entierros de seres queridos en Nicaragua, lo que le resulta doloroso.

Quirós recuerda como si fuese hoy a la caravana de nueve vehículos que la llevó hasta la frontera con Costa Rica para desterrarla. En el viaje, ella iba rodeada de armados como si ella fuese una peligrosa narcotraficante. También le tocó empezar de nuevo.

“Geraldine”, una española con vínculos entrañables con el país, vive con la desilusión de lo que se convirtió el proyecto de la revolución sandinista. Vino a Nicaragua movida por participar en un cambio, pero cuarenta años después el sueño se convirtió en una pesadilla. 

Las tres son víctimas de la Dirección de Migración y Extranjería. Lamentan con vehemencia las arbitrariedades cometidas por el régimen Ortega Murillo y su buen trato–en cambio– con personajes cercanos al partido de gobierno, sin importar siquiera que se trate de prófugos de la justicia.

Zoilamérica: “Desde que vine a Costa Rica todavía no he salido del país” 

Desde antes que yo saliera de Nicaragua, ya tenía problemas con mi pasaporte en 2011 y 2012. Viajaba por razones de trabajo en Centroamérica, y en todos los aeropuertos me detenían porque decían que mi pasaporte presentaba problemas en el sistema integrado de migración regional.  En algunos casos me decían, que no funcionaba cuando se intentaba registrar digitalmente (o sea que había sido borrado del sistema) y que solo se podía digitar manualmente.  Yo viajaba con mucho miedo, y llegué a acostumbrarme a esa realidad.

La noche que salí de Nicaragua con mi hijo Giordano, no fue la excepción. Atrasamos al bus, porque mi pasaporte aparecía desactivado.  El oficial hacía consultas, pero como era muy tarde, más de las siete de la noche, me decía que no encontraba a sus jefes y finalmente él decidió tomarme los datos manualmente. Mi pasaporte definitivamente tenía alguna codificación que implicaba que yo tuviera problemas al movilizarme. 

Esto siempre fue muy difícil para mí.  Porque viajaba con el temor de ser detenida en algún aeropuerto o frontera, y tener problemas judiciales sin entender las causas. Hoy, casi diez años después, esto se ve como una práctica común de persecución contra opositores. 

Posteriormente en 2015, ya con dos años de exilio, se nos vencieron los pasaportes de mi hijo y el mío. Fuimos al Consulado de Costa Rica, inicialmente nos atendieron y luego nos dijeron que nosotros no podíamos hacer ningún trámite en la embajada. Todo tenía que ser en Managua. Una forma de hacerme regresar para atraparme, algo que varias veces intentaron. 

En mi caso, considerando mis problemas de inserción laboral en Costa Rica, por la misma persecución que ejecutaba el régimen contra posibles empleadores aquí, había gestionado algunas oportunidades para realizar consultorías en el exterior. No tener pasaporte implicó un mayor aislamiento personal, político y profesional. 

Esto tuvo un alto costo emocional para mi hijo, quien necesitaba visitar a su papá, a sus hermanos. Giordano solo pudo verlos tres veces en cinco años.  El enorme amor que se profesan les ha hecho sostener un vínculo fuertísimo, pero el reconocimiento que tenía de la situación, le hizo estrenar la sensación y la conciencia de estar siendo perseguido y victimizado.  Cuando finalmente obtuvimos el refugio, dos años después, tuvimos documentos de viaje.  Pero yo desde que vine a Costa Rica todavía no he salido del país.

Otro elemento es lo sucedido con mis títulos universitarios. Una gran cantidad de documentos para equiparar mi título universitario no podían ser conseguidos. Negaron la autenticación por un tiempo, y luego cuando esto fue posible, ya se habían vencido otros que volvían a negar. Yo sigo con este trámite pendiente por diversas razones.  He visto afectada mi posibilidad de incursionar laboralmente en muchas áreas por no tener mis documentos académicos homologados.  A veces he requerido el respaldo de otros colegas para poder aplicar a empleos, y generalmente he trabajado en áreas que pueden ser menos remuneradas por no tener documentos académicos adecuados.  

