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Deseos malogrados: “Three Thousand Years of Longing” celebra las buenas historias que no puede contar

Una película en la que la pretendida pasión nunca se siente. Este es el tipo de fracaso que solo la gente muy talentosa puede hacer

Alithea Binnie (Tilda Swinton) vuela a una conferencia literaria en Aerolíneas Shaharazad, primera señal que estamos en un viaje a la exaltación de la ficción. No es casualidad la alusión a Scheherazade, la inmortal narradora de las “Mil y una noches”. El poder de contar historias está en el corazón de esta épica romántica.

Alithea es una mujer solitaria por elección propia, conforme con su vida dedicada al conocimiento. Es quizás la peor persona posible para encontrar a un legítimo genio dentro de una botella. Eso es un problema para el ‘djinn’ interpretado por Idris Elba. ¡No desea nada! Con su imponente físico y maquillaje de orejas puntiagudas, supone una presencia exótica. Esto plantea una dinámica siniestra que probablemente no surgió en los cálculos de los cineastas: tenemos a una mujer blanca, virtualmente esclavizando a un hombre negro. El giro romántico que eventualmente toma la relación añade otra capa de incomodidad. Incluso si usted logra obviar estas implicaciones, encontrará una película floja, que pierde progresivamente su combustible.

En lugar de pedir sus tres deseos, Alithea entabla una conversación con el genio. Amante de las historias, quiere saber cómo llegó a ese momento y ese lugar. Con infinita paciencia, procede a contarle las tres historias que lo llevan, literalmente, a sus manos. En la primera, conocemos cómo el rey Salomón (Nicolas Mouawad)) sedujo a la reina de Saba (Aamito Lagun). En la segunda, Gulten (Ece Yüksel) una joven esclava, se enamora de un príncipe con consecuencias insospechadas. En la tercera, Hürrem (Megan Gale), la última esposa de un anciano mercader, se obsesiona con la búsqueda de sabiduría y pierde el amor verdadero.

Las historias dialogan entre sí, y tienen una influencia transformadora en Alithea. Pero cada una es un estudio en frustración.

Todas terminan con el genio encerrado en la lámpara. “¡Eres un tramposo!” –le dice Alithea–. Parte de su recelo a efectivamente pedir los tres deseos, viene de saber que cualquier historia de este género se convierte en un cuento con moraleja, donde el sujeto ávido de cumplir sus sueños es escarmentado. Aquí, los escarmentados somos nosotros. ¿Quieres otra película de George Miller, después de la brillante Mad Max Fury Road (2015)? ¡Aquí la tienes!

Miller tiene un dominio magistral del lenguaje visual. Trabajando con el director de Fotografía John Seale, crea imágenes hermosas y secuencias que se lucen en la pantalla grande. Sin embargo, el elemento que debería ser más fuerte, en la materia misma que la película misma ensalza, flaquea. El comentario paralelo de las conversaciones entre el genio y Alithea sabotea el ‘momentum’ narrativo de las anécdotas fantásticas.

Eventualmente, la acción se traslada a Londres, donde la extraña pareja eleva su relación al plano romántico. Aquí, el guion de Miller y Augusta Moore –basado en un cuento de A.S. Byatt– adopta una postura sorpresivamente reaccionaria frente a la modernidad. Las antenas que transmiten las narrativas de nuestro tiempo menoscaban el poder del genio. El fantástico ser se marchita, sacrificándose por estar al lado de la mujer que lo ama. La declaración de principios de Miller se extiende a retratar a un par de vecinas que encarnan el conservatismo de la “Era Trump”, del cual el primer ministro británico Boris Johnson es un acólito. Nuestra heroína termina perdonando a las ancianas, y ablandando sus corazones al compartir unos dulces exóticos. Si tan solo fuera tan fácil.

La celebración de lo exótico es una de las caras más amables del racismo. Al retratarte como algo “especial”, reafirman que la norma es occidental y blanca. El género fantástico también sirve de coartada. Seguro que Idris Elba es negro y Tilda Swinton es blanca, ¡pero es un genio, y los genios no existen! ¿Verdad? Sí, pero no. “Érase una vez un genio” peca de ingenua al obviar estas posibles interpretaciones de sus dinámicas de poder, y no cuestionarlas de ninguna manera.

A pesar que Swinton y Elba son excelentes actores, el tercio final de la película, centrado en el extraño romance que entablan, es tan inmaterial que se desvanece en el aire. La pretendida pasión nunca se siente, y su naturaleza imposible no se registra como tragedia. Este es el tipo de fracaso que solo la gente muy talentosa puede hacer. Si quiere ver un fantástico elogio fílmico a la narrativa, busque “The Fall” (Tarsem Singh, 2006).

“Érase una vez un genio”
(Three Thousand Years of Longing)
Dirección: George Miller
Duración: 1 hora, 48 minutos
Clasificación: * * (Regular)


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