También he tenido problemas con los documentos legales de la casa donde habitaba en Managua. Tenía personas interesadas en hacer algunas inversiones, e intenté actualizar los documentos de bienes que se generan desde las alcaldías y las oficinas de acueductos y alcantarillado y se me negaron toda clase de documentos. Finalmente, mi casa fue atacada por supuestos “vándalos” y destruida para que yo no pudiese percibir ningún beneficio financiero resultante de la casa, mientras estoy en el exilio.  La casa está en ruinas actualmente. 

La decisión más importante fue reconocer que, como solicitante de refugio, tenía protección internacional.  Que estos actos de atropello, humillación, de hacernos sentir como personas sin patria, como ciudadanos de segunda, no tenían sentido, porque Costa Rica nos había recibido, y, en medio de muchas limitaciones, estábamos aquí. Nunca más tendría que volver a aceptar un chantaje de Rosario Murillo. 

Asimismo, reconocer que haber salvado nuestra vida, y sobre todo haber sacado a mis hijos del ciclo de violencia extendida al que querían exponerlos Daniel Ortega y Rosario Murillo, ya era una victoria importante que no podía dejar de visualizar. Que, por diversas razones, debía enfocarme en ese logro.  Y que todos los demás problemas serían secundarios, ante la realidad de haber salvado mi vida y la de mis hijos.  Que el costo de estar atrapada en Costa Rica sin poder viajar, sería menor que el haber perdido la vida. 

En segundo lugar, decidí aceptar que tenía que empezar de nuevo.  No tenía que pretender venir aquí a continuar mi vida, como directora de ONG o solo trabajando en investigación social, o en puestos de mediano o alto nivel.  Que aquí tenía que venir a hacer lo que tuviese que hacer, tener nuevos aprendizajes y ubicarme profesionalmente en aquello que aprendiera a hacer. 

Hice una reconversión muy exitosa desde mi punto de vista. Empecé a trabajar en lo que saliera, sin importar si estaba bien o mal pagado. Disfruté la oportunidad de aprender cosas nuevas.  En Costa Rica tuve que formarme empíricamente en otra área profesional y hoy estoy agradecida por eso.  Pero también tuve que decidirme a ser humilde y aprender de aquellos costarricenses que con generosidad me enseñaron nuevas herramientas. Fui privilegiada al tener colegas que compartían conmigo sus conocimientos y me abrieron oportunidades aún sin darse cuenta.  Tengo mucha gratitud en mi corazón.

En tercer lugar, fue todo un proceso aceptar que también el día que vuelva a Nicaragua no voy a tener nada.  Aprendí a dar por perdida mi propiedad.  Traté de ver como una oportunidad pensar que el día que regresé a esa Nicaragua que nos están dejando destruida y que tendremos que volver a construir, yo también tendré que volver a construir mi vida allá, empezando desde cero.

Gracias a Dios mis amistades más importantes continúan teniendo contacto conmigo. Hoy todos saben que cuando regrese a Nicaragua me tendrán que hospedar en sus casas.  Algunos ya me han mostrado el cuarto donde tendré que estar mientras reconstruyo mi casa. No puedo quejarme porque hay un grupo de personas que han sido incondicionales desde 1998 que hice la denuncia hasta la fecha.  Sin embargo, algo que me duele es el que no he podido acompañar a personas que han fallecido.  No he podido estar cuando han muerto personas que he considerado como de mi familia. 

Mi casa fue atacada por supuestos “vándalos” y destruida para que yo no pudiese percibir ningún beneficio financiero resultante de la casa (alquilar o rentar), mientras estoy en el exilio.  Está en ruinas actualmente. Es el único bien que tengo.  Y ellos mismos se encargaron de destruirlo, para evitar que yo lo considerara una inversión.  El mensaje es claro, mi vida, mi hogar fue destruido en Nicaragua. Pero siempre tengo la esperanza 

Pienso que (lo que ocurre en Migración) en primer lugar es una evidencia de la crueldad del régimen. Quieren que nos quedemos atrapados en los países que nos dan refugio. Quieren construirnos una cárcel alrededor del exilio.  Y quieren hacernos sentir “sin patria” porque saben lo que eso significa para nosotros. Es un acto más de violencia en que interviene esta suerte de “daño moral” de humillación, tal y como lo hemos dicho. 

Utilizar otra vez factores importantes que son derechos como instrumentos de premio o castigo.  Además de la arrogancia, de no actuar como Estado ante el que todos somos iguales en nuestros derechos, sino como dueños de un país en donde la voluntad de dos personas decide a quién penalizar o a quién dar privilegios.  

Ana Quirós, feminista: “Me llevaron esposada, rodeada de armados, como si fuese narcotraficante”

De un día para otro, mi vida cambió. Tenía 40 años de vivir en Nicaragua. Llegué siendo muy joven, decidí quedarme a aprender, trabajar y aportar.

La mayor parte de mis cosas–mi propia ropa–se quedó en Nicaragua. Crucé la frontera, después de ser detenida y llevada al Chipote de manera violenta, donde estuve varias horas y luego me trasladaron hasta Peñas Blancas, esposada, en un microbús, acompañada de otros vehículos, rodeada de personas armadas con fusiles y con pecheras como si se tratara de un narcotraficante. Incluso, en la frontera, me escoltaron desde la guardarraya hasta el punto de Migración donde están los oficiales costarricenses. 

Me entregaron con un acta en que decía que me estaban entregando sana y salva. Todo eso era como un torbellino de emociones, porque, por un lado, había existido la posibilidad de que me dejaran encarcelada, lo que no me agradaba en lo más mínimo. La expulsión terminaba siendo el mal menor. 

represión INSS
La activista fue una de las víctimas de la represión estatal en 2018. EFE | Jorge Torres | CONFIDENCIAL.

Los días me trajeron un nuevo golpe. Recibí la noticia de que estaban cancelando la personería jurídica de nuestra organización: El Centro de Información y Asesorías en Salud (CISAS), que tenía entonces 35 años de existencia. Eso fue como si me quitaran el piso. Sentí un vacío.

Las decisiones a tomar eran muchas: dónde iba a vivir, cómo, qué iba a hacer. Tengo algunas raíces y amistades en Costa Rica, pero nunca me imaginé tener que empezar de cero, pensar qué haríamos como los miles de nicaragüenses que se ven forzados a salir con una mano adelante y otra atrás. 

En el Chipote me leyeron una resolución de la Dirección de Migración, donde me quitaban la nacionalidad nicaragüense, sin ningún fundamento. Me respondieron con violencia y malacrianza, me dijeron que no estaba ahí para hacer preguntas. Solo me dijeron que salga. Me sacaron a punto de fusil. 

Me esposaron, me montaron en uno de esos camiones cerrados y salió una caravana desde Migración, inicialmente con rumbo al Aeropuerto, pero dio vueltas y pude contar que la misma la integraban al menos nueve vehículos con gente armada. Dio vuelta y se dirigió a el Chipote (cárcel policial). 

No me interrogaron, ni me golpearon. Estaba convaleciente por una operación de mi mano por los golpes que recibí el 18 de abril, todavía tenía las puntadas.  Después de horas (de detención), me leyeron la resolución donde me expulsan por cinco años. Yo la firmé y puse que pedí copia y no me la habían querido dar. Me regañaron y dijeron que solo debía firmar. En el camino a la frontera, me agredieron verbalmente, tomando fotos que enviaban a alguien que estaba en otro lado.

Mis principales bienes estaban vinculados a mis instrumentos de trabajo: CISAS. Todo eso fue expropiado. Lo acumulamos producto de nuestro trabajo en 35 años. Ellos siguen ocupándolo. Supuestamente inauguraron una clínica, sin embargo, no tiene ninguna función real. 

Para mí fue un tránsito doloroso la salida de Nicaragua. Un elemento difícil de procesar ha sido la muerte de compañeras y compañeros con quienes compartimos muchísimo. Ni siquiera pudimos acompañar sus entierros.

Geraldine, española nicaragüense: “Me siento decepcionada de la trayectoria de esta revolución”

Somos hijas de exiliados por una dictadura franquista o por una migración interna. Venimos de familias del campo que fueron a buscar mejores posibilidades de vida a la ciudad.

Muchas de las personas que fuimos con una práctica de solidaridad a Nicaragua (en la revolución), veníamos de una historia de dictadura y con unas ganas de aportar a la transformación social. 

Fue como una migración elegida, es decir, fuimos con ganas, entusiasmo, experiencia para poner alma, corazón y vida a esta ilusión de poder transformar estas injusticias sociales. Así fueron transcurriendo los años, fuimos a zonas de guerra, enfrentamos situaciones complejas, apostamos para esta transformación y nos quedamos. 

Una joven camina frente a un mural alusivo a la revolución sandinista en Managua en 2019. EFE/ Jorge Torres

Muchas hicimos esta elección de vida, de nuestra profesión, experiencias, vidas continuarlas compartiendo con Nicaragua y su gente. Hemos construido una serie de vínculos, vidas, y claro está, cuando nos retiraron la documentación que nos hace sentir ciudadanas por tantos años, eso te hace volver a conectar con exilios injustos que llevamos en nuestras huellas. 

Genera mucha desilusión. Me siento decepcionada de la trayectoria de esta revolución que llenó de esperanza a muchos países y que se ha convertido en esa oscuridad. 

Me siento en mejores condiciones que las personas exiliadas o migrantes que no tienen base social en el país de acogida. En este sentido tengo casa garantizada, cariño, trabajo, amistades, la otra parte de la familia; puedo practicar solidaridad con aquellos que no están en estas condiciones, hacer realidad aquella de canción “aquí está mi casa abierta, hay un plato en mi mesa”. 

Genera mucha inseguridad por la arbitrariedad. Si hablamos de los bienes materiales, ahí están y no están, pero estos otros bienes, que son de los afectos, me duelen. No poder estar en cercanía de muchos niños, niñas, nietos… ¡Poderlos ver crecer! (llora)

Alondra,  española expulsada: “No he cometido ningún crimen”

El día que me retiraron la cédula fue duro. Al inicio no entendí porque me dolió tanto. Después lo comprendí. Es una manera de desaparecer a una persona.  Socialmente no existís, porque no puedes hacer una gestión en el banco, tuve que renunciar a mi trabajo. Es una forma de silenciarte. Eso me dolió profundamente. 

Después lo comprendí. Es la estrategia que está empleando Ortega Murillo: desaparecer, enterrar, encarcelar, silenciar, matar, a todo lo que no les cabe en su esquema: las personas, organizaciones, iniciativas, ideas. 

La decisión me cambió la vida. Además de quitar la cédula, nos impusieron que nos teníamos que presentar en Migración. Es decir, una medida penal de alguna manera, eso se aplica cuando alguien comete un delito y quieren controlar dónde se mueve. No he cometido ningún crimen. Me siento una persona que ha aportado al desarrollo de Nicaragua.  

nacionalizaciones Ortega Murillo, Atención a extranjeros en Migración y Extranjería de Nicaragua
Área para la atención de extranjeros en la Dirección General de Migración y Extranjería. // Foto: Tomada del Gobierno

LF, nicaragüense radicada en Europa: “Es complicado quedarse ilegal”

Me cambió la vida. Uno no sabe hasta que estás en el lugar. De qué vas a sobrevivir, tienes una carrera, habilidades, y luego parece que no sabés nada. Eso cuesta mucho: pedir asilo, y luego que te digan que te rechazan la solicitud con un menor de edad. Es complicado quedarse ilegal, la situación económica es más difícil, poder sobrevivir cuando ni siquiera tienes documentos para trabajar.

La decisión más fuerte que tuve que tomar fue irme con mi hijo, soy mamá sola, y dejar a mi familia, mis comunidades y redes. Estar en otro país y sentir que están lejos. Qué poco a poco se van muriendo los más viejos (llora). Parece toda una aberración: cómo el Estado puede estar limitando, condicionando quién puede salir y entrar de Nicaragua.


